Luna Park

Marina Perezagua

Páginas de espuma

Madrid, 2025

125 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

El tema, el asunto que da energía a la obra, es a qué tipo de mundo estamos trayendo vida. Esa es la consistencia de este conjunto de relatos que Marina Perezagua (Sevilla, 1978) publica tras su impactante novela La playa, donde una madre se enfrentaba a durísimas circunstancias en los primeros días de vida del bebé. Uno afronta la lectura de Luna Park inquieto, dado que espera a ver qué sucede al combinarse el talento de esta escritora con el paisaje al que estamos acostumbrados en las últimas décadas, esas regiones de Estados Unidos más pobladas. El conjunto de narraciones forma una cartografía, que se nos presenta en un tono más bien explicativo, aunque este va cambiando a medida que avanzamos en la lectura. Podría decirse que los relatos más puros, aquellos que abren un paréntesis en una vida y son circulares, con su final sorprendente, se guardan para el final. Antes asistimos a la revelación de momentos excepcionales, en los que los niños, desde el neonato a los de cuatro años, ocupan el eje alrededor del cual orbitará el resto de los movimientos. Y estos movimientos vendrán protagonizados, con frecuencia y como ya es habitual en las obras de Marina Perezagua, por personas que no parecen enteras, como si alguna circunstancia no les hubiera permitido que terminada de crecer una parte de ellas.

Estos seres incompletos, cuyas carencias dan potencia al cuadro, le sirven para reflexionar sobre temas tan fundamentales como las raíces, la necesidad de tenerlas y construirlas, así como la necesidad de la tribu, una familia y su entorno, que es lo que nos facilita un suelo. De lo contrario, podríamos caer en las neurosis que caracterizaban a los indios desplazados de su territorio. Aunque siempre estará presente la cura posible por amor, en este caso por amor a la vida que uno puede traer. En el relato que da título al libro, se nos presenta la búsqueda de la soledad, paseando por Coney Island en invierno, a través de una madre primeriza que ante la situación de acompañar a un hijo mientras tiene al otro en una incubadora siente que la maternidad no es fácil de compartir, por no decir imposible. De hecho, en algún momento nos irá planteando que el exceso de celo puede guiarnos hasta la locura, incluso a una suerte de secuestro por parte del padre, o que las personas demuestren que no son normativas, algo que no deberíamos de entender como una tara. Será hacia la mitad del volumen cuando nos descubra directamente cuál es la falla sentimental de la que se desprenden todas estas inquietudes, y que vuelve a ser la emoción que mueve el mundo, que es el miedo, expresado a través de la cercanía de los pederastas. El único recurso que la civilización nos ofrece para afrontar los temores es el de intentar colorear sin salirse de las líneas, para que el mundo no parezca tan feo, ni siquiera en casos de suicidio, como el que puede llegar a encontrarse una madre y profesora que halla en la educación en la naturaleza una forma de sanación, por su sencillez, por su naturalidad. En realidad, acompañando a un hijo, lo que estamos protagonizando son descubrimientos, incluidos los que brotan de la nueva forma de ver a los amigos y sus síndromes.

Y así hasta llegar a los impactantes últimos relatos, donde no tiene reparos en confrontar algunas de las situaciones humanas más duras que uno puede imaginar, como los asesinatos de recién nacidos, con la adopción de un perro, en unos momentos que nos acercan al relato de terror. Pero todos, el conjunto, nos van presentando una cartografía emocional, incómoda, a la que traer vida, que es algo que debería ser emocionalmente grato, una pasión. Esa confrontación da potencia a un libro en el que Marina Perezagua vuelve a demostrar que es una de las voces que más merece la pena seguir en nuestra literatura actual.