Fecundas crónicas de David Felipe Arranz en una «España sin resolver»

Por Horacio Otheguy Riveira

Es posible que si el contenido de este libro se echa sobre una tertulia se produzca encendido debate, mas al tratarse de un volumen —producto de un premio de ensayo— la polémica irá de lector en lector, y si se reúnen varios, mejor, pero no es lo habitual. Libro en mano, la cantidad de artículos es muy notable, como la variedad de ideas, de análisis o quejas, de conflictos narrados con ánimo fértil, que oscila entre la desesperación y la esperanza con una calidad literaria exquisita.

El volumen reúne más de ciento veinte artículos en torno a la realidad social, cultural y política española de la última década, una década “poco prodigiosa” pero que ha transcurrido a velocidad de vértigo, como la califica el filólogo y periodista vallisoletano David Felipe Arranz los diez últimos años de política y vida social española, en su último libro España sin resolver. Crónicas de la postransición (Pigmalión), merecedor del Premio Internacional de Pensamiento y Ensayo 2020 que otorga esta editorial.

Siempre a la búsqueda del librepensamiento más crítico, Arranz, profesor de periodismo en la Universidad Carlos III de Madrid, ha reunido diez años de articulismo –más de ciento veinte artículos y crónicas publicadas en distintos medios digitales– por los que desfilan no solo personajes de la política, sino del mundo teatral y literario, ya que este adicto al teatro, los museos y los libros considera que “el buen periodismo no puede ser ajeno a la realidad cultural del momento, por cuanto política y vida cultural se encuentran mezcladas”.

Anticipos para abrir boca

Prefacio para una década poco prodigiosa

Íbamos a escribir la crónica sentimental de diez años, un libro sobre los peligros de invertir en amor en España; pero lo vamos a dejar para mejor ocasión, cuando corra un poco de aire entre los años. Una década da para mucho, por lo menos para convivir con una clase política que ha resultado ser, en la mayoría de los casos y salvo honrosas excepciones, como un compañero patógeno, mediocre y dañino, y, por supuesto, para otras cosas mucho más gratificantes, como el amor o el conocimiento. La vida española –o la vida a la española– está mutando a velocidades de vértigo en una partida de tahúres, de jugadores de ventaja del gran capital social: las cosas han ido muy bien para los inversores de la verbena de lo digital y no tan bien para el resto, que sigue en el bache –ya permanente– de la supervivencia, lejos ya el Estado del bienestar, benefactor o providencial.

Nos hemos acostumbrado demasiado los españoles a que la vida sea un puro accidente contado por una señorita robotizada en el telediario: a que no parezcamos españoles, en definitiva. Porque si algo nos caracterizaba en otras épocas era nuestro arraigo incuestionable, nuestro prurito justiciero –desde Lope y Calderón y antes– y nuestras ganas de pelear por toso y contra todo lo que nos pareciese injusto y abusivo. Uno sabía lo necesario de historia, de literatura, de política, de música, de pensamiento y hasta de cine, como para explicarse y explicarle al otro tanto vaivén social. En los cuadros de Valdés Leal y de Gutiérrez Solana se revela toda nuestra idiosincrasia, pero también nos vemos pintados en las telas de Velázquez, El Greco y Picasso, que eran antes la emoción del país. Ahora, en cambio, salen unas chicas y chicos de extrarradio mascando chicle y viceversa, entre primeras citas, grandes hermanos e islas nudistas, y cuadran la caja del share y la conciencia de todo un país, y configuran, claro está, la idea de España, que como sigamos con este infranivel de exigencia, va camino de convertirse en una comuna poligonera. Algo habrá que hacer por el país, porque “España es agua seca caída en un barranco rojo”, como la definió Blas de Otero, y eso no se arregla en una legislatura. […]

Tras esta introducción, el talento del autor se vuelca en una serie de temas muy variados, cada uno con carga «muy sostenible» de buena o excelente creatividad en el entorno de un periodismo literario, a tal punto que todo el material se lee como partes de una novela que se quiere interminable, así como, a ratos, compendio de valiosos relatos cortos. No importa tanto el verismo de los asuntos que trata, en el ambiente cultural de la literatura, el teatro, el cine… como de la vida política: en cada caso un estilo ligado al arte de contar historias, sin lo cual todo discurso cae en el vacío, cuando no en el ridículo más estrepitoso.

Historias para ser contadas con su pátina de crítica personal o muy personal elogio, siempre argumentando con testimonios, documentos, hechos… para que cada lector juzgue en libertad, discuta y/o aplauda acaloradamente…

La España sin resolver de David Felipe Arranz es un ejercicio de creatividad intelectual que no se puede leer de un tirón [desconfiemos siempre de aquello que se pueda leer de ese modo, porque con la misma rapidez se olvida], sino pausadamente, respetando el orden o saltándoselo a la torera: una auténtica juerga para quien ama la hoy bastante extraña fusión del informe periodístico y la buena literatura, esa que no se rellena con bagatelas, sino que va al corazón de tramas que, de una u otra manera, nacieron para emocionarnos.

Sobre el teatro…

EL TEATRO Y LA VIDA DEL POLICHINELA

Amar el teatro es rupturista, porque es como pertenecer de alguna manera a la gente de la farándula. Nuestro vínculo con el teatro se remonta a nuestro querido Germán Vega, profesor de profesores de las tablas del Siglo de Oro, que nos apuntaba con su generosidad habitual a todos los congresos y jornadas teatreras que caían en sus manos cuando llevábamos pantalón corto en Valladolid. Y allí que nos fuimos a Almagro y a Almería… Y a donde fuese, porque era una adhesión a su magisterio y a la filología misma, que es una lucha contra el fondo gris de la política y la idiocia colectiva, representada en el politainment televisual y en la condena mayoritaria de los libros –véase el último barómetro de lectura libresca del CIS, que es para echarse a temblar–.

Ayer falleció la barcelonesa Emma Cohen a los 69 años, la actriz y escritora, la mujer rebelde del aún más subversivo Fernando Fernán-Gómez, que lo fueron (inseparables) a lo largo de 37 años; y a Emma la devora un cáncer cuando estaba a punto de reestrenar en el cine Bruja, más que bruja (1976), dirigida e interpretada por su marido; en medio de la escritura de su próxima novela. Y nosotros en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, acordándonos de esta grandísima intérprete que también estuvo por aquí, en el Corral de Comedias.

En medio del luto por una dama de la escena como la Cohen, los profesores Felipe Pedraza y Rafael González Cañal han preparado para las XXXIX Jornadas un menú exquisito dedicado a “El teatro en tiempos de Isabel y Juana”, aún reciente el estreno en el Teatro de la Abadía y aquí, en Almagro, con una insuperable Concha Velasco –Premio Corral de Comedias de este año– dando vida en Reina Juana de Ernesto Caballero a la monarca de Castilla, apodada “la Loca”, encerrada en la torre de Tordesillas mientras llora la muerte de Felipe el Hermoso y se deshace en reproches con su padre, Fernando el Católico, y su hijo, Carlos V. […]

Sobre el género negro…

CUANDO HAY SED DE MAL

Badge of evil –literalmente Credencial del mal– es el título de la novela original que los escritores Robert Allison Wade y Bill Miller (que unieron sus fuerzas bajo el seudónimo de Whit Masterson) dieron a la imprenta en 1956. En ella, Mitch Holt, un honrado ayudante de fiscal, trata de desenmascarar a unos policías corruptos; en concreto, Holt trata de detener al cerebro del tándem de veteranos de intachable trayectoria del departamento de Homicidios: el capitán McCoy y el teniente Hank Quinlan –que Orson Welles asciende al rango de capitán en su película Sed de mal (1958), adaptación cinematográfica de la novela, y al que da vida personalmente en uno de sus papeles inolvidables–.

Cuando Holt trata de tirar de la manta de un asunto que hiede, hasta el propio fiscal lo amenaza con despedirlo, y sufre varios atentados. La novela plantea una formidable reflexión en torno al poder, la traición y la corrupción en el seno de la Ley y la película de Welles refuerza las tesis de Wade y de Miller potenciando la vileza del policía corrupto, que putrefacta todo lo que le rodea.

Mitch cree que el presunto culpable al que los policías tratan de cargar con el mochuelo no es, en realidad, responsable de la muerte de Linneker, al que han hecho volar por los aires con dinamita: “Como los dos bien sabemos, casi todos los asesinatos son cometidos con una pistola, un cuchillo u otro instrumento cortante, con un objeto romo o… incluso con las manos. En ocasiones también se usa el veneno. Pero la dinamita… ¡no, diantre! Resulta demasiado insegura, chapucera, peligrosa de manejar. […] Existen mil razones para no matar a alguien con dinamita”. La novela está trufada de sugerentes reflexiones antropológicas y filosóficas sobre el ejercicio permanente del mal por algunos individuos.

El combate de resentimiento de la veteranía contra la juventud más capacitada, la falsificación de pruebas como método de trabajo e, incluso, el racismo –en el caso del filme de Welles, en el que la acción transcurre a uno y otro lado de la frontera de Estados Unidos y México– golpean al lector y al espectador sacándolo de su sopor moral para que, inevitablemente, se detenga un momento a contemplar su propia realidad institucional: una parte de la policía, de cuya equidad y profesionalidad depende nuestra seguridad, está corrupta. […]

Sobre la pobreza…

UN PAÍS PAUPÉRRIMO: DEL POBRE DE SOLEMNIDAD AL NUEVO POBRE

Empecemos por el principio, que siempre es el verbo. Desde que, según Mateo, Jesucristo aseguró que era más fácil que un camello entrase por el ojo de una aguja, que el que un rico lo hiciese en el Reino de los Cielos, el mundo de la pobreza se ha dividido entre los que repiten el versículo y practican la generosidad de los ricos, y los pobres, que nunca están de acuerdo con nada. Así de levantiscos y poco dóciles son ellos y el lujo lo necesitan menos, porque la Moraleja les queda lejos y no les suele gustar hincharse a vitamina D en la cubierta del yate. Vivimos una apoteosis de la paradoja lujuriante.

Muchos interesados tomaron el rábano del mensaje evangélico por las hojas, hicieron de la indigencia dogma de fe y mantuvieron durante siglos que padecer los rigores de la pobreza era un modo de alcanzar el cielo y la salvación del alma, en definitiva. El “pobre de solemnidad” pedía limosna en las fiestas solemnes, dice el Diccionario de la Real Academia, que definió al pobre muy pobre. “Se prohíbe la mendicidad”, rezaba un cartel de una gran ciudad en un paseo muy solemne, sí, pero sin desamparados a la vista. La cosa de la definición viene de antiguo. El derecho civil, que andaba muy inspirado entre 1833 y 1868, recogió la figura jurídica del “pobre de solemnidad”, que era el ciudadano acreedor de los “beneficios” procesales de la pobreza, si así lo acreditaba: eran los oficialmente pobres, los que recibían los últimos beneficios sociales del Estado, como la justicia gratuita.

No se ha inventado nada como el sentimiento de culpa hacia el menesteroso y desde la berlanguiana Plácido (1961), esa obra maestra de la comedia negra corrosiva, crispante y denunciante que alborotó un poco el “orden” del Régimen, la mirada hacia el pobre ya no es la misma. Afortunadamente. Y sin esta conmoción celtibérica, Irwin Shaw no hubiese podido escribir su best seller Hombre rico, hombre pobre (1969), que protagonizaron lustrosos y esbeltecidos en la televisión Peter Strauss –el rico– y Nick Nolte –el pobre–. Al final de Plácido, una voz angelical canta los últimos versos de un villancico que en su primera estrofa dice: “Madre, en la puerta hay un niño, más hermoso que el sol bello, y dice que tiene frío, porque viene medio en cueros. Pues dile que entre, se calentará, porque en esta tierra, ya no hay caridad; ni nunca la habido, ni nunca la habrá”. Que de Azcona a Shaw hay dos civilizaciones de pobres hermanadas por el “júbilo” de serlo. […]

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