«La edad dorada»: Naderías

Por Gerardo Gonzalo.

Tenía ganas de ver una serie de Julian Fellowes. En su tiempo, no me embarqué en su creación más popular, Downton Abbey (2010-2015) y claro, ahora la pereza me puede. Meterme 6 temporadas y 52 episodios a estas alturas, apura bastante. De ahí que el estreno a principios de este año, a través de HBO, de la nueva serie de este creador, La Edad Dorada (The Gilded Age) en la que da el salto a EEUU, pero con afán de continuidad del estilo de sus ficciones anteriores, me pareciera una oportunidad excelente para adentrarme en esos mundos de época, clases sociales, grandes mansiones y etiqueta, que es lo que suele proponer Fellowes.

En esta ocasión, la acción se sitúa a finales del Siglo XIX, en Nueva York, en el contexto de una guerra social de poderes y apariencias. Por un lado, una especie de nobleza neoyorkina, que hasta ahora ostentaba todo el poder e influencia, y por otro, una nueva clase de ricos, empresarios y emprendedores que sustentan su riqueza en su actividad profesional. Sobre esta base, se nos presenta un grupo de personajes, representantes de ambos espectros sociales, algunos satélites de los mismos y sirvientes y empleados de las respectivas familias.

Empiezo diciendo que la serie tiene una factura notable, es elegante, a veces fastuosa, aunque da la impresión de que esa ambientación tan perfecta, tan limpia y tan pulcra, provoca también cierta sensación de artificio, cierta frialdad.

Pero el estilo, la ambientación y el contexto, son meros preámbulos explicativos que deben llevarnos a lo importante, a la calidad real de la serie, a su trama, a sus personajes, que son las cosas realmente relevantes, y lo que define el auténtico nivel de una ficción. Pues bien, una vez vistos sus 8 capítulos, mi impresión no puede ser más negativa, esta serie está vacía, está hueca, es la nada.

Normalmente, en toda ficción, sobre todo si se trata de una serie de televisión, los conflictos, las tensiones o la profundidad de las inquietudes de los personajes, suelen marcar el pulso de la historia, son los elementos que dan vida a una trama. Pero tristemente, esta ficción hace todo lo contrario. Nos muestra una serie de situaciones y personajes interconectados, todos ellos con supuestas pequeñas historias dentro de la gran historia, pero ninguno de sus conflictos interesa. Lejos de eso, y contra toda lógica, lo único que se hace es sofocarlos, apenas mostrarnos un atisbo de tensión e inquietud, para rápidamente resolverlo, como si los creadores de la serie no quisieran provocar ninguna zozobra en un espectador anestesiado, al que parece que hay que asegurar su tranquilidad y que debe sentir en todo momento que nada grave va a pasar, que todo va a acabar bien.

Siendo esto grave, algunas de las derivadas que se generan, hacen que el desarrollo de la serie resulte especialmente desacertado. Se abren cuestiones de supuesto gran calado que se resuelven cinco minutos después, y muchas veces se apuntan historias ocultas de algún personaje, que se quedan sin explicación ni mínimo desarrollo. Con lo que al final, todo se reduce a, por un lado, la exasperante e irritante actitud de una altiva dama de una familia de nuevos ricos, interpretada por Carrie Coon, que incongruentemente con su supuesto carácter, es capaz de hacer lo que sea para que unos determinados invitados asistan a una fiesta o para que ella misma sea aceptada en otra. Por otro lado, tenemos a  una dama, representante de la vieja nobleza de Nueva York, interpretada por Christine Baranski, cuya máxima preocupación es mantener el status quo y la separación entre las clases, en base a vagos y ridículos prejuicios.

De las tramas paralelas, apenas sobresale algo la protagonizada por Louisa Jacobson Gummer (por cierto, hija de Meryl Streep) cuyo papel conecta a todos los personajes relevantes de la serie, y cuya historia presenta algún conflicto de potencial interés, como un amor, una amiga de otra raza, ciertas ideas aperturistas, etc. Pero a pesar de su esfuerzo (su  interpretación es la mejor y la única que va un poco más allá del cliché en el que se mueven el resto de actores y personajes), su subtrama, siendo quizás la más rica, tampoco acaba de levantar el vuelo con plenitud.

Al final, la historia principal resulta un conflicto tan superficial, alargado y repetitivo, que muy pronto deja de interesar, y como no está alimentado por otras tramas consistentes, puesto que estas han sido podadas para que no nos causen inquietud alguna, la serie acaba resultando un despampanante y lujoso envoltorio, vacío de contenido.

Ni entiendo, ni empatizo (a pesar de contar con bastantes críticas favorables) con una ficción como esta, que rehúye todo lo que sea transmitir una emoción o provocar algún tipo de sensación en el espectador. Un folletín, soso e inane, un bluf muy caro, del que al parecer va a haber una segunda temporada. A mí que no me esperen, ya he tenido suficiente con esta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.