Los seres humanos nos contamos unos a otros nuestros problemas por una gran variedad de razones, pero lo cierto es que nuestra evolución como especie va de la mano con nuestra habilidad para relatar nuestras experiencias a través del lenguaje. Más allá de la escritura, que es un habla fijada materialmente en piedra o papel, el habla y la conversación tienen un poder que puede ser menos cuantificable históricamente, pero que puede implicar cambios importantes en las historias personales de los hablantes.

En el ámbito de la salud mental, el habla ha sido explorada como tratamiento terapéutico desde finales del siglo XIX, por lo menos a partir de los experimentos de Alfred Adler y Sigmund Freud, dos médicos vieneses que tuvieron la revolucionaria idea de escuchar lo que sus pacientes tenían que decir sobre sus propias dolencias. Este evento es importante porque supone una concepción diferente de la relación médico-paciente; una donde la jerarquía y la verticalidad del saber médico frente a la “enfermedad” se pone en disputa mediante una horizontalidad hecha posible a través de la palabra.

Antes de Adler, Freud y muchos otros, los padecimientos psicológicos catalogados como melancolía, neurastenia o neurosis eran tratados por el poder del médico a través de medios puramente físicos, como los baños fríos, el confinamiento solitario y la infame terapia de electrochoque. Cuando el médico se abre para escuchar cómo vive el “paciente” su “enfermedad”, dicho paciente retoma una medida mínima pero importante de control sobre sí mismo, pues obtiene el poder de decir su propia vivencia acerca de lo que siente.

Otros experimentos de cura mediante la palabra han tenido buena aceptación en la comunidad de la salud mental, como los realizados en terapias de grupo para tratar distintas adicciones. Alcohólicos Anónimos (AA) es un ejemplo claro de cómo no sólo hablar, sino también escuchar, pueden tener poderosas implicaciones en las narrativas personales de quienes participan en un intercambio de tal índole. Los grupos de apoyo a migrantes o poblaciones vulnerables también ofrecen una escucha a aquellos que han sido ignorados política y económicamente.

Sin embargo, el poder de la palabra también es capaz de trascender las más nobles intenciones. La palabra hablada, a la vez que un remedio radical para los males del alma, también es capaz de inocularnos la propia dolencia que pretende curar. A lo largo de nuestra vida podemos recibir palabras agradables o dolorosas, mismas que van configurándonos como sujetos y que con el tiempo van forjando una ideología y una coraza para nuestra personalidad. Existen situaciones y eventos que tienen el peso de la verdad escrita gracias a las palabras dichas entonces y que, por costumbre o por instinto de supervivencia, hemos aprendido a dar por ciertas sin cuestionar.

Pero la articulación oral de esta serie de ideas arraigadas y enfermizas puede ser justamente la clave para deshacernos de su terrible embrujo. Para los magos de la antigüedad el conjuro mágico no eran “meras palabras”, sino una acción capaz de producir resultados positivos si se realizaba en un contexto adecuado. En nuestros días, donde la magia pasa por superstición y la ciencia se entrona a sí misma como fuente del único saber autorizado, acercarnos a escuchar el abismo de nuestra propia voz puede ser una experiencia transformadora: la diferencia entre continuar siendo lo que otros quisieron hacer de nosotros y comenzar a ser nosotros mismos.