Ricardo Álamo.- ¿Qué hace que un aforismo sea un buen aforismo? ¿Su carga de profundidad eidética? ¿Su expresión irónica? ¿Su formulación filosófica? ¿Su originalidad? ¿Su mordacidad? ¿Su lirismo? ¿La combinación o la mezcla de todos o de parte de estos elementos? Si le preguntáramos a un aforista qué es lo que hace que un aforismo sea un buen aforismo, probablemente apelaría a la pertinencia o a la necesidad de que tuviera algunos de esos componentes, lo cual no quiere decir que no quepan otros muchos más a la hora de hacer buena una brevería. Precisamente, Ricardo Virtanen en El vigilante de la luna, que subtitula, “Metaforismos líricos”, ya casi al final del libro nos descubre una particularidad esencial con la que definir el buen aforismo, al afirmar «Seamos breves, pero infinitos», cosa que ya había anunciado antes al decir «¡Qué breve el aforismo, y qué infinita su idea». Porque si algo deberían tener todos los aforismos que no quieren pasar desapercibidos y quedar grabados en el magín del lector es no solo que sean breves, sino que también se abran a múltiples o infinitas lecturas. Nada peor le puede pasar a un aforismo que el estar sujeto a una única y definitiva lectura. De igual modo que nos aburren los que viven toda su existencia aferrados a un ideario repetitivo y sin aristas autocríticas, igualmente nos aburren los aforistas que, libro tras libro, nos transmiten las mismas ideas aunque vayan vestidas con distintos trajes.
Quizá porque el repertorio de influencias literarias, poéticas y filosóficas de Virtanen es muy amplio y variado (Kafka, Porchia, Rivarol, Joubert, Juan Ramón Jiménez, José Bergamín, Ralph Waldo Emerson, Oscar Wilde, Carlos Edmundo de Ory, Cioran, Lec, Canetti o Jules Renard, entre otros), sus aforismos no responden a un patrón común de expresión, y en ellos se combinan la greguería con la lírica, la filosofía con el humor o la moral con la crítica. A tales combinaciones, o a otras que se quieran, él las llama «esquirlas», similar a astilla, fragmento, trozo, fracción, pizca, que vienen a ser como minúsculas porciones de un pensamiento discursivo mayor. O lo que es lo mismo, como si fuesen aquello que se desprende, en mínimas dosis, de un extenso ensayo y va dejando rastros, huellas, indicios que llevan al lector a sospechar que los aforismos que le presentan quieren ser tal y como se los presentan. Ejemplos: «Aforismos: gotas de poesía que irradian imposibilidad», «¡Qué breve el aforismo, y qué infinita su idea!» o «Un aforismo es polen, no trigo limpio». A la vista de estos pocos ejemplos, se diría que el aforista que es Ricardo Virtanen es, en realidad, un contraaforista, o que en su concepción de lo que es un aforismo no caben manidas recetas ni fórmulas consabidas, dando por cierto que lo que mejor define al aforismo es su heterogeneidad, incluso su indefinición o, por decirlo con un poco de pedantería, su carácter anfibológico.
Aforismos cortantes, secos, tajantes, pero sin concesiones a la fácil interpretación, así son los aforismos de los que se nutre El vigilante de la luna, título que homenajea a Jules Renard, que en una de sus Moralidades dijo «Pon un poco de luna en lo que escribes». Es decir, un poco de misterio, algo de oscuridad, una pizca de locura o un tracto que oculte la verdad, porque «El aforismo miente, cierto, pero miente como nadie», ya que —si se me permite la metáfora— la nítida luz del sol no irradia siempre sobre todos nuestros pensamientos ni mucho menos sobre lo que los entendidos llaman buena literatura, aunque eso no sea óbice para que por mucho que se enmascare la verdad (o por mucho que nosotros mismos la enmascaremos) permanece incólume en su sitio, nos guste o no nos guste reconocerlo, igual que la cara oculta de la luna existe aunque nunca la hayamos visto. Por eso Virtanen, como buen observador de la luna, de sí mismo y de todo quisque, afirma sin ambages que «Debajo de la máscara hay otra máscara, pero ya no nos oculta».
Entre las peculiaridades que más me han llamado la atención de sus aforismos, yo destacaría tres: los constantes requerimientos al lector o a él mismo en forma de preguntas; la presencia recurrente de la Naturaleza; y la incrustación de sus estados de ánimo. Como muestra de lo primero, valen estas: «La música de las esferas. ¿El universo se corrompe?», «Ser aire…, ¿para morir sin ser visto?», «¿Y si ser mortal sólo fuera la idea de una idea que nunca fecundará?» o «¿Quién nació para ser estatua?». Algunas de estas preguntas son curiosas, otras incontestables, y otras más incontestables, como cuando ya casi al final del libro se pregunta: «¿Estáis seguros de que después de todo aún nos queda la eternidad?». En cuanto a la presencia de la Naturaleza no son pocos los ejemplos en que esta se inmiscuye, a veces incluso de manera interrogativa, en su aforística: «¿Cuántas golondrinas hacen falta para alegrar un corazón?», «Esos pájaros, volando hacia ningún sitio: saben que tú no te mueves», «Las nubes pretenden que el sol no sea el centro de nuestra vida», «La destreza del caracol para no llegar a ningún sitio, de momento», «¡Dejad que los cuervos hagan su trabajo!», «Cuando despertamos en el campo, las gotas de rocío son las campanas invisibles que el silencio nos regala», etc. Pájaros, peces, perros, gatos, orugas y otros animales, además de la nieve, la lluvia, los acantilados, los árboles, las flores o el cielo, menudean en ocasiones hasta crípticamente en algunos de sus aforismos. Por último, Virtanen no esconde la influencia que las circunstancias externas tienen sobre sus estados de ánimo, como cuando dice: «Aquellos que me olvidan, los recordaré siempre», «Sufro de halitosis existencial» o «Me siento un personaje de Villiers: “sabemos lo que abandonamos, no lo que vamos a encontrar”».
Pero, con todo, la red de trasuntos que se teje en el libro no se agota en esos tres aspectos a los que me he referido antes. Porque también las reflexiones sobre la belleza, la felicidad, la muerte, la soledad o la envidia, tienen abundante cabida en él. Porque al vigilante de la luna nada humano o inhumano le es ajeno.
Ricardo Virtanen, El vigilante de la luna. Thémata Editorial, Sevilla, 2025.