Por Rubén Téllez.

BLA, BLA, CAR; o el peligro de hablar con desconocidos por Internet.

Decía Jordi Costa con respecto al cine de Álex de la Iglesia que “su discurso se ha ido convirtiendo progresivamente en conservador haciendo la misma película siempre. Todas sus películas se resuelven con una explosión caótica final”. Si uno sigue esa lógica a la hora de analizar El cuarto pasajero, se encontrará con que el dispositivo fílmico diseñado por el cineasta tiene como núcleo temático no sólo la crisis de mediana edad que atraviesa el personaje de Alberto San Juan, sino ciertos retazos de desconfianza con respecto a las aplicaciones para conocer gente, en este caso con la finalidad de compartir un viaje en coche, que se filtran en las imágenes para, por un lado, convertirlas en estallidos de un humor calculado que esconden detrás de las llamas de su desesperada comicidad una tesis muy concreta; y, por otro, permitir que espectadores de distintos rangos de edad se sientan interpelados por ellas, ya sea porque comparten su visión sobre las formas en que las nuevas tecnologías han modificado las relaciones personales, ya sea porque la rechazan por entender que hiende sus raíces en una tierra reaccionaria que se niega a mirar tanto el presente como el futuro desde un punto de vista que no sea catastrofista.

El director construye la cinta pensando en todo momento en lo que el público puede pensar de ella, modula las imágenes atendiendo a los posibles deseos de los integrantes de la platea y priorizando el aspecto comercial y publicitario antes que el artístico y discursivo; lo que resulta muy problemático. La película se aleja de los códigos que regían su anterior largometraje, Veneciafrenia, para, parapetada bajo la sombra de Balada triste de trompeta y Las brujas…, construir un crescendo de tensión y violencia que parte de una realidad cotidiana por muchos experimentada —los trayectos organizados con las aplicaciones del tipo Blablacar— para terminar desembocando en un aquelarre de caos, sangre, persecuciones y explosiones (des)controladas en el  que, como es habitual en De la Iglesia, la idea que articulaba la propuesta se termina diluyendo entre el ruido de las colisiones, los golpes y las balas. Así, si bien es cierto que ciertas situaciones cómicas están bien construidas, la reflexión sobre los peligros de meter a un desconocido en tu coche está trazada con brocha muy gorda; y, debido a la seguridad con la que es proferida, termina convirtiendo la cinta en un cuento moral algo rancio, cimentado, no obstante, sobre las geniales interpretaciones del cuarteto protagonista.