De cómo Mortadelo casi salva al Dépor (anécdota austeriana)

A finales de los noventa y principios del nuevo milenio dos hechos se fueron repitiendo y cobraron especial importancia en el devenir del día a día de algunas personas. Merece la pena recordarlos.

Padres y madres que se levantaban a las tantas de la mañana para ganar tiempo al tiempo: se ponían a preparar el desayuno de sus hijos en honor a esa responsabilidad familiar que les exigía evitar que sus vástagos llegasen tarde a la clase del profesor de matemáticas, responsabilidad coaligada con el deber que les obligaba a llegar puntuales a su puesto de trabajo. Padres y madres precisos, exactos como un reloj suizo que no siempre era igual de elegante que Roger Federer, ya entonces ganador de algún que «otro» torneo ATP. Lograr tamaña concatenación de gestas homéricas se complicaba aún más debido al natural carácter de cualquier niño, que espoleado por el tazón de colacao o de nesquik pedía a sus papás algo de atención y diversión. ¿Qué hacer? Pues, cómo no, recurrir a la caja boba y alienar al nene con lo que hubiera: desde series de superhéroes hasta la Pantera Rosa.

Dentro de toda la amalgama de dibujos que en aquel entonces poblaba la parrilla televisiva destacaban especialmente unos que, aparentemente, no podían ser tan populares en comparación con otros más superheroicos. Aquellos dibujos lograron captar la atención de una generación que creció con la España boyante del ladrillo, “La barbacoa” y los últimos exabruptos de Camilo José Cela. Puede que me falle la memoria, pero juraría que durante una temporada los emitió Antena 3, emisiones a cascoporro que alegraban a los nenes mientras estos trataban de engullir una magdalena más seca que una perrunilla y que satisfacían los anhelos de los papás, quienes, en medio del agobiante proceso de despertares mañaneros, se sonreían. Lo mejor de todo era que estos dibujos, además de deleitar, atrapaban el presente sin pretenderlo, a base de mucho humor cañí. Mortadelo y Filemón, la creación de Ibáñez que gracias a sus adaptaciones televisivas dejaron poso en mucha gente de mi generación, no renunciaba al chiste ingenioso y absurdo para mostrar, increíblemente, la realidad circundante. Mortadelo no era una consciente representación realista de España, pero cada vez que los agentes de la TÍA se disfrazaban para capturar a un político corrupto o al Bestiájez de turno, algo de la idiosincrasia del país se palpaba en su atemporalidad insultante, casi inherente a las situaciones humorísticas a las que debían hacer frente los dos agentes más conocidos del espionaje patrio.

El segundo hecho, suceso, costumbre de aquel momento no pertenecía al plano de la cotidianidad, pero lograba alcanzarla mediante su esencia futbolera. Si durante la mañana reinaba Mortadelo, a la caída del Sol reinaba el carrusel deportivo, convertido en Imperio si el fútbol caía en fin de semana. Hace veinte años las dos superpotencias, los dos ogros, el Real Madrid y el Barcelona, tenían muchos problemas en la competición doméstica. El Barça seguía resacoso de Wembley, aunque de vez en cuando la suerte sonriese al club y al sinpar Van Gaal y a su sinpar guiñol, e iba a entrar en un oscuro periodo del que solo escaparía con la magia de Ronaldinho. Por su parte, el Madrid se reconcilió con Europa en el 98, continuaría con la fiesta en el 2000, a pesar de una liga nefasta, y superaría uno de sus traumas, el Centenariazo, gracias a la increíble volea de Zidane frente al Leverkusen, uno de los mejores goles en una final europea y de la historia del fútbol.

Precisamente, el protagonista de esa enorme conmoción (recuérdese: final de la Copa del Rey en el Bernabéu justo cuando se cumplía el centenario de la fundación del Madrid) fue el equipo que más incomodó, junto al Valencia, a las dos superpotencias durante todo aquel periodo: el Deportivo de la Coruña, que se hizo merecedor de ser considerado como uno de los equipos más importantes de España. Así, tarde y noche, noche y tarde también, el Dépor se convirtió en una pesadilla para los aficionados del Barça y del Real, con victorias en el Camp Nou, multitud de partidos consecutivos en los que el Madrid era incapaz de ganar al equipo coruñés, y una liga, la de la temporada 1999/2000, que le convirtió, de forma definitiva y para la eternidad, en uno de los grandes. Mauro Silva, Fran, Donato, Djalminha, Valerón, Manuel Pablo, Makaay, Tristán, Pandiani, Naybet… Y muchos más nombres que me dejo en el tintero, nombres de jugadores que, por primera vez para el fútbol patrio, conquistaron estadios como el Olímpico de Múnich y Old Trafford. Casi nada. De esta forma, hasta las semifinales de la Copa de Europa de 2004, el Dépor fue uno de los equipos que mayor presencia tuvo en la actualidad futbolística de comienzos de siglo. Su éxito se convirtió en un milagro que maravilló a muchos aficionados, simpatizantes del equipo pequeño capaz de pelear con los más poderosos, y soliviantó a otros tantos, torturados por ver convertidas sus tardes radiofónicas en partidos infructuosos por obra y arte del equipo dirigido de forma exitosa por Javier Irureta, sucesor del primer Deportivo lustroso de Arsenio Iglesias.

Sin embargo, en 2020, como si de una segunda parte, muy desmejorada y de terrible estilo, de una novela de postín se tratase, las cosas son totalmente distintas. Por las mañanas ya no están ni Mortadelo ni Filemón, ni queda rastro de la TÍA. En su lugar hay todo tipo de dibujos que o pecan de simpleza o pecan de fealdad estética. Y cuando cae el Sol tampoco queda rastro en la radio del Deportivo napoleónico, porque el club gallego debutó ayer en Segunda División B con sufrida victoria sobre el Salamanca. Al menos, para reírse un poco -y atendiendo al capricho de los datos-, el Dépor sigue haciendo historia: es el primer campeón de liga que juega en dicha división; paradójicamente, el año en que dejará de existir. Desde luego, no es historia comparable a la de pasearse por Europa. Nada queda de aquellos dibujos con vocación sardónica ni de ese equipo de campanillas.

Pero, ¿cómo pudo acabar el Dépor en la división de bronce? Ya conocerán ustedes los pormenores del caso Fuenlabrada, en el que el coronavirus cambió totalmente el panorama de la última jornada de Segunda División, lo que provocó el aplazamiento del choque entre gallegos y madrileños. Debido a los resultados que se produjeron, el Dépor acabó jugando semanas después sabedor de su descenso. Como pueden imaginar, esto rompió con la pauta general de que en la última jornada se han de jugar a la misma hora todos los partidos en los que hay algo en disputa. De ahí que el Dépor se considerase perjudicado y decidiera reclamar en diversas instancias deportivas y judiciales. Igualmente, no se ha de olvidar que, a pesar de las buenas artes del entrenador Fernando Vázquez hasta los últimos partidos, la temporada pasada fue una de las peores actuaciones de los coruñeses. Sin embargo, además del Fuenlagate, que no concluyó con una feliz reincorporación del Dépor a Segunda, los servicios jurídicos del conjunto coruñés todavía tenían otra opción, esta quizás un tanto descabellada, pero en total consonancia con el año maldito que comenzó con una camiseta de diseño espantoso. Una esperanza quizás un tanto berlanguiana.

En la antepenúltima jornada el Dépor jugó en Riazor ante el Extremadura, ya descendido. El partido acabó con triunfo visitante por 2 a 3, y esta derrota fue especialmente dolorosa porque el conjunto de Almendralejo usó a varios jugadores del filial. En un momento dado, un jugador del Extremadura tuvo que salir para ser atendido por los servicios médicos, lo que provocó que en la cancha estuviesen seis jugadores visitantes con ficha del primer equipo, cuando la norma estipula que deben ser siete como mínimo. La reclamación que formuló el Dépor no parecía tener visos de prosperar, ya que era fruto de una situación excepcional, no de un cambio o de una expulsión, y resultaría excesivo establecer una sanción basada en una interpretación jurídica semejante a la de un filólogo talibán amante de una rígida hermenéutica. Pero los coruñeses, como reflejaron medios como La voz de Galicia, contaban con el maná de cualquier tipo de recurso: un antecedente.

La anécdota del antecedente aparenta cierta familiaridad con una curiosidad propia de una novela de Paul Auster, el escritor norteamericano que al principio del nuevo milenio estaba en la cabeza de todo el mundo, al calor del éxito de novelas como El libro de las ilusiones o Mr. Vértigo, títulos que también sirven para jugar con los sucesos vividos por el Dépor en el último año. Auster suele incluir algún tipo de dato relativo a la historia del béisbol, deporte del que es ferviente seguidor. Noticias particulares del deporte de las bases que acaban entrelazándose de forma magistral en el natural curso de la narración. Así, en 2003, un equipo de categoría amateur de la provincia de Málaga (al respecto, véase la revista Panenka) reclamó alineación indebida por el mismo motivo que el Dépor. Su queja fue atendida. Hasta aquí nada sale de lo normal, es de esperar que los servicios jurídicos de un club buceen hasta dar con un caso que pueda apoyar su demanda. Sin embargo, el club cuyo ejemplo se había convertido en el pasaporte hacia la salvación tenía un nombre de indudable componente simbólico: la Unión Deportiva Mortadelo. Salvar el pellejo por un ardid del reglamento y gracias a un equipo que rendía homenaje al personaje de Ibáñez, genial creación ilustradora de humoradas absurdas. Y el Dépor, grande de España, otrora conjunto temido, se había convertido sin esperarlo en el epicentro de una humorada que, en medio de su descalabro futbolístico, le forzaba a disfrazarse del humilde Mortadelo al estilo de Mortadelo.

Sin embargo, la reclamación fue rechazada, entre otros motivos, porque el artículo del reglamento al que apelaban los abogados del Dépor había sido modificado en 2015. Por tanto, el increíble antecedente quedará durmiendo el sueño de los justos, a la espera de que llegue otro equipo que, inmerso en guerras de leguleyos similares a la del campeón del 2000, eche mano del atemporal caso del atemporal Mortadelo.

Y por todo esto merecía la pena rememorar hechos de tiempos pasados. Porque llegará un momento en el que durante los días más largos podremos entrelazar varios sucesos para contar a nuestros nietos cómo en una ocasión el azar quiso que Mortadelo casi salvase al Dépor.

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