Sara Toro (Córdoba, 1984), es doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, ciudad en la que residió durante más de una década. Ha vivido en Belgrado, Debrecen y Budapest. Ha participado en las antologías Radio VarsoviaTod@s somos Frida, Ropopompom, Como yo te amoSais, Terreno fértil Cuerp@s, así como en el proyecto A gustar convidan. Gastropoesía (2012) y las revistas Bar Sovia, Tres orillas, PDA, Mitad doble, Calle 20, Espacio habitado, Fragmenta y Turia. Ha publicado el poemario Souvenir (La Bella Varsovia, 2009) y la plaquette La escombrera (Diente de Oro, 2010)Algunos de sus poemas han sido traducidos al italiano. Cierta edad, el libro que acaba de publicar con Cuadernos del Vigía, es la razón por la que hoy pasa por estas líneas para darnos su Primera Impresión.

 

Tenía el reto personal de volver a publicar un libro que me acompañara en mi cambio de década

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Sara Toro: Porque tenía el reto personal de volver a publicar un libro que me acompañara en mi cambio de década. Recibí Cierta edad en formato físico el 14 de febrero, dos días antes de mi cumpleaños. 

Mi concepción de la poesía es bastante cancioneril

¿Cómo y cuándo surge la idea del libro? ¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Ha cambiado tu forma de trabajar con respecto a otros?

Mi concepción de la poesía es bastante cancioneril. Me cuesta mucho escribir desde una idea previa de poemario, soy más de «pliego de cordel» que de escritorio. De hecho, gran parte de los poemas son el resultado de haber participado en recitales de poesía de diversa índole, incluso el título del libro surgió de la propia oralidad. Escuché «cierta edad» en algún lugar antes del verano, y me apropié del sincretismo de indeterminación y certeza que emanaba del sintagma para mis poemas.

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a los posibles lectores?

Me fascina entrenar el pulso poético con sonetos y juegos de palabras. Quien juegue sabrá jugar.

¿Qué efecto esperas que tenga en ellos?

Pues me encantaría que les provocase placer estético. Los libros que me gustan son los que me enseñan nuevos caminos para el lenguaje, los que me divierten y los que me dan nuevas ideas. Si la lectora o lector encuentra algo de esto en Cierta edad ya me doy por satisfecha.

¿Qué papel desempeña la estructura o la disposición de los poemas en el volumen? ¿Fue algo deliberado o más intuitivo durante el proceso de creación?

El poemario se estructura en dos partes, una primera que contiene poemas más largos y narrativos con una temática centrada en las decisiones vitales como la no maternidad y otra titulada «Surco máximo», centrada en el juego formal y problemáticas globales como la crisis climática. La ordenación fue bastante orgánica e intuitiva, solo hubo un poema «Sala de observación» que bailó varias veces de sitio porque no quería cerrar y abrir el libro con poemas que hablasen de la muerte, aunque me seducía la idea de circularidad y ciclicidad e incluso barajé la posibilidad de reflejarlo en la ilustración de la portada.

¿Y qué importancia le das a la revisión y a la edición en tu proceso creativo?

Muchísima. Yo tenía una casa y las grandes y generosas lectoras que dirigen la colección Mundana me ayudaron a quitar los andamios, las gotas de pintura y a limpiar los rodapiés. Para entrar a vivir ya solo faltaba una planta y algo de fruta, y ahí es donde llega la piña de la fascinante Maria Sibylla Merian, que llegó mediúmnicamente a través del cuaderno de ilustraciones Potager que Miguel Ángel Arcas compró en Paris.

Sigo siendo un poco barroca y epigramática

¿En qué medida veremos en él —o no— a la Sara Toro de tus anteriores obras?

Sigo siendo un poco barroca y epigramática, y me sigo tomando a chanza los desengaños.

Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de Cierta edad, ¿cuáles serían?

Elegiría tres de los cuatro primeros poemas. El que abre el libro «Carrusel de hipótesis del morirme», que es mi preferido, «El magnolio», por su trasfondo, y «De abundantes carnes», que es un poema que me va a gustar mucho leer en directo.

Ha pasado una adolescencia entre un libro y otro y todavía me pregunto el porqué

Han pasado quince años desde tu anterior publicación. ¿A qué se ha debido ese silencio?

Esta pregunta es la que más me cuesta responder. Ha pasado una adolescencia entre un libro y otro y todavía me pregunto el porqué. Creo que se debe a una cuestión multifactorial, por una parte, el hecho de haber estado tantos años en el extranjero me alejó en cierto modo de mi decir poético, a pesar de haber estado enseñando español y de contar durante años con el apoyo y la amistad de poetas de mi querencia; por otra, la lectura y la escritura académica que elegí tampoco me ayudaron a centrarme en la poesía. Quizás, simplemente, es que no encontraba mi camino.

¿En qué proyectos poéticos estás trabajando actualmente?

En la actualidad estoy impartiendo un taller de poesía llamado «El astillero» dentro del Máster de Formación Permanente en Mediación ficcional y creación literaria que dirige y coordina Cristina Pérez Valverde junto a Antonio César Morón en la Facultad de Ciencias de la Educación. Ahora me toca a mí revisar las creaciones poéticas del alumnado y reflexionar conjuntamente sobre la poesía. Es un trabajo que me está nutriendo de entusiasmo por la escritura.

¿Cómo ha evolucionado tu voz poética desde tus primeras publicaciones hasta ahora?

Creo que es una voz que observa mucho más lo que le rodea.

¿Qué dirección crees que tomará tu poesía a partir de ahora?

No tengo ni idea, pero me gustaría que fuera algo muy loco, algo que escribirían el conejo y el Sombrerero de Alicia en el país de las maravillas.

Por último, como lectora, ¿de quién te gustaría conocer su “Primera impresión”?

Me encantaría conocer la primera impresión de Olalla Castro, sus libros están armados a la perfección y me acompañaron muchísimo cuando vivía en el extranjero.

***

Tres poemas de Cierta Edad

 

Carrusel de hipótesis del morirme

 

Que me voy a morir,

piensan mis padres cada vez que mi cuerpo

deja un rastro defractario

en cielo extranjero,

o viajo en un vehículo que no conducen

sus pies,

sus manos,

la espalda recta

de sus decisiones.

Tampoco yo contemplo que sus dedos de tubérculo

alejado del agua,

o que su cintura kintsugi de Supergen setentero

estercolen la tierra antes que yo,

fruto último de su cosecha

arrancado verde

y exportado

para alimento de otros.

 

Si les precedo,

enterrarán de mí

la parte que no conocen.

Me vestirán con un jersey incómodo

e informarán de la tragedia a familia

y amigos varados

en el muelle de la infancia.

 

Yo que siempre fui

de vagabundeo

requeriré de hombros de hombre

y fémur-clavícula de mujer

para gestionar la materia fungible

de mi cuerpo.

(Ojalá se salven de la tragedia

algunos dedos manchados de carmín

y las córneas).

A mis ascendientes legaré

una sucesión intestada de perros

y amantes callejeros

que acariciará el agujero negro

de la historia.

Sobrevivirán,

inexplicablemente,

muchas de mis plantas de interior.

Alguien dirá tras mi funeral:

Me encantó. Lloré.

Mi fantasma arrepentido

de haber tardado tanto

en volver a casa,

tratará de atravesarse el lóbulo

con un zarcillo.

 

Pasará el pendiente,

la muerte pendiente

 

pasará.

 

 

El magnolio

 

Comía serrín con harina.

Sopa de cinturón.

 

Mis libretas y el perfume de mi padre.

 

Antes del serrín,

las manos iban al pan y a las libretas,

a los pañolitos y a los picaportes

iban mano contra mano:

plas, plas, aplauso magiar.

 

La espalda acariciaba por su parte

lateral

el tronco de un pino.

Por mor de besos, flor de cerezos,

a la boca le rimaban los versos.

A la mano izquierda,

un dedo le engordaba alrededor

de un anillo.

Anémonas en ramo le pendían.

Alfombras de arroz y pétalos

para los pies.

 

Las palmas de la mano no amasaban aún

serrín con harina.

 

Las palmas que trenzaban sandalias

y sillas para el verano

viraron sus estípites a la derecha.

Las datileras eran metralla de Dios ahora

y ya fueron siempre

obligación de Domingo de Ramos

para los balcones.

 

Yo escribía en mis libretas

las notas de corazón del perfume de mi padre.

 

Se pensaba en el barrio que eran rosas,

como un camino de rosas,

las flores agostizas de las buganvillas

que asaltaban las tapias

para colarse en las bodas.

Se pensaba ya por púrpura y rosa-

rio, que jamás delatarían

a los claveles

ni a las gitanillas.

 

Tuve que tachar

los nombres de mis amigos de las libretas

y esconder el perfume de mi padre.

 

En las tardes largas de ciprés,

cuando ya no era posible distinguir la sangre

del vino,

el cielo acompasaba la pantomima del aire

sobre la ropa —invariablemente negra—

de los tendales.

 

Magnolio que miras a los pinos que cobijan

la espalda de los muertos.

Ellos esperan tu flor —bandera blanca—,

pero no tu fruto.

Magnolio claro

que no puedes ser un claro de bosque,

cuéntales cómo me he tragado mis anillos

y he intercambiado el perfume de mi padre

por serrín y harina.

 

 

De abundantes carnes

 

Mi fábrica de baile no cabe en tu corazón pequeño.

Joe Crepúsculo

 

                                                                                          Ofelia deshojada

                                                                                                         tumbada en la hierba con tribunales carnívoros.

Traian T. Coșovei

 

Nos, ossos que aqui estamos pelos vossos esperamos.

Capella os ossos (Évora, Portugal)

 

Pequeño hombre que entre

clavícula y esternón

guardas monedas,

¿pretendes ofenderme acaso

con el excedente de mi carne? ¿Has nacido

tú, acaso, de la arista

de una pirámide,

del perfecto ángulo del compás

de Vitrubio?

 

Dices gorda

amasando su veneno semántico

como si no fuera

el nombre del pan

con que los mexicanos

honran a sus muertos,

como si no hubiera sido

la moneda perra

con que pagaron las tumbas

de los tuyos.

 

Little man, tu corazón enterrado

enflaquece

a la triste sombra

de un triste arbusto.

Apartaría la tierra con mis dedos gordos

para que disfrutases

                                     el desparrame

de mi tronco entrenado

en la disciplina celestial

del dolce far niente.

Mis abultados índices

                                       destriparían los terrones

que atascan tu oído

para regalarte la sere-

nata renacentista

que, muslo

                     contra muslo,

venera mis estrías:

 

Joyas, nácar, vetas de liquidámbar,

rayos de Zeus en braille redactados

que de brazo a seno yacen tatuados

como letra de códice en gutiámbar.

 

Tus manos sarmentosas esperan

que tras el concierto

les ofrezca un tórax breve,

un culo-colina,

una meseta por vientre,

pero un cuerpo que ofende

la voluptuosidad de otro cuerpo,

no ha de gozar molicie alguna.

 

Pequeño hombre, esqueleto futuro,

la carne de la que hoy huyes

también será hueso.

Quedará un tuétano jugoso

que jamás rozará tu lengua

y que será festín

para romanos y gusanos.

 

 

ENTREVISTA REALIZADA POR JAVIER GILABERT
Granada, 1973. Maestro avemariano, es autor de PoeAmario (2017), En los Estantes (2019), Sonetos para el fin del mundo conocido (2021) junto con Diego Medina Poveda, Bajo el signo del Cazador (2021) junto con Fernando Jaén, Todavía el asombro (2023). Copromotor, antólogo, coeditor y periodista cultural.