‘Artistas sin obra’, de Jean Yves Jouannis

RICARDO MARTÍNEZ.

Si, en tantas ocasiones, lo importante de una obra es (metafóricamente) lo que no se dice, la invitación recibida a través de este título es tan sugerente como conmovedora, en ocasiones.

De los muchos ejemplos a citar, sin duda, el autor resalta el caso paradigmático del conde de Orsay, un artista de gran talento que había dejado sus dones en barbecho, inclinándose hacia la efímera gloria de las posturas originales y nobles”  Y añade: “de esta fábula del dandy (pintor?, escultor?) convertido en mayorista de arte hay que deducir el aspecto del antimuseo, desobrado de los artistas improductivos: la puerta entreabierta del guardarropa de Brummell pintada en trampantojo, un parque de esculturas posadas sobre una mano enguantada” y, en efecto, la idea puede parecer chistosa, cuando menos brillante aunque no tenga valor más que por ese brillo de opereta.

Clement Roset, un brillante disertador en las interioridades del arte, pero también teórico de la lógica de lo peor, del pensamiento terrorista propone, en efecto, “cuestionar la pertinencia filosófica de la no producción (en Le Choix des mots) al preguntarse por qué hay libros en lugar de nada o de pensamientos a secas” Ahora bien, al contrario que el Benabou de Pourquoi je ne écrit aucun de mes livres defiende la idea de que el escrito es el lugar mismo del pensamiento y no está dispuesto a admitir que “el hecho de reprimir una misteriosa capacidad de escribir sea el indicio de un pensamiento superior al de quienes poseen esa misma capacidad pero la hacen fructificar en obras” Es verdad, en el siglo XX, Borges y Valery han defendido e ilustrado sobradamente esta tesis, y no son dos heraldos menores en tales cuestiones.

En fin, digamos que como sustancia nutritiva de la discusión está el contrapunto, y así el autor cita, un algo jocoso, la anécdota donde apunta: “nos parece oír la risa burlona de Hegel al proponerle a Goethe que volviera al caldero en el que hervían el corazón y los buenos sentimientos cuando el poeta acariciaba la fantasía de que nuestros mejores versos tal vez fueran aquellos que no habíamos escrito” Disputas de egos aparte, tal vez ha sido bueno que Hegel no hubiese sido poeta al ignorar que, acaso lo que Goethe sostenía en la teoría tuviese alguna relación con la proposición del preclaro Witgenstein: y si no tienes-sabes nada que decir, gurda silencio. Al decir eso, el de Weimar sabía distinguir lo que era un buen poema,  pero por prudencia guardó silencio. Esto es, el poema ya está escrito implícitamente –también algo dijo a propósito de ello nuestro Gerardo Diego-, pero no explícitamente. O Miguel Ángel, quien sabe, con su mármol ‘habitado’

En última instancia, dos referencias serias y conscientes en el mundo de las letras, Jabés y Becket nos marcaron la tendencia hacia el camino del mejor discurso: el silencio.

Nota bene: dentro de ese mundillo intraliterario que tanto gusta visitar –con desparpajo- Francisco Rico, hay, en un trabajo suyo acerca de Roberto Calasso, algunas palabras que no estaría de más, creo, citar aquí: “el libro que no hace falta leer porque se contiene entero en el título; el libro inexistente que se crea al refutarlo en una reseña… Roberto Calasso (un sabio hondo dentro del mundo del libro, exterior e interiormente considerado) ha asumido todas las eventualidades borgianas y les ha añadido una variedad: en el correspondiente risvolto (vale decir, en el texto de la solapa o la contracubierta), ha reescrito uno a uno el millar largo de libros publicados por él mismo con el elegante pie milanés de Adelphi Edizione.

Ese, el lector inteligente, habrá sabido distinguir el bien, no de lo no escrito, la no-obra, sino la pertinencia de su brevedad, donde el silencio ha hecho de crítico privilegiado.

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