Crimen sin castigo para «Un hombre de paso». Sutil visión de un drama brutal

Por Horacio Otheguy Riveira

La atmósfera que rodea a los tres personajes en una sala del Hotel Roma, en Turín, posiblemente en torno a los años 80, es de tal calidez que invita al relax, el máximo sosiego, donde conversar en voz baja entre amigos muy cercanos, bebiendo agua arropados por el constante humo de sus cigarrillos. Pero no hay amistad, sino un dramático asunto del pasado sobre el que conversarán en un espacio de serie negra cargado de los más valiosos elementos del género: crimen de estado, ceguera ante el poder y crítica despiadada a las víctimas.

Una ambientación intimista, rodeada de tres espejos ligeramente opacos, lámparas acogedoras y en general una iluminación que se desliza por el mobiliario como por los cuerpos de los intérpretes que están allí para escuchar al doctor Maurice Rossell, el hombre al que los nazis invitaron a descubrir un espléndido campo de concentración que para él era una población de «judíos ricos que vivían confortablemente, en lugar de denunciar a los nazis».

El joven representante de la Cruz Roja así es como piensa, describiendo muchos años después lo que cree haber visto, con la misma perturbadora ingenuidad con que entonces agradeció la buena educación de los oficiales alemanes («muy amables, muy educados») que le informaban y respondían sus torpes preguntas junto al señor Epstein, el alcalde judío de tan peculiar comunidad, «un hombre que podría haberme dado alguna señal de peligro, de que no era todo lo que parecía, pero nada, ni una palabra, ya digo, ese era un barrio de judíos ricos que pagaban con mucho dinero un estatus privilegiado mientras los pobres padecían lo que ya se sabe…».

De pronto cambia de registro, agacha la cabeza, quizás se sienta culpable ante la amplia documentación de la periodista, pero no cede ofreciéndole datos de lo que había detrás de aquella «normalidad de ricos judíos». Pero él no cede: «Es lo que vi, y no corregiría nada del informe que escribí entonces». Tampoco está dispuesto a cambiar nada ante toda la información existente sobre aquella impresionante creación de un lugar ficticio realizado por los alemanes para demostrar al mundo «que solo se dicen patrañas inventadas por judíos comunistas».

La obra no se ve muy bien desde los laterales de la sala, pero si se está lo más centrado posible el clímax que se consigue es asombroso. Sobra el momento en que se proyectan imágenes de prisioneros, ya que la palabra tan medida, casi susurrada (con un diseño de sonido excelente), es más que suficiente para transmitir el máximo horror que plantea la función en una conversación fluida, que evita todo exceso, sobria, al estilo de aquella Indagación sobre el nazismo que escribiera para el teatro el alemán Peter Weiss en 1965: palabras que se desentienden de conflictos morales frente a otras que sí los atienden, hasta sus últimas consecuencias..

Las palabras y los gestos de la gente corriente, que va y viene con sus prejuicios, que pasa de largo ante los mayores crímenes, las mayores violencias, en un silencio cómplice que, radicado en la segunda guerra mundial, adquiere gran actualidad a través de este Hombre de paso para iluminar las muchas situaciones donde constantemente se repiten hechos similares. Con víctimas o descendientes de víctimas muy necesitados de nuestras manos tendidas.

 

Antonio de la Torre, impecable con su traje de médico confortablemente asentado, habla con la seguridad del ingenuo que fue con 26 años. Carlos Villanueva escucha pacientemente hasta que ya no aguanta más la frivolidad del que cree haber visto la verdad. María Morales es la aparentemente serena periodista que revelará hechos y sentimientos con una emoción contenida. Tres intérpretes muy ajustados a los lineamientos de una dirección sobria, interior, que navega entre sutilezas casi cinematográficas.
Los tres tienen su gradual cercanía al personaje que les ha tocado. Desarrollan su trabajo con un lenguaje actoral asertivo en torno al auténtico motor de la trama en la amable, pero no por ello menos implacable, periodista. Un personaje de ficción formidable que María Morales desarrolla con emotiva parsimonia y delicada frialdad, en una creación donde la sutileza de la puesta en escena encuentra su más valiosa razón de ser.

De: Felipe Vega
Dirección: Manuel Martín Cuenca

Intérpretes: Antonio de la Torre (Maurice Rossel), María Morales (Anna), Carlos Villanueva (Primo Levi)

Diseño de espacio escénico Laura Ordás y Esmeralda Ruiz
Diseño de vestuario Pedro Moreno y Rafael Garrigós
Diseño de iluminación Juanjo Llorens
Ayudante de dirección Sara Illán

Una coproducción de EB Producciones, SEDA, Mansion Clapham producciones, ProduccionesOff, Vania, con la colaboración de Teatro Lope de Vega de Sevilla.

NAVES DEL ESPAÑOL EN MATADERO DEL 3 AL 20 DE FEBRERO 2022 

NOTAS AL MARGEN

  1. Muy recomendable, como complemento de esta función, la lectura de Himmelweg (Camino del cielo), de Juan Mayorga. No aparecen en ella Rossel ni Primo Levi, pero todo transcurre en el Campo de concentración ficticio creado por los nazis para demostrar que eran misericordiosos y solo se difundían patrañas en su contra. Estrenada en el María Guerrero de Madrid en 2004, entonces fue interpretada sólo por varones como indica el texto original (Pere Ponce, Alberto Jiménez y José Pedro Carrión). La última representación en Madrid se produjo en 2017, añadiendo un importante personaje femenino, tras más de treinta producciones en Europa, América y Asia.

  2. En tanto el suizo Maurice Rossel y el italiano Primo Levi existieron, y ante la apretada síntesis de esta obra, resulta evidente que la historia queda abierta a nuestra curiosidad, ya que hay mucho escrito sobre ellos.

Sobre Rossel hay menos información porque lo sustancial de su existencia se basó en la polémica travesía por la Cruz Roja en tiempos del nazismo más virulento, cuando solo tenía alrededor de 26 años. Pudo haber nacido alrededor de 1918 y muerto con seguridad después de 1997, cuando solía aislarse del mundo entre montañas. Aun así hay flecos y lagunas por donde navegar con interés. En la función resultan más que suficientes los datos que se dan para acercarse a este «hombre de paso».

En cambio, resulta más discutible el asumir una información muy convencional que demasiados medios dieron por cierta acerca de la muerte del prolífico escritor y activista político Primo Levi (foto). Tanto en la sugerencia de alguna escena como en la certeza que se plantea en otra, se da por hecho que se ha suicidado. Esto es así porque cayó por el hueco de la escalera de su vivienda… Algunos amigos y biógrafos han cuestionado este veredicto, al creer que pudo haberse tratado de un mero accidente. La cuestión ha interesado mucho a biógrafos y críticos literarios debido a la mezcla característica de oscuridad y optimismo en la escritura de Levi, quien no dejó nota de suicidio, aquel 11 de abril de 1987, a la edad de 68 años. Y nunca había dado muestras de severa depresión, por el contrario, afrontaba las angustias de la memoria volcándolas en textos y conferencias con la esperanza de que no se repitieran.

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