‘Sylvia’, de Celso Castro

IRENE MUÑOZ SERRULLA.

Celso Castro nos convierte en escuchadores de la historia de sus personajes. No nos deja otra opción, nos transforma, dejamos de ser inocentes lectores para convertirnos en atentos escuchadores. ¿Qué escuchamos en Sylvia? La voz desesperada de un —poco más que— adolescente que se hace mayor a golpes de dependencias, poesía y amor. Él se enamora locamente de Sylvia. Ella es ese personaje que parece que lo quiere todo, sin renunciar a nada, con la aceptación de las personas a las que retuerce la vida y sin querer asumir las consecuencias de sus decisiones y actos. Él parece la víctima, pero ¿lo es? Un joven que es —o se siente— mayor para tomar decisiones importantes, tal vez tempranas, ¿es víctima de una mujer con este perfil, o víctima de sí mismo, o las consecuencias solo son lo que se esperaba —desde nuestro puesto de escuchadores—y ninguno de los dos son víctimas?

Seguramente soy mala persona, pero… él consciente de lo que hace y siente: «…me enamoré profundamente, me enamoré como no debe enamorarse nadie, entregándome a ese amor, exponiéndome, que es lo peor que puedes hacer, confiarte a otra persona. porque al final acabarás como yo indefenso…» (p. 52). Él sabía dónde se metía o, al menos, dónde se había metido. Si es víctima de algo, lo es del amor. Y ahí… no hay muchas más opciones que disculparlo. Pobre. Es un crío…

En tan solo ciento veinte páginas Castro nos sitúa frente a varias de esas cuestiones metafísicas por las que intentamos pasar de puntillas, no vaya a ser que descubramos algo que no nos interese. «…creo que cuando eres tan feliz, cuando alcanzas ese grado de felicidad tan desbordante, contraes una deuda con la vida… te estoy hablando en serio ¿eh? y… esa deuda acabarás pagándola tarde o temprano…» (p. 73). ¿Y qué hacemos? ¿Nos lanzamos y somos felices o contenemos para no vivir las consecuencias? Para no vivir ese ajuste de justicia invisible del universo que nos golpea sin avisar. Pues cada cual lo decide su puede o lo piensa después, ya tarde. El joven protagonista de esta historia no duda en vivir el amor más fuerte y sin complejos que ha experimentado en su corta vida. Pero en esta historia hay dos partes. Siempre está Sylvia. Qué difícil acallar la voz de Raphael cantando la letra de Dani Martín, Fabio Alonso e Ignacio García:

Qué bonita la vida

Que da todo de golpe

Y luego te lo quita

Te hace sentir culpable

A veces cuenta contigo

A veces ni te mira

«—ocultar las heridas, y la tristeza, es un signo de excelente educación…» (p. 90), le dice la madre del personaje masculino a este. Que cierto, ¿verdad? Eso es lo que hemos aprendido, a no mostrar en público nuestro dolor —¡ay, redes sociales!, a que sabéis de que habla Castro en este momento de su obra—. Compartir lo bueno y callar lo malo. Mostrar y ocultar son parte de la esencia del ser humano; no mostrar debilidad. Ya casi ni con la persona con la que compartes ¿todo? Vulnerabilidad, ese fantasma que nos relega al silencio para fingir fortaleza, aunque por dentro ya no haya nada que reconstruir.

«…el abandono es como un desgarramiento…» (p. 92). Nos rompemos, pero ya no hay nadie para verlo. Ya no existe ese desgarro en el alma.

Así se siente él, el personaje masculino —¿y más débil?— de Sylvia, pero lo más contradictorio es que nunca está solo, aunque él a veces no lo ve, a lo largo de estas páginas. Siempre tiene al lado, o detrás, a una persona que no lo dejará caer jamás, y que seguirá ahí incluso cuando no esté. Deja que crezca, que decida, que sienta, que sufra… y siempre está compartiendo su felicidad, su dolor, su hundimiento, su sonrisa.

Y cuando un libro te hace pensar y sentir de esta manera en estas cuestiones, creo que está claro que no hay más opciones que recomendarlo y leerlo, porque habrá más por descubrir entre sus palabras y sus líneas silenciosas que reclaman la presencia, ahora sí, del lector.

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