Una antología para pensar y pensarnos

 

Elena Marqués.-Hace ya casi diez años, se me ofreció la oportunidad de elaborar una antología de relatos históricos que incluso preludié con un, para mí, hermoso e inocente prólogo. Y, aunque entonces acogí la tarea con mucha ilusión, enseguida me di cuenta de la dificultad que entrañaba. Espigar las mejores narraciones de una extensísima lista y rechazar otras tantas me resultó una labor de una ingrata responsabilidad. Y no diré que salí escarmentada de la experiencia; pero imagino que, de volver a pasar por ella, regresarían los días de insomnio o simplemente delegaría en alguien más acostumbrado a esas lides.

Nadie duda de la capacidad del escritor, traductor, aforista, poeta y narrador mejicano Hiram Barrios de preparar antologías; en su haber se cuentan Voces paranoicas. (Bitácora inédita), de Eros Alesi (2013); la edición crítica Gotas tóxicas. Aforismos y minificciones, de Sergio Golwarz (2015 y 2021); los compendios Lapidario. Antología del aforismo mexicano (2015 y 2020); Aforistas mexicanos actuales (2019); y, en coordinación con Donato Di Poce, Silenzi scritti. Aforismi. Antologia Bilingüe Italiano-Spagnolo. Con El placer de fastidiar. Aforística italiana contemporánea, prologado por José Manuel García, otro aforista de pro, Barrios nos ofrece esta vez un libro tan entretenido como agudo en el que disfrutar de ese género complejo y profundo en su aparente sencillez, y con el añadido de poder apreciarlo también en la lengua de origen; ese idioma hermano que a veces se expresa más con los gestos que con la palabra pero que, no sé por qué, nos predispone a escuchar siempre algo ingenioso. En este caso, además, el mismo título, entre la verdad y el oxímoron, incita a ello y augura un buen rato de lectura.

Confieso mi poco o ningún conocimiento de los nombres recogidos en las páginas de este libro, de los que quizás hubiera agradecido una pequeña nota bio-bibliográfica más allá de su fijación cronológica, aunque la sola lectura de estos escasos pensamientos me resulta suficiente para que califique a sus autores como hombres que filosofan sin abandonarse del todo a la amargura de la seriedad; poetas de lo grande y lo cotidiano (vaticino que me convertiré en lectora voraz de Maria Luisa Spaziani tras descubrir, entre otros, ese «Y ahora hablemos un poco de tu. ¿Me amas?»); observadores del paso del tiempo, de los avatares históricos y la deriva ética de la sociedad; irónicos estudiosos de nuestra esencia y nuestra pequeñez; individuos inteligentes, críticos («Si en la democracia nos dejan hablar, eso no quiere decir que nos escuchen», reflexiona Silvana Baroni), capaces de sintetizar mucha sabiduría en poco espacio; lanzadores de dardos que siempre dan en la diana, aunque esta sea móvil, porque esas continuas transformaciones les son intrínsecas («Los proverbios son incómodos porque ocultan opiniones demasiado cambiantes», confirma Dino Basili).

Porque El placer de fastidiar se sumerge en esa faceta incómoda del aforismo que «obliga» a pensar y a pensarnos, a descubrirnos en el deseo de comprender el mundo en su perpetua contradicción. De ahí que, en sus fórmulas copulativas y pseudodescriptivas, la parodia y la ironía le sean tan propicios como otras figuras retóricas de oposición, con resultados tan lúcidos, ocurrentes y pesimistas, por no decir casi nihilistas, como «La esperanza es la verdadera responsable de las frustraciones. Hay que cortarla de raíz» (Alessandro Morandotti), «No estaría en contra de un segundo matrimonio de mi padre. Más bien (si hubiera podido) me habría opuesto férreamente al primero, que tuvo, para mí, consecuencias incalculables» (Carlo Cragnani) o «Al principio era el Verbo, después el Verbo se hizo incomprensible» (Ennio Flaiano).

Me gustaría resaltar alguno de Franceso Burdin que me atañe especialmente («Un poeta necesita de elogios. Sin elogios, entristece y muere, como cualquier humano»), o estos de Raffaelo Franchini («El dogmatismo es la filosofía de los otros») y Davide Lopez («La ideología es la máscara de la impotencia»), que, tras la lectura del ensayo de Fernando Villaspín La sociedad de la intolerancia, me preocupan y/o perturban porque no pueden ser más ciertos y solo traerán consecuencias nefastas. Y también resaltar el pequeño grupo de aforismos con visos metaaforísticos, algo muy propio del género, más aquellos otros que revelan su función poética («Bastaría el asombro… para sentirse en el paraíso»), recuerda Baroni).

Tengo yo para mí que Hiram Barrios ha conseguido lo que un buen restaurador de esos que se dedican a la cocina sincrética logra entre su clientela más ávida de exquisiteces culinarias: despertar, con una cata de pequeños bocados, las ganas de seguir probando más platos, y también que durante la experiencia gastronómica, o en este caso literaria, no nos aburramos con extenuantes guarniciones que se repiten hasta la extenuación. Aquí, cada autor resulta original; cada aforismo, una lúcida observación que nunca resulta obvia, sino que aporta un nuevo punto de vista u otra vuelta de tuerca, algo que siempre se agradece en este género al que tantos se lanzan con audacia y sin salvavidas, y en el que, según comenta el prologuista, el país vecino nos lleva una buena delantera. El placer de fastidiar da buena muestra de ello.

Hiram Barrios (ed.), El placer de fastidiar. Aforística italiana contemporánea. Apeadero de Aforistas, Sevilla, 2022.

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