Mudar la piel lingüística

Ricardo Álamo.- Hay quien dice que España es un país que goza de una tradición aforística potente y singular, en la que han predominado dos variantes “mayores”, la metafísica y la imaginista, aunque tal cosa no quita que, como afirmaba Umberto Eco, no haya nada menos definible que el aforismo, pues se trata de un género que admite múltiples expresiones, algunas de ellas inclasificables o paradójicas, como los antiaforismos o las formas híbridas y mestizas que, más que haber pervertido su sustancia, han buscado su remozamiento para presentarlo con nuevas hechuras y mejorarlo o, como poco, ponerlo a circular por otros caminos distintos a los ya acostumbrados. De ahí que algunos autores de nuestro pasado reciente y también de ahora mismo se hayan atrevido a romper con el marbete sentencioso con que solían expresarse nuestros clásicos a la hora de darle forma a unas ideas o a unos pensamientos breves que muchas veces, además, estaban revestidos de cierta moralina y ejemplaridad con que adoctrinar a los lectores. Como hicieran en su día Ramón Gómez de la Serna en sus greguerías, José Bergamín en su pensamientos liebres, Carlos Edmundo de Ory en sus aerolitos o más recientemente Miguel Agudo Orozco en sus parapensares —ninguno de los cuales se conformó con atenerse al modo tradicional de esculpir aforismos—, el libro del filósofo y dramaturgo Daniel Rivallo se presenta como un conjunto de ideas breves en el que pone en práctica lo que él llama intuilectos, palabro de clara filiación kantiana que nace de la unión de la intuición sensible y el intelecto. Por eso no es de extrañar que la cita que da paso a sus aforismos sea aquella famosa frase de la Crítica de la razón pura en la que el filósofo alemán consignaba que «sin sensibilidad ningún objeto nos sería dado y, sin entendimiento, ninguno sería pensado». De hecho, Rivallo subtitula entre paréntesis sus intuilectos como razonares intelisibles, porque entiende que el intuilecto es algo así como «una intuición que sabe más de lo que mira al elegir —sin observar— el objeto de su contemplación y un intelecto que comprende menos de lo que ve al percibir —sin aprehender— la realidad sensible», lo que da lugar a «una percepción de lo abstracto —que no se encierra en el concepto y “escoge bien” su sensación—, una abstracción de lo sensible —que no discurre únicamente a través del conocimiento e intuye».

Quienes hayan leído la referida obra de Kant y conozcan de sobra la abstrusa terminología que empleaba el filósofo de Könisberg, así como las dificultades expresivas que tenía a la hora de trasladar al papel sus ideas, no se sorprenderán mucho con esa fraseología de Rivallo en su afán de definir con precisión el término «intuilecto», neologismo que como él mismo explica se origina a partir de la unión de la forma latina intuitio-nis, que a su vez procede del verbo intueri (tener la vista fija sobre algo, fijarse en, contemplar, ver con absoluta claridad), y del sustantivo intellectus (habilidad de escoger bien) formado a partir del prefijo inter (entre) y lectus (elegir, escoger). Queda claro, pues, que el resultado de la unión de esos dos términos latinos es el palabro «intuilecto», cuyo equivalente, además, es el «razonamiento intelisible». Ahora bien, ¿entenderá el lector medio —que no mediocre— todo ese excursus conceptual?, ¿comprenderá sin tener que devanarse los sesos que esa forma de razonamiento intelisible con que Rivallo se refiere a sus aforismos surge «cuando el contemplar del comprender —la razón ve más de lo que conoce— y el entender del observar —la intuición discierne más de lo que atiende—» se dan? Parecería más bien que su digresión tan meticulosamente enrevesada, antes de darle a conocer sus aforismos al lector, no pretendiera otra cosa que envolverlo en una retórica de altos vuelos filosóficos para justificar algo tan sencillo como que algunas de sus creaciones aforísticas son fruto de la hibridación entre la razón y la intuición, o, por decirlo a la manera zambraniana (de María Zambrano), entre lo que siente la razón y piensa el corazón, si es que tal cosa es efectivamente posible. Además, y por otro lado, otra particularidad de los aforismos de Rivallo es la creación de frases que incorporan curiosos neologismos de no muy fácil comprensión que casi necesitarían de una exégesis para entender correctamente su significado: ¿qué querrán decir «Abisalizarme en un libro», «Acontexistir», «Tricameralidad del espejo: identidad, diferencia, Prozac», «Veluzidad: 299 792 458 m/s», «El naufragio sinelando en una quilla»? Más que aforismos parecen acertijos, que llevan al lector a transmutarse en una especie de sibila con poderes adivinatorios para descifrar el oscuro mensaje que tales aforismos encierran.

Otra peculiaridad no menos cara a la narrativa breve de Rivallo es lo que él llama el aforismo lúdico o enconado, del cual también nos ofrece una abschweifung o digresión, en la que refiere, entre otras cosas, que «El aforismo lúdico ↔ enconado filosófico poético. El aforismo lúdico es enconado. Cuando omite lo enconado en la elipsis, salta el resorte del artefacto lingüístico. Lo enconado es una nueva piel de serpiente. Mudar la piel lingüística no es sustituir escamas de lenguaje, sino reemplazarlas por otras de mayor tamaño, haciendo la frase más corta. Cabe más enconado en la no necesidad de decir. Se escribe menos, pero se escribe más grande». ¿Queda claro? Pues si no lo captan, veamos algunos ejemplos de lo que son los aforismos enconados o lúdicos: «Se vende partícula elemental a precio invisible», «La muerte del sujeto por “atrope-yo”», «Si re-tumba en los oídos es un réquiem», «La yoyofísica del narcisista», «Cuando llueve a cántaros nos esculpimos», «Mantenerse a calvo de una melena», etc. Sí, son juegos de lenguaje, ni más ni menos; lo de filosóficos o poéticos ya es otro cantar. Y sí, la filosofía está muy presente en todo el libro, como lo demuestra el hecho de las frecuentes alusiones explícitas o no a un sinfín de filósofos (Bergson, Wittgenstein, Platón, Aristóteles, Kant, Heráclito, Descartes, Heidegger, Anaximandro…), con quienes la cosa no va más allá de hacer unos cuantos chistes («Hay dos grandes metafísicas en la Antigüedad: la caverna de Platón y los pisos de protección oficial de Aristóteles», «Un juicio sintético a priori es un abrigo de poliéster», «Immanuel Can’t», «La escalera de Wittgenstein la pintó Antonio López») sin que se problematicen sus pensamientos o se polemice con ellos.

Tiene, en fin, Daniel Rivallo la tendencia a juguetear con el lenguaje o incluso a oscurecerlo («El vuelo en venación pasiva de la mariposa», qué querrá decir eso) y a abusar de dos fórmulas sintácticas simples, la copulativa y la elíptica. En este sentido son innumerables los aforismos en que emplea la unidad sintáctica sujeto-verbo ser-predicado. Pero con todo, y pese a estos reparos, Intuilectos contiene una buena porción de textos lúcidos que no desmerecen su lectura. Aforismos más aquilatados («El talento es la condición de posibilidad del fracaso») o más corrosivos («El mecanismo del hombre vulgar es análogo al de una cafetera clásica: a una cierta presión, la voluntad se mezcla con al estupidez y acaba saliendo el idiota») en los que se percibe algo más que la mera ingeniosidad o el chiste fácil.

Daniel Rivallo, Intuilectos. La Isla de Siltolá, Sevilla, 2022.

 

 

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