Por Mario Álvarez Porro.

Más allá de sumergirnos en una embriagadora atmósfera de delicuescencia y voluptuosidad, que nos mantiene fascinados ante la contemplación absorta por parte del grupo de chicos del trágico final de aquellas malogradas muchachas aún en flor, lo que distingue y cohesiona la narración de Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides es la perplejidad y el asombro a causa de la falta de respuestas ante tan perturbador suceso: «Nunca llegamos a entender por qué a las chicas les preocupaba hacerse mayores».

Carmen María López López (1991, Murcia), doctora en Literatura Española por la Universidad de Murcia y profesora titular de Teoría de la Literatura en la Facultad de Filología de la UNED, compagina desde hace más de una década su labor docente e investigadora con la escritura creativa. Sus obras han sido distinguidas en certámenes literarios como los siguientes: Premio de Poesía Albacara (2008), XXIV Premio de Narrativa Encarnación Martínez Barberán (2009), VIII Premio de Narrativa Ana María Aparicio Pardo (2010), Premio de Poesía de la Universidad de Murcia (2011) o Premio CreaMurcia de Literatura (2018). Si ya con su opera prima, Yo también anochezco (2024), obtiene el Premio Complutense de Literatura 2023, con su siguiente y más reciente obra, La madre de nadie, logra el VII PREMIO ESPASA ES POESÍA 2024.

Desde una mirada introspectiva, La madre de nadie explora el conflicto entre identidad y maternidad, estableciendo un paralelismo entre la creación poética y la gestación de la vida. Algo que se evidencia ya desde las dedicatorias que presiden el conjunto de poemas: «Yo soy la abuela. / Yo soy la niña. / [Y, sin embargo, la madre de nadie]»; y «A las mujeres / poema / caparazón».

La obra se estructura en dos movimientos o momentos: EL SOLSTICIO ES LA MADRE y EQUINOCCIO EN LA TIERRA, evocando el tránsito del amanecer al ocaso del sujeto lírico. Señalemos cómo este segundo momento que evoca el anochecer(se) hace referencia intratextual explícita al primer título de la autora, Yo también anochezco, dando de este modo continuidad a la voz lírica iniciada entonces. Asimismo, destaca el uso continuado de la silva polimétrica, que da mayor amplitud al discurso poético, así como de las estructuras anafóricas y paralelísticas que, junto a las constantes enumeraciones, apóstrofes y preguntas retóricas, elevan el tono de cada pieza, caracterizando con ello, por tanto, un estilema.

En la primera parte, EL SOLSTICIO ES LA MADRE, la voz poética se sitúa en un territorio de gestación y búsqueda de identidad. La poesía es presentada como un refugio, un espacio liminar entre lo que se es y lo que se espera ser. En SCRIPTORIUM, el verso «La madre que no soy es la que escribe» establece el núcleo temático de la obra: una maternidad simbólica donde el lenguaje es gestación y el poema, descendencia. La incertidumbre ante lo que no llega a concretarse se percibe en PRELUDIOS: «El hijo no nacido nos recuerda / los poemas que nunca escribiremos». Esta idea se refuerza en MADRE CRISÁLIDA, donde la maternidad se concibe en estado latente, como una posibilidad aún sin materializarse.

El vínculo entre madre e hija se desarrolla en términos de fusión y separación, algo que comprobamos en EL ORIGEN DEL MUNDO (II): «Antes de nacer ya había nacido / estaba en ti / dentro de ti / éramos indistintas». La madre es un territorio primigenio, el primer refugio. Sin embargo, este lazo es también un hilo que debe cortarse para permitir la autonomía, como observamos en SUTURA: «Madre: quién cortará en la escritura / este hilo de palabras». Este proceso de afirmación de la propia individualidad aparece en PRIMER BOCETO: «Cuando nací mi madre era la joven / que yo soy ahora», poniendo en evidencia lo circular del tiempo y la herencia que se repite.

En consecuencia, la poesía se erige como un acto de resistencia ante la incertidumbre. En ALABANZA, se afirma con contundencia: «La poesía es mi madre». Este sustrato metapoético alcanza su punto álgido en CARMEN, CARMINIS, donde la autora entrelaza su propio nombre con la tradición poética y el destino impuesto por la lengua:

Nunca fui Safo.

Ni canté a la luna menguante.

Ni al terrible esplendor.

No invoqué al equinoccio.

Ni creí en los oráculos.

Ni entregué vida y cuerpo al destino

de los nombres ( carmen, carminis,

tercera declinación).

Pero siempre algo en mí me lo decía:

Tú eres y te llamas Carmen.

La segunda parte, EQUINOCCIO EN LA TIERRA, marca un punto de inflexión en la obra. El sujeto lírico abandona la indeterminación del amanecer para enfrentar su propia madurez. En 23 DE SEPTIEMBRE (EQUINOCCIO DE OTOÑO), se explicita esta transición: «Madre: / me casaré en el equinoccio»; y con ello, la asunción de un destino irremediable: «Ya no soy / la muchacha pálida / o la virgen suicida. / Me maquillo de otoño».

Las composiciones de esta sección dialogan con el tiempo y la pérdida. EPITALAMIO retoma la tradición clásica del canto nupcial, pero lo subvierte al poner en cuestión el paso de la juventud a la madurez: «Cantad sin percibir esta miseria / del tiempo ya perdido en la pregunta / de no ser o de ser aún muchachas». Este desdoblamiento identitario, ante el Eros o pulsión de la vida (JARCHA), también se evidencia en EQUINOCCIO: «Las dos mitades antes indistintas. / Niña y no niña / joven y no joven / madre y no madre». Desdoblamiento que se agudiza por la angustia de un incierto futuro entre la luz y la ocuridad, el cielo y el infierno: «madre, qué seré en el equinoccio» […] «a un mismo tiempo / dulce Juno y Perséfone». (EVOCACIÓN)

El cierre de la obra es una mirada hacia el pasado, una suerte de reconciliación entre lo que se fue y lo que se es. En ÍTACA, notable asimilación y vivificación desde la propia sentimentalidad del célebre poema de Kaváfis, se resignifica el mito de Ulises en una invitación a aceptar el presente: «Abdica ya de tus mitologías. / No busques a Teseo ni a Ariadna. / Es más hermoso amar el laberinto». La poesía, como Ítaca, no es un destino, sino un proceso de autodescubrimiento continuo.

La madre de nadie se erige como un poemario de profunda introspección, donde la voz lírica cuestiona, se desdobla y se reconstruye en un ejercicio de constante reescritura. Desde un estilo coloquial y con un lenguaje depurado y preciso, Carmen María López López entrelaza el discurso poético con la tradición literaria (Adrienne Rich, Elena Garro, Sylvia Plath o Anne Sexton entre otras muchas voces) y la experiencia íntima, retomando la voz iniciada en Yo también anochezco, logrando así una obra que en su conjunto no solo interpela, sino que también resuena con el lector en su propia búsqueda de identidad. En este tránsito de la crisálida a la madurez, del amanecer al ocaso, la autora nos recuerda que, aunque todo cambie, la poesía permanece como refugio: «Vivir era una trampa, / pero qué bella trampa» (EPITALAMIO).