Por Carlos Javier González Serrano.

 

 

Todo animal, y por tanto también la bête philosophe [el animal filósofo], tiende instintivamente a conseguir un optimum de las condiciones más favorables en que poder desahogar del todo su fuerza, y alcanza su maximum en el sentimiento de poder.


Nietzsche, La genealogía de la moral, «Tratado tercero», 7

 

Fue Ricoeur quien introdujo, en su análisis sobre el concepto de “interpretación”, la denominación de filosofía de la sospecha (Marx, Nietzsche y Freud), refiriéndose con tal expresión a la tradición de pensamiento que trataba los símbolos como forjadores de una conciencia ilusoria: se da una ocultación del sentido. En este camino, la misión de la interpretación sería dar con la función de aquello que se oculta.

 

En el fragmento 1[115] de los Fragmentos póstumos (IV, Madrid: Tecnos, 2007) indicaba Nietzsche: «El carácter interpretativo de todo acontecer. No hay ningún acontecimiento en sí. Lo que sucede es un grupo de fenómenos escogidos y reunidos por un ser que interpreta». Para entender qué es interpretar para el filósofo, hemos de comenzar preguntándonos: ¿qué es un hecho? Frente a la corriente positivista, que defendía la constatación siempre empírica del positum, de “lo que está ahí” dado ante nosotros (y sobre lo que no cabe discusión posible), Nietzsche contrapone el “hecho en sí” a lo “para-mí”: el pensador no negará que haya hechos en tanto que aparecen, pero sí que exista algo como un “hecho en sí”. En el fragmento 2[82] leemos: «Interpretación, no explicación. No hay ningún hecho, todo es fluido, inaprensible, fugaz…». Es decir, que todo es inaprensible en tanto que existe un acontecer que constantemente deviene, y por ello, los hechos son un para-mí (interpretación), poseen un sentido que no se muestra tal cual es en sí.

 

Por lo tanto, hecho e interpretación no se oponen: ésta desvela el sentido no evidente de aquél, mas no como algo evidente de suyo, sino como una introducción de sentido para quien el hecho es. El en-sí es, pues, ajeno al sentido. En el fragmento 2[149] escribía Nietzsche que «no hay un “hecho” en sí, sino que siempre tiene que introducirse primero un sentido para que pueda haber un hecho. […] La “esencia”, la “entidad” es algo perspectivista y presupone ya una multiplicidad. En la base está siempre “¿qué es eso para ?”». ¿Qué defiende Nietzsche aquí? El carácter interpretativo de todo acontecer

 

Sin embargo, y he aquí lo verdaderamente original del pensamiento del alemán, tal interpretación se halla ya inscrita en el propio organismo que la lleva a cabo. Se refiere, hablando en plata, al crecimiento de la vida, no a la mera autoconservación (alejándose de tesis que muchos han interpretado como darwinistas). Si algo subyace a la voluntad de poder es una suerte de “querer ir a más”, un querer crecer, un aumento de poder en el ámbito orgánico: todo proceso orgánico está transido de interpretación. Nuestros órganos son un trabajo de especialización, una labor interpretativa de los hechos que inundamos de sentido.

 

En definitiva, lo que aparece en el mundo es ya el resultado de una interpretación, que, dirá Nietzsche, es una forma de “enseñorearse”: «La voluntad de poder interpreta […] [T]iene que haber allí un algo que quiera crecer que interprete a todo otro algo que quiere crecer respecto de su valor. […] En verdad la interpretación es ella misma un medio para hacerse señor de algo. (El proceso orgánico presupone un permanente INTERPRETAR» (fragmento 2[148]). Los valores surgirán precisamente de la confrontación con otras voluntades, con otros seres.

 

Como colofón, podemos afirmar que el ámbito del sentido en Nietzsche es el del valor. Por tanto ha de existir introducción de sentido para que concurran los hechos –que implican ya un sentido. Por ello hay un fluir permanente y no existe una “interpretación objetiva”, real, sino que el acontecer aparece como plenitud de sentido en virtud de nuestra previa interpretación.

 

Para finalizar, tampoco hay valores en sí, sino que éstos son sólo algo condicionado, que surgen como condiciones de conservación y crecimiento de una voluntad de poder. Lo único incondicionado es tal voluntad, en cuyo seno se forja el sentido que inyectamos al mundo. En expresión de Heidegger, “los valores son esencialmente condiciones condicionadas”. La voluntad de poder actúa como el origen de cualquier valor, y se encuentra, como tal, más allá del bien y del mal. Esta voluntad, que se quiere a sí misma, es un impulso continuo a querer ser ella misma, a querer-ser-más-fuerte, un querer-crecer –como ya dijimos.

 

Por eso Nietzsche sólo podía ser entendido en el terreno de la filosofía moderna de la subjetividad. “Voluntad de poder” es la expresión del más extremo subjetivismo, de la total y absoluta falta de fundamentación objetiva. Así, los valores son estrictamente condiciones condicionadas, y por ello, cambiantes en función del querer-más de la voluntad de poder. «El mundo que en algo nos concierne es falso, es decir, no es un hecho, sino una invención y redondeo a partir de una magra suma de observaciones; está siempre “fluyendo”, como algo que deviene, como una falsedad que continuamente vuelve a trasladarse, que no se acerca nunca a la verdad: porque –no hay “verdad”» (fragmento 2[108]).