Nosferatu

Por Gerardo Gonzalo.

Justo hace 100 años, en 1922, se estrenó Nosferatu, Nosferatu – Eine Symphonie des Grauens (Nosferatu, una sinfonía de terror) un film dirigido por F.W. Murnau, que a pesar del tiempo transcurrido, continúa siendo hoy un hito del cine de terror y del cine en general. Un referente para una minoría raruna, cinéfila y cultureta, tanto por la película en sí misma, como por las circunstancias que la rodearon.

Nosferatu es una de esas joyas de la época del mudo, marcada en mayúsculas en la historia del cine, que hoy en día, en un tiempo sobrecargado por los estímulos de la artificiosa y pirotécnica ficción audiovisual contemporánea es, junto al resto de películas previas al sonoro, una pieza de museo, a la que puntualmente nos asomamos unos pocos con un afán de curiosidad casi arqueológica y para apreciar y conocer los referentes artísticos que sentaron las reglas de un arte, el cinematográfico, que en buena medida perduran (al menos en sus postulados más básicos) inalteradas hasta nuestros días.

Nosferatu es también, y sobre todo, una película de Friedrich Wilhelm Murnau (1888-1931) cuya prematura muerte en un accidente de automóvil a los 43 años, es en mi opinión la mayor desgracia de la historia del cine. Me explico, en esa época Fritz Lang, John Ford, Alfred Hitchcock, Ernst Lubitsch, Frank Capra y algunos más de los principales directores de la historia, hacían evolucionar este arte, cimentado en los principios marcados por D.W.Griffith, en los pretéritos tiempos del cine silente. Partiendo de los fundamentos del mudo, lograron alcanzar las cumbres más elevadas de la historia del cine en las décadas siguientes, de los treinta a los cincuenta. Desde mi punto de vista, Murnau era el más dotado de todos ellos y el que, hasta ese momento, más lejos había llevado la técnica cinematográfica, lo que me hace pensar que a lo mejor hoy, de no ser por su desgraciado accidente, su nombre podría estar a la altura de los aquí nombrados, o incluso ser considerado el mejor de todos ellos.

En la época en que Murnau realizó esta película, ya era uno de los más importantes directores de cine de Alemania. Previo a Nosferatu, ya había dirigido nueve películas, aunque solo dos han llegado a nuestros días, Der gnag in die nacht (La luz que mata) y Schloss Vogelod (El castillo encantado), ambas de 1921. Lo que sí sabemos, es que muchos de los films que realizó Murnau transitaban por el género del terror o lo sobrenatural, destacando entre estos, la película perdida de 1920 Der Januskopf, una versión de Dr. Jekyll y Mr. Hyde de R.L. Stevenson.

Es muy interesante todo lo que rodea el proceso de creación de Nosferatu, ya que la película se hace a iniciativa de la productora Prana Film, siendo uno de sus fundadores, Albin Grau, artista y pintor, el ideólogo del proyecto y su director artístico. Grau era además, una personalidad dentro del mundo de las sociedades ocultistas de la Alemania de la época y pretendía, con esta película, elevar el arte cinematográfico mediante un nuevo cine que fuera capaz de representar lo oculto, lo místico, llevando al espectador a vislumbrar otras realidades y otros mundos. Un cine que fuera más elevado, y que él denominaba como intelectual.

Para este fin, los productores toman como vehículo de referencia la obra de Bram Stoker, Drácula. Así, se hace un guión que es una indisimulada versión del libro, al que añaden elementos de más transcendencia, cambios en los personajes y en el desarrollo de la trama (algunos realmente significativos) y un contexto algo más tenebroso. En el resultado de esta adaptación, se erigen auténticas secuencias icónicas, en una película que, tras un inicio algo convencional, empieza a destilar un aire enfermizo a partir de la llegada al castillo del Conde Orlok,  presentado como una figura radicalmente tenebrosa. Una especie de monstruo con un aspecto terrorífico y apenas comparable a ninguno de los villanos de la ficción, ni tan siquiera al propio Conde Drácula, más sofisticado y humanizado, y con más matices que este Nosferatu.

A partir de aquí, el film transita por momentos estremecedores, la llegada al castillo en coche de caballos cubierto de lonas, incluyendo un momento fantasmal rodado en negativo, la presencia desasosegante de Orlok, el tenebroso viaje en barco que le lleva a su destino, las ratas, los ataúdes y esos momentos finales, de acción trepidante, donde la sombra de una mano, arrebata el alma de la protagonista, que en un poético final, hace un sublime acto de sacrificio.

Todo ello salpicado por escenas protagonizadas por el Conde Orlok, interpretado por el actor Max Schreck, que encarna un monstruo con una caracterización única y que visto hoy en día aún funciona. Son esos momentos los que permiten mantener la mirada sobre un film, que por supuesto requiere por parte del espectador de un ejercicio de complicidad y contextualización por la época en que está hecha, por el escaso desarrollo técnico y por las maniqueas interpretaciones actorales, muy alejadas de los cánones actuales.

En relación a la pretendida finalidad mística y ocultista del film, tengo la impresión de que se impone más el criterio cinematográfico de Murnau, que sobre todo veía el potencial artístico de la historia, más allá de los objetivos de los productores, interesados también en transmitir ciertas corrientes de pensamiento, que quedan muy matizados y requieren de lecturas demasiado sofisticadas para el espectador. Podemos encontrar algunos rasgos de ocultismo, como los extraños símbolos que aparecen en las cartas que se intercambian Orlok y su representante, pero no mucho más. Es sobre todo un film de terror, de hecho es la primera película de vampiros, de un director que había transitado ya por el género, y que aquí realiza un trabajo impecable, con escenas de inspiración pictórica, arriesgadas tomas exteriores para la época y juegos de luces y sombras que buscan dotar de significado a los actos de los personajes, lo que aleja a Murnau de la muchas veces extrema estética del cine expresionista alemán, marcado por la senda de El Gabinete del Doctor Caligari de 1920 y de la excesiva teatralidad que solían tener las puestas en escena del cine de esa época.

Tras su estreno, antecedido de una espectacular campaña de promoción de la que nos han quedado multitud de dibujos y artículos explicativos, el film tuvo una supervivencia complicada. Los productores, no muy buenos gestores, arruinaron la productora y la propiedad del film pasó por varias vicisitudes. Pero lo más extraordinario de todo, son las consecuencias que tuvo un error en la génesis del proyecto, ya que los promotores de Nosferatu, que desde en principio reconocen que es una versión libre de Drácula, no pidieron permiso a la viuda de Bram Stoker, Florence Stoker, ni pagaron dinero alguno por los derechos de autor del libro. Quizás estuvieran confiados por el hecho de que poco antes, la versión que Murnau hizo de Jekyll y Hyde no requiriese del pago de derechos de autor para su normal exhibición. En cualquier caso, esto llevó a una persecución encarnizada de la viuda contra la película, que consiguió finalmente el amparo de la Justicia para destruir todas las copias que circularan del film. De hecho, son pocas y mutiladas las que han llegado a nuestros días y han requerido de complejos procesos de restauración para que podamos ver una versión, lo más aproximada posible, de la obra de Murnau. Vicisitudes, que incluyen la pérdida casi total de la partitura original de la película.

Muchas más derivadas y debates se pueden abrir sobre la película y sus circunstancias. Tenemos la suerte de que el gran experto contemporáneo en Murnau, que es Luciano Berriatúa, es español y ha escrito espléndidos y minuciosos libros sobre la figura del director y sobre esta película en particular (además de hacer la restauración del film más fiel al original) que ahondan mucho más en todo lo que aquí he contado, que por mi parte no dejan de ser unas anotaciones personales y una mirada muy lejana, desde el 2022, sobre un film pretérito, que da brillo a los primeros pasos de un arte como el cinematográfico, que creo que merece la pena ser visto y valorado en su contexto, y que contiene hallazgos que aún hoy siguen transmitiendo potentes emociones.

De hecho, posteriormente Murnau alcanzaría dos cumbres del cine de todos los tiempos con El último (1924) y Amanecer (1927), que marcan una evolución sustantiva en la historia del cine elevando técnica y narrativa a niveles nunca vistos. Pero eso ya es otra historia, de momento, lanzaos sin miedo a las garras del Conde Orlok, a las garras de Nosferatu.

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