JOSÉ LUIS MUÑOZ
Cuesta mucho sorprender en un thriller. Lo más fácil es seguir caminos trillados. Una ballena tiene el mérito de desconcertar al espectador desde la primera secuencia: una sicaria espera tranquilamente a su víctima que entra en su casa sin notar su presencia. Perfecto maridaje de cine negro, versión sicarios, con el fantástico, versión monstruos marinos el segundo largometraje en solitario del joven alavés Pablo Hernando (Vitoria, 1986) tras Berserker. Película oscura y atmosférica, lacónica en palabras e imágenes gélidas, de ambiente lluvioso, opresivo y norteño que podría haber sido rodada en Islandia, pero se ubica en el País Vasco, en Bilbao concretamente, en una época imprecisa.
Un puerto y quién controla ese puerto por donde entran misteriosos contenedores centra el argumento del filme. Lo que pueden albergar los millones de contenedores descontrolados que surcan los mares nadie lo sabe a ciencia cierta. Tampoco se sabe en Una ballena lo que contiene un contenedor por el que una mujer con un marido agónico paga una fortuna. Dos tipos mafiosos que quieren hacerse con el control de ese puerto, un joven ejecutivo (Eneko Sagardoy) dispuesto a todo por controlarlo y se compra todo un feo edificio atalaya para vigilar desde lo alto, y un viejo sabueso llamado Melville (Ramón Barea), que se resiste a abdicar y pasar el testigo. Y uno y otro contratan a la misteriosa Ingrid (Ingrid García-Jonsson), una sicaria silenciosa, hábil e implacable que extrae con pinzas las balas de los cadáveres para no dejar ninguna pista.
Hay una extraña conexión en este thriller de la protagonista con el mar —Ingrid que acaricia esa ballena varada en la playa y allí conoce al submarinista interpretado por Kepa Errasti que sale del mar; las pesadillas subacuáticas; el encuentro con ese monstruo marino que la abduce con sus tentáculos— en una película decididamente gélida, resaltada por una fotografía gris azulada de Sara Gallego y una banda sonora inquietante de Izaskun González. Homenajea Pablo Hernando al cine de Jean Pierre Melville, a El silencio de un hombre (Le Samurai) por la meticulosidad de la sicaria y su tendencia al minimalismo —vive en un destartalado hangar que bien podría ser un contenedor— y a la soledad —esa relación gélida con el submarinista—; a Herman Melville por todo el entorno marino y esas ballenas que remiten a Moby Dick, y hasta a H.P. Lovecraft, y a una de las películas más fascinantes y más injustamente olvidadas del cine fantástico, Under the skin, Bajo la piel, del oscarizado (La zona de interés) Jonathan Glazer: si Scarlette Johansson era una alienígena que venía a la tierra a devorar seres humanos tras la cópula como mantis, Ingrid García-Jonsson parece surgir de las profundidades marinas para liquidarlos.
Atmosférica, envolvente como una pesadilla y con unos efectos especiales más que notables, este ejercicio de estilo oscuro que es Una ballena es muy recomendable para los amantes del cine negro y fantástico por su propuesta original.