«Silencio (Poesía 1994-2021)», de José Antonio Santano

Por Jesús Cárdenas.

No es fácil sobrevivir al silencio. La -buena- poesía contiene silencios: calla parte de lo que dice. El poeta está continuamente en el límite de lo que dice y lo que calla. En el lenguaje poético se habla de sugerencias. Y las sugerencias se logran mediante una especial conjunción de palabras. Y el significado, por su parte, se prolonga y traspasa lo referencial, quedando en su esencia. Todo esto lo sabe muy bien José Antonio Santano, y buena prueba de ello es la publicación que aglutina su producción poética desde 1994 hasta 2021, Silencio (Alhulia, 2021).

Es significativo el bagaje lírico que representa este volumen. Ya desde los primeras entregas el poeta de Baena muestra una voz que se anuncia firme en la búsqueda de un camino propio a lo largo de los años, creador de una atmósfera sugestiva, abunda en alusiones y elipsis que devendrán en un estilo cada vez más mesurado y contenido, pero jamás hermético. Su discurso es, por lo tanto, profundo sí pero también con aspiración al encuentro con los lectores, comunicativo.

El volumen comienza con un estudio preliminar del escritor Alfonso Berlanga, en el que además de analizar en detalle cada libro desde dos principales vías -temática y estilística-, distingue dos etapas en la trayectoria de Santano: la primera, más cercana a la estética vital, intimista, «que englobaría los seis primeros libros, desde Profecía de otoño (1994) hasta Razón de ser (2008) y […] más tardío […] La voz ausente (2017) y una segunda que abarcaría los diez siguientes, desde Memorial de silencios (2014) hasta Sepulta plenitud (inédito)». En este bloque posterior lo personal da paso a lo colectivo lo que deviene en un cambio de tono. No obstante, hay un eje que vertebra los quince libros recogidos: la esencia del silencio.

Obsérvese ya en los primeros versos que salpican un deseo de refugiarse lejos del ruido, casi al modo de fray Luis de León, reivindicando la inmersión del sujeto en un ámbito natural. En la contemplación de su paraíso baenense, al término del día (tan machadiano), se producirán las idas y venidas emocionales: «Crecido río de luto. Oscura noche / cubriendo los trigales y barbechos. / Calma. Total entrega del silencio./ […] Florece el vientre en cada tarde».

Los motivos que frecuenta Santano en los poemas que se recogerían en la primera parte forman, si se quiere un mismo campo semántico, el del silencio: el tiempo, la soledad y la muerte. De ellos se desprende la angustia, la zozobra, el desaliento por la ausencia o el amor no consumado. Estamos, por tanto, ante poemas que comunican el asombro que despierta una atención consciente de lo callado. Tan lejos de lo explícito, siempre sutil en el verso, Santano compone una elegía, que entronca con nuestra mejor tradición, desde Manrique a Miguel Hernández, pasando por Lorca, Juan Ramón Jiménez, Cernuda o Ricardo Molina, por citar solo algunos nombres. Se trata de La voz ausente, en memoria y homenaje a su padre. Llama la atención que en su despedida, en la inmensidad de su expresión, el poeta transmita la soledad y la ausencia mediante símbolos, cercanos a los empleados por los simbolistas franceses (tal vez a un Mallarmé). En todo caso, y pese a la constricción, Santano se revela un poeta que se afana en presentar este cántico de un modo original. Y lo consigue, gracias al empleo de las metáforas, a la tensa dialéctica, a la reiteración del dolor y a la estructura del conjunto. Curiosamente en este libro publicado en 2017 alternan los poemas escritos en verso con los de prosa poética, se intercambien los breves y contenidos con los de una mayor extensión y amplitud dialéctica entre hijo y padre ausente:

Sobre tu lápida, extinto el dolor, cincelo las palabras que siempre amé. Obedezco a los sonidos del aire en este cementerio y vibro con los dones silenciosos de otoño octubre, desnudo y yermo.

Toda la experiencia personal volcada en su primera parte trascenderá en los libros publicados de la segunda parte. En su enfoque del exterior siguen mostrándose la soledad, la ausencia, la tristeza y el desasosiego, con una particular amplitud. Memorial de silencios supone un punto de inflexión en la producción santaniana. Los versos muestran al sujeto que sale de la casa a su lugar de trabajo, en este caso la oficina, y termina por convertirse en trágica desazón: «Esta absurda rutina que reclama / otra luz, otras voces, otras señas, / el último arrebato de una sílaba, / la nada conmovida de la opulencia». El poeta en los poemas publicados se abren como cartas manuscritas, con un decoro esencial, así, abandona los elementos más ornamentales y barrocos en busca de una expresión más destilada. Pensando en el tránsito del yo al nosotros recuerda a Blas de Otero: condensación expresiva, precisión adjetival y contención metafórica. El planteamiento de los libros también pasan por una modificación: mejor planificados con respecto a los primeros. Incluso diría los poemas tienen ese halo de perfección en su arquitectura que les otorga a un discurso poético más reflexivo y naturalmente más meditado. Todo ello sin perder la emoción derramada, la tensión latente en cada poema. Tampoco abandona de su estilo, al modo de los salmos: las reiteraciones léxicas, el modo de letanía, las derivaciones, las estructuras paralelísticas y las enumeraciones. El rigor se alía a la hondura humanista, a la sobrecogedora imagen de las terribles noticias. Así da cuenta de una realidad cruel con los más indefensos y frágiles («homo homini lupus»). Lo vemos en una de las magníficas composiciones de Tiempo gris de cosmos:

Cada segundo una muerte,
cada muerte un silencio,
cada silencio millones de niños
van muriendo,
de hambre van muriendo,
van muriendo

Todo ello dota a Silencio de una textura de asombrosa solidez lírica y a un poeta capaz de trascender de la experiencia personal a la colectiva, tanteando diferentes estructuras. Curiosamente ningún libro se parece a otro publicado por Santano salvo en la médula: su tensión, dolorosa y bellísima manifiesta en lo que se nos revela de forma esencial.

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