PAUL CELAN, NADIE TIENE LA ROSA (Cien años de Paul Celan)

Por Antonio Costa Gómez. Celan piensa en una fuga, en la “Fuga de la muerte” de Amapola y memoria: “Negra leche matutina la bebemos de tarde / la bebemos al mediodía y de mañana la bebemos de noche /  bebemos y bebemos / cavamos una fosa en los aires allí no se yace estrechado”.  Piensa en una leche negra que es imposible pero es posible. En la fuga de la leche negra del alimento negro negado. De la leche que niega el lenguaje y la ideología que tiene la fuerza. La ideología que tiene la tierra, y manda a los nadie hacia el aire.   Piensa en una rosa que no pertenece a nadie en “La rosa de nadie”. Pero ese Nadie la tiene. Ese Nadie es una persona imposible. Ese Nadie es como el personaje de la Odisea que engaña a los que amenazan.

Piensa en cabalgar a Dios y en sustentarse con los relinchos de Dios como un lenguaje dramático y profundo, desnudo y apasionado en “La rosa de nadie” : “Con vino y perdición, con / los dos sedimentos / yo cabalgué a través de la nieve, me oyes, / cabalgué a Dios en la distancia – en la cercanía cantaba él”.

Piensa en ese caballo secreto. En ese caballo secreto que también pensaron los cabalistas y los alquimistas. En el caballo que tiene toda la vitalidad de Dios y toda su sabiduría más allá del lenguaje, en el relincho metafísico. Igual que en la novela de Jonathan Swift los caballos howyins son mucho más sabios que los vulgares yahoos vulgares y brutales que representan a los humanos.

Piensa en la rosa que Nadie tiene. Nadie puede tener esa rosa. Pero Nadie sí puede tenerla. Nadie está fuera de todas las miserias, de las determinaciones. Nadie está libre para contactar con la Rosa. Esa Rosa que Rilke invocó en su tumba.

Piensa en una fuga. Piensa en los que tienen que cantar antes de morir. Igual que pensó después Leonard Cohen en una canción escalofriante. Cuántas veces he escuchado esa canción. Una vez me despedí de una mujer y los dos bailábamos con esa canción. Pero no era una despedida del amor, era una despedida de la vida. Y los Bestias poseedores exigían morir cantando. Al menos reconocían que los negados sabían cantar. Igual que Celan sabía escribir poemas.

Piensa en la brutalidad casi irreal del ser humano. Como los hombres se salen de lo humano. Y en como el lenguaje se sale sí mismo. No hay otra solución, si no se volverá insoportable. En como cuando los Alguien se adueñan del mundo y los Nadie se escapan Los Nadie se escapan por donde pueden. Se instalan en sus tumbas en el aire. Como si el Ser se apodera de todo, aún queda la Nada.

A veces, me estremece ese poder de sugestión silenciosa. Lo que se puede hacer con las palabras. Lo que pudo hacer Celan. Siempre tuvo ese tono enigmático, callado, porque ya no era tiempo de jugar con las palabras.

Después de Auschwitz, no era inmoral escribir poesía, nunca lo será. Pero que había que escribir la poesía más desnuda, más desolada. Aquella que se hace con los huesos, con el asombro más metafísico. Aquella poesía que no puede evitarse.

Es necesario decir que los poetas sobran, son inmorales, para llegar a la poesía que menos sobra, a la que más conecta con la vida profunda. Para descubrir que los poetas no sobran, nunca lo harán. Por eso los poemas de Celan se llenan de resonancias, de silencios negros. De rascaduras metafísicas. De sospechas roncas.

No sobra la poesía en general, pero sobra la poesía hecha como pasteles y palabrerías. Solo hace falta la poesía que tiene la vitalidad de la ceniza. La que da una rosa de ceniza. Tenemos una tumba en el aire, pero miramos desde el aire. Resistimos en el aire.

Los capos afirman su línea y se emocionan con Margarette a lo lejos, pero los vencidos trazan otra línea paralela, en Fuga musical sin fin. En fuga como huida pero también como voz en tono menor y como resistencia. Si les quitamos el rostro a las personas, todavía siguen sin rostro. Y con palabras como las de Celan, con muy poco color, pero con una resistencia metafísica honda.

Con palabras que son mucho más que palabras. Con una especie de salmos, con una especie de fuerza en cada signo que recuerda a las profundidades cabalísticas. Cada palabra creará un mundo, caerá como una piedra. Será dura y áspera. Pero estará llena de pasión desnuda. De pasión de nombrar y sobrevivir.

Por eso me fascina esa «Fuga» de Celan, esa fuga sin fin de repetir la vida en la sombra, de resistir con el otro lado de las palabras. Se la enseñaba a unos alumnos un día e intentaba desesperadamente que comprendieran algo. Que se dieran cuenta de algo, a pesar de los teléfonos móviles y los anuncios de las últimas máquinas.

Me fascina señalar esa Rosa imposible y sin embargo posible, que, como decía Rilke, nadie puede encerrar en su sueño, siempre está más allá de todos los sueños, aunque todos los párpados la recubran. Celan repensó esa rosa. Esa rosa que es de nadie y está en la nada, porque al ser lo han colonizado, en el ser manda el que manda.

Por eso Celan, sin sospecharlo, descubrió ciertos logros orientales de huida y liberación. Y pudo escuchar, paradoja absoluta, a aquel hombre en Friburgo, Heidegger, que apoyó a los nazis negadores de su gente, pero que a pesar de todo tenía una filosofía escalofriantemente lúcida, la filosofía del des-velamiento. Y desgarradamente, con la angustia más honda y más vidente, lo escuchó, en medio de los bosques de la Selva Negra.

Él venía de una ciudad que no era de nadie, Chernivski, que ahora es de Ucrania, pero antes fue de Rumanía, o de la Unión Soviética, qué sé yo. Una vez pensé en ir allí para respirar donde él respiró esa ceniza vidente, pero ¿quién puede viajar ahora en medio de toda esta cerrazón, de todas estas fronteras? Y más a esa ciudad, que no está en ningún mapa turístico.

Él era de nadie, y, dentro de sí´ tenía la libertad y la capacidad de ver de nadie. Y en algún momento debió de sentir una enorme plenitud ante esa rosa de nadie. Con su callar dijo más que casi todos los dicharacheros. Con su mirada sin fiesta sugirió otra fiesta desnuda y resistente.

Como Ingeborg Bachman estaba harto del tiempo aplazado, de no encontrar nunca su tiempo. Pero debió de encontrar muchos instantes que sí estaban en su tiempo. Y debió de convertir el tiempo en una forma oscura de iluminación. Cuando se tiró de aquel puente y apareció en el Sena unos días después no soportó el vértigo. Pero su ausencia quedó en su mujer y en sus amigos y luego en tanta gente, igual que la ausencia y la nada se notaban con fuerza en sus poemas. Se podría decir que la suya es una poesía de la ausencia, de la ausencia que de todos modos vive, de esa linea melódica que persigue a la linea principal en la fuga, de esa sombra que como en el cuarto de Andersen demuestra tener tal vez más fuerza que el cuerpo prepotente.

Los sombríos tienen una tumba en el aire, tienen que cantar antes de morir. El lenguaje sombrío es la característica de Celan. En “De umbral en umbral” escribió: “si me hablas de verdad, me hablas de sombra”. Todo lo prepotente es falso, lo callado es lo que, a pesar de todo, se afirma. Celan siempre dijo eso. Por eso está ahí, insistente, callado, como un nadie tan intenso, como un nadie que agarra una rosa sin fronteras.

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