‘Atlas del camino blanco’, de Ricardo Martínez Llorca

Atlas del camino blanco

Ricardo Martínez Llorca

Baile del sol

Tenerife, 2022

120 páginas

 

Por Carlos Marín

Un tipo aspira a no perder la dignidad.

Así podría resumirse el contenido de esta novela corta que nos entrega Ricardo Martínez Llorca (Salamanca, 1966). La dignidad puede ser el valor universal que se defiende en las mejores obras de arte. La dignidad entronca con la pregunta de ¿quiénes somos? Sin que la cuestión parezca una imploración a los dioses. Se ha apuntado mucho, en las últimas décadas, a la identidad como eje de algunas de las obras literarias más importantes, de ahí, por ejemplo, el auge de ese género llamado autoficción.

Pues bien, he aquí que llega Martínez Llorca, acostumbrado a pisar charcos, y se mete en harina con una obra que podría ser la definitiva en lo que entronca a ese tema. A partir de una experiencia de un viaje a Nepal, a partir de sus conocimientos de alpinismo, y nos atreveríamos a decir, a partir de algún recuerdo adolescente, Martínez Llorca recrea el paso despistado de un hombre normal, a través de una ruta, la de los Annapurna, en solitario y con un objetivo inusitado: buscar a su mejor amigo. Nadie se pierde en esos valles como se pierde el amigo del protagonista y, sospechamos, la búsqueda de este tipo quiere decir otra cosa.

¿En qué consiste esa otra cosa? Esta intriga nos mantendrá ocupados a lo largo de la lectura. No se nos desvelará hasta el final, cuando se vea enfrentado a auténticos profesionales del alpinismo, y recomendamos no perdérsela. Hasta entonces, se nos antojaba que había algo absurdo, como hay algo absurdo en nuestra vida diaria, que el protagonista lleva pegada a la piel, por mucho que se esfuerza en ser distinto, aunque sea ocasionalmente.

La otra parte que nos mantiene pegados a las páginas de esta magnífica novela es la musculatura y la fuerza de la escritura de Martínez Llorca, que no dejamos de agradecer por mucho que nos vayamos acostumbrando a ella. Pocos escritores poseen su potencia, su serenidad y su oído.

La estructura no puede ser más sencilla, basada en un itinerario que, eso sí, nos muestra un país del que enamorarse. De hecho, nuestro protagonista llegará a enamorarse de una parte de ese país, gracias a los encuentros que parecen casuales, tanto como para sospechar que detrás de ellos bien puede existir un ser, al que llamamos Destino, manejando los hilos.

Queremos repetirlo: Martínez Llorca no se atiene a olas literarias, va por libre y en un mundo en el que triunfa quien consigue caer bien a todo el mundo, acostumbra a pisar todos los charcos, a correr todos los riesgos. En Atlas del camino blanco vuelve a hacerlo. Y esto sigue convirtiéndole en uno de nuestros mejores autores y, como si eso fuera implícito en la afirmación, en uno de los más marginales.

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