«El astrágalo» de Albertine Sarrazin: intensa crónica de una mujer en fuga

Por Horacio Otheguy Riveira

Huir en una escalada por demás excitante. Inteligente, vivaracha, lista y audaz, Albertine Sarrazin vivió muy poco, tan solo 29 años (Argel, septiembre 1937-Montpellier, julio 1967). Breve, relampagueante manera de estar en tierra y sin embargo con tiempo suficiente para contarlo con buen pulso narrativo en dos novelas, un libro de poemas y un año de cartas a su gran amor.

Una existencia vertiginosa que, literariamente, empieza con El astrágalo, donde la fractura de ese hueso en un pie le permite llevarnos con ella, saltando en el tiempo, desde el presente en que sin poder moverse del dolor un camionero intenta socorrerla pero al ver que se acaba de escapar de una cárcel se arrepiente («Tengo familia, entiéndeme»), pero no la abandona, espera a que aparezca alguien con mejores posibilidades de ayuda, y aparece en la piel de una especie de caballero andante, propio de cuento de hadas, montando… una moto.

Ella es mucho más joven, él tiene capacidad para protegerla, amarla, y seguir robando, tan o más delincuente que la veinteañera de reducida estatura que ha ido de prisión en prisión desde la más tierna infancia, entre adopciones sin amor y barrotes carcelarios. En definitiva, una mujer en fuga por la que de inmediato quienes se acerquen sientan una irresistible simpatía.

En 1965 se publicó esta novela, menos de dos años antes de su muerte. Todo lo demás llegó después, en un posmortem que la equiparó a otros ilustres escritores con experiencia delictiva y carcelaria como el novelista y cineasta José Giovanni (Francia, 1923-Suiza, 2004) o el dramaturgo y novelista Jean Genet (París, 1910-1986), ambos con una carrera de éxito internacional solo superada por las memorias de Henri Charriere «Papillon» , quien comienza a escribir influido por El astrágalo de Albertine. Ella le ilumina y le da una energía superior, dado su largo infortunio en condiciones infrahumanas de las que se fuga de manera tan temeraria como espectacular. Escribe sus memorias basado en las temporadas en prisiones entre 1931 y 1961 y triunfa a lo grande con un bombazo cinematográfico protagonizado por Steve McQueen y Dustin Hoffman en 1973. En 1969 publica Papillon y en cuanto sale la película su segunda parte, Banco, y poco después muere en Madrid con 66 años tras padecer cáncer de esófago.

La mirada altiva de quien no se deja amedrentar fácilmente, aunque a veces tenga que aparentar lo contrario. La sonrisa contenida en unos labios que conocieron el amor y el juego sexual de la prostitución a la bisexualidad libre y gozosa.

Edición de 2013.

El Astrágalo (Portada izquierda: Editorial Lumen, Colección Palabra en el tiempo, 1966. Traducción de Javier Albiñana):

«Capítulo I

El cielo se había alejado por lo menos diez metros. Continuaba sentada, sin prisa. El choque debía de haber roto las piedas, mi mano derecha palpaba unos cascotes, A medida que respiraba, el silencio iba atenuando la explosión de estrellas que, al caer, traqueteaban todavía en mi cabeza. Las aristas blancas de las piedras iluminaban débilmente la oscuridad: mi mano se separó del suelo, pasó al brazo izquierdo, subió hasta el hombro y bajó a través de las costillas hasta la cadera: nada. Estaba intacta, podía continuar.

Me levanté. Mi nariz fue bruscamente proyectada contra las zarzas y quedé tendida en forma de cruz; recordé que había olvidado examinar también mis piernas. Atravesando la noche, voces sensatas y conocidas canturreaban:

—¡Cuidado, Anne, acabarás rompiéndote una pata!»

Albertine es Anne en una primera persona muy estimulante para que su memoria, la memoria de todo su cuerpo, sexualmente muy libre, de baja estatura y mucha ansia de conquistar nuevos territorios donde otros cuerpos le ayuden a encontrar gramos de felicidad.

A su «pata rota» le llevará bastante tiempo dar con un hospital porque el hombre que la recoge, tierno y voluptuoso, es también un delincuente en busca y captura con amigos y familiares de dudoso pedigrí. Primero un médico amigo le diagnostica un esguince grave, pero con el tiempo todo va a más, su gravedad es altísima al caerse de una escalera y una de sus hospederas asume la responsabilidad, la toma a su cargo y la lleva al hospital: hay que operar porque tiene el astrágalo roto.

 

Un hueso. Tan solo un hueso que detendrá su habitual carrera por calles y callejuelas, hacia la fugaz placidez de algunos desconocidos y los brazos del amado cuyas infidelidades siempre carecen de importancia porque lo siente en ella y lo sabe a su lado cuando más lo necesita.

(…) Subí al quirófano tres veces: como el espacio dejado por mi astrágalo no se colmaba, llenaron el vacío poniéndome dos nuevas agujas, una en el talón y otra en el tobillo; los cuatro estribos curvados con una pinza y fijados con esparadrapo por encima del yeso. Un día en que la Jefe no estaba de servicio, conseguí apoderarme de mi fichero, olvidado por la sustituta, y pude copiar los informes de mis intervenciones: Me enteré de palabras como resección, ablación, astragaloctomía, artrodesis.

(…) ¿Cómo hacer para gustarle a Julien? ¿Cómo conciliar lo que sé de él y lo que veo? He interpuesto mi pie inmovilizado en la vida de un granuja, y todo me sorprende y me intriga. ¿Julien un mala vida? Y, sin embargo mi pierna se ha curado gracias al poder del dinero que él va a ganar por las noches a sitios peligrosos. En Cirugía, si no se tiene el seguro social, son ocho o nueve billetes por día, y él tiene que pagar la pensión en casa de Pierre, más toda una serie de gastos. Julien me está haciendo una pierna de oro».

Albertine con 20 años es menor. La protege de la policía su falsa hermana ante la que nadie pide documentación. Luego es la aventura que sucede a partir del accidente, la pasión, el amor sereno, la fraternal complicidad que les hace delinquir nuevamente a tal punto de volver a caer en prisión. Albertine condenada a cinco años y él a seis. Su correspondencia se convierte en un libro que corre parejo a otro porque también vuelve a fugarse y su escapada se convierte en literatura aplaudida que no podrá disfrutar por muy mala salud y errores médicos.

Albertine Sarrazin, mujer en fuga, es un personaje que adquiere ribetes de rica literatura testimonial, a partir de autoficciones a las que aún se puede acceder en francés o castellano. 

Éxito literario que estuvo a punto de acrecentar con el pleno respaldo de la influyente élite intelectual de su época, pero murió prematuramente poco antes de cumplir los 30. Ocurrió en manos de cirujanos a causa de una concatenación de errores médicos que agravó un deterioro generalizado tras litros de alcohol, tabaco y muchas pasiones entrecruzadas.

Dos al margen de la ley, ya casados, cada uno en una prisión se escriben muy largo, y muy cultos ambos con un lenguaje literario también él. Muchas emociones en un solo año. El libro tiene una composición novelística, aunque va día a día, carta a carta. Presentación de personajes citados, como en el comienzo de una obra teatral, y una valiosa introducción firmada por Josane Duranteau, de la que transcribo unas líneas:

«(…) Liberado en 1953, Julien no encuentra empleo. La situación familiar es desastrosa. El padre ha muerto. Al hermano de Julien le mataron en Melun. Julien roba. Su vida se convierte en una sucesión de fugas, de detenciones, de empezar de nuevo. La solidaridad que demuestra hacia Albertine le parece obvia y necesitará mucho tiempo, y toda la voluntad de Albertine, para tener conciencia de amarla.

Después de tal descubrimiento, en 1958, las cárceles ya no serán para él lo que habían sido. El lector no podrá por menos de asombrarse ante la serenidad, los acentos de profunda alegría que encuentran los dos prisioneros.

Albertine (10 de enero de 1960): “Desde el primer momento estamos casados con los milagros, y encuentro lógico que esto continúe.”

Julien (15 de noviembre de 1959): “Saber reconocer lo que el destino ha hecho por nosotros.”

Albertine (8 de noviembre de 1959): “El uno sin el otro no es más que agotamiento, pero nuestro amor tiene mucha suerte”.

Por vez primera la desesperación de animales enjaulados está dominada por un sentimiento superior: la confianza en el porvenir común. (…) Las condiciones por completo artificiales de la cárcel les dejan disponibles el uno para el otro y también para sí mismos: tienen tiempo de leer, de intercambiar por carta sus pensamientos, sus estados, sus sueños. Se descubren, profundizan, se encantan poco a poco, mutuamente…».

 

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