‘No puedes escapar de tu destino’, de Rubén Barents

REDACCIÓN.

Traducción de Hakob Simonyan

Texto adaptado por Jorge Díaz Martínez

En 1950, en los asentamientos del Caucaso Norte, los armenios seguían viviendo según sus antiguas costumbres, en pequeñas comunidades cristianas, fraternales y puritanas. Sólo se diferenciaban por el momento de su éxodo, es decir, su huida del exterminio que llevaban a cabo periódicamente los turcos desde hacía siglos, y por su lugar de origen dentro de la meseta armenia. En aquel pueblecito, sobre las montañas del Cáucaso, la mayoría eran gente de pueblo, refugiados que venían de remotas aldeas en las montañas turcas, aunque también había algunos de pequeñas ciudades como Van, Kars o Shushi, que se diferenciaban claramente por su comportamiento urbano. Los rusos les llamaban refugiados de 1915, algo bastante inexacto, ya que el genocidio armenio venía sucediendo desde mucho antes y, lamentablemente, siguió ocurriendo hasta mucho después. En realidad, las tribus turcas incursionaban el territorio armenio desde hacía milenios, aniquilando a sus habitantes, de manera que todos los armenios son descendientes de niños que sobrevieron a alguna de sus matanzas. Hay infinitas historias de niños supervivientes, pero no todas pueden olvidarse.

Se llamaba Sirán. Más tarde me di cuenta de que era un nombre masculino, al que le había añadido el sufijo femenino «na-nu», es decir: Siranush. Yo tenía entonces doce años y no entendía que mi abuela dijera que Sirán era una mujer hermosa, para mí era solo una mujer mayor. Estaba muy delgada y era también más alta de la media. No hablaba nada de ruso, excepto algunas palabras sueltas. Vestía siempre de negro, con el típico pañuelo armenio. Tenía el pelo gris, veteado todavía de algunos mechones negros que asomaban debajo de su pañuelo.

Entraba en nuestra casa como si fuera una sombra y salía silenciosa e imperceptiblemente como una sombra. Cada vez que alguien le rogaba que se sentara y comiera alguna cosa, aunque fuera su madre, su abuela o su tía, ella se negaba en redondo, diciendo que ya había comido. Vivía justo enfrente, en una casa destartalada y llena de polvo, que evidentemente hacía mucho tiempo que no veía la mano de su dueño. Esa casa estaba llena de niños, de nueras y de adultos, y yo no entendía muy bien quién era hijo de quién ni pariente de quién. La entrada quedaba a la misma altura del suelo y la calle estaba sin pavimentar, llena de baches que después de las lluvias se convertían en charcos en los que se bañaban las aves y los cerdos y por la noche era atravesados por rebaños de vacas que volvían de los pastos.

    Al atardecer, se sentaba en la puerta, en un banco de madera torpemente hecho a mano, y miraba a los jóvenes que salían de la casa. Era una mirada extraña, como si los observara desde un lugar muy alto, de alturas desorbitantes, desde el que las personas se veían diminutas y lejanas y todo se desahacía en un inmenso vacío. Desde su humilde cuerpo perecedero parecía contemplar algo eterno. ¿Pero qué era? ¿Qué veía cuando sus labios comenzaban a temblar en silencio? ¿Le estaba rezando a Dios? Nunca llegué a saberlo.

    

De sus hijos, dos no volvieron del frente. Y el marido, a quien llamaban kartash1 Gaspar, no tuvo mejor suerte (por cierto, que ese mote, kartash, me reveló el origen armenio de algunos apellidos rusos como Kartashev, Kartamyshev y Koltashev). Gaspar era albañil, construía casas, levantaba muros y hacía todo tipo de obras. En 1939, mientras trabajaba en una obra, comentó de pasada que Trotsky era muy buen orador, que Alemania tenía un ejército imponente y que una nueva guerra era inminente. Ya fuera por lo primero, por lo segundo o por las tres cosas a la vez, una noche detuvieron a Gaspar. Cuatro agentes se presentaron en su casa y empezaron a revolverlo todo. ¿Pero qué iban a encontrar en aquella casa miserable, en la que hasta los niños dormían en el suelo? Sin embargo, lo encontraron. Después de ponerlo todo patas arriba, encontraron una pistola Mauser.

―¡El enemigo es el enemigo!  ―dijo el de mayor rango, agitando patéticamente la pistola, como si fuera una bandera―. En la cárcel, Gaspar no duró ni una semana. Le pegaron todos los días, hasta que se murió. A su esposa ni siquiera le devolvieron el cuerpo.

Los días señalados, las mujeres andaban hasta la iglesia, la única que quedaba en toda la región. Era una iglesia pequeña y miserable, apartada de todo y de difícil acceso y, sin duda, por eso sobrevivió. Las demás habían sido demolidas por las autoridades. Sin embargo, Sirán no iba nunca a la iglesia. Decía que estaba enferma o que estaba muy lejos o que no podía dejar la casa tanto tiempo. Para las fiestas, mi abuela hacía unos platos exquisitos. Los cocinaba y, después, me llamaba diciéndo ¡Avara,2 llévale esto a Sirán! Ella, llena de gratitud, aceptaba aquellos platos exquisitos murmurando oraciones mientras, por un momento, sus ojos siempre tristes se volvían relucientes y cálidos. Entonces, susurrando, me dedicaba tales bendiciones, con tanta expresividad que nunca he podido olvidarlas.

    Pocas mujeres tenían unos ojos como los de Sirán. No eran solo azules, sino de un azul azulado. Se habían vuelto pequeños, escondidos en unas cuencas profundas. Y su boca, semioculta tras el pañuelo armenio, casi nunca emitía ningún sonido. Era increíble que en aquella casa llena de niños no se escuchara casi ningún ruido. Las pocas veces que Sirán les mandaba alguna cosa, ellos obedecían inmediatamente. Pero eso no sucedía casi nunca. Sin embargo, algunas veces se escuchaba un sonido ronco y pesado, semejante a un gemido, que se escapaba del fondo de su pecho. Sirán se retiraba a un extremo de la casa, hacia el oeste, y oraba de manera inaudible. Aparte de eso, solo se la podía oír mientras hilaba. Se sentaba sobre una alfombra, como es nuestra costumbre, con las piernas cruzadas, entonando una canción sin palabras, un sonido áspero y melancólico, emitido al compás de la rueca de madera, que los armenios llaman chajarak3. El movimiento mecánico de Sirán, el chajarak y su canto se fundían en una misma cosa. Era obvio que aquella melodía no se correspodía por pura casualidad con el chirrido rítmico del chajarak: eran una canción que el tiempo había compuesto, a través de los siglos, a través sus hilos. La música aliviaba el sufrimiento de Sirán y, al mismo tiempo, ese canto monótono encajaba a la perfección con ese tipo de trabajo mecánico.

Los niños la llamaban nane, y ella, a los más traviesos, les decía shpan4. Años más tarde, encontré ambas palabras en idioma ucraniano, con el mismo significado, y en alemán, como apellido. Para los antiguos armenios, Nane-Mane era la diosa de la maternidad, que los ucranianos llamaban “nanenka”. ¿Pero quién era Sirán? ¿Y cómo había acabado en aquel lugar perdido de la mano de Dios, en las lejanas montañas del Cáucaso Norte? Por entonces, solo se escuchaba una fecha: 1915.

Los turcos habían cercado el pueblo. Quedaban pocos cartuchos. Gaspar era el menor de siete hermanos. A los diecinueve, se había casado con su novia de catorce. Para cuando los turcos atacaron su pueblo ya tenían una hija de ocho años y dos hijos más pequeños. Sirán les llevaba a los defensores un poco de agua y comida y también vendas de lino, lavadas a mano, para los heridos.

    ―Esto se está acabando ―dijo el hermano mayor―. Gaspar, llévate a los niños de aquí, a todos nuestros hijos, tenéis que escapar ahora, mientras todavía sea posible. Nosotros nos quedaremos aquí, aguantaremos tal vez hasta la tarde y después que sea lo que Dios quiera.

    Gaspar arrancó un puñado de tierra con las manos, después reunió a sus hijos y a los hijos de todos sus hermanos y emprendieron la huida, escaparon por una brecha y corrieron a las montañas. Desde lo alto de las colinas, pudieron ver a los turcos penetrando en el pueblo con sus caballos y las columnas de humo que salían de las casas.

    

En las altas colinas, las cigarras cantaban contentas. Sobre los verdes prados todo estaba bañado por el sol. Pero abajo, el pueblo era un infierno. El susurro del viento entre las rocas, el olor de las hierbas y el encanto de las flores melíferas, resplandecientes de belleza, toda aquella belleza que había creado Dios contrastaba horriblemente con matanza que estaban llevando a cabo los turcos en el pueblo. Los gritos agonizantes de las mujeres y los niños subían hasta el cielo, llenando de rabia todo lo que respiraba y se movía.

Sin detenerse, siguieron alejándose entre peñascos ardientes. El Sol de los armenios, tan querido, se había convertido de golpe en un enemigo. Ese Sol en cuyo nombre juraban y ponían sus esperanzas los armenios, era en esos momentos una carga. ¿Qué sería del armenio si se borrara del diccionario el concepto de Ar? Incluso la palabra yar, que se refiere al sol del corazón, esa felicidad que los seres queridos se ofrecen entre sí, desaparecería. ¡Si las nubes lo ocultaran un momento, solo por un momento, para aliviar su calor! En vez de darles vida como siempre, ahora estaba consumiendo sus fuerzas.

Gaspar y Sirán llevaban en brazos a dos o tres pequeños cada uno. El resto tropezaba y se caía, ayudándose entre ellos, sin detenerse nunca. Tenían que alejarse cuanto antes de los caminos transitados y los senderos a caballo. Iban por desfiladeros y hondonadas, trepando entre peñascos, alejándose cada vez más de los turcos y, por lo tanto, acercándose a la vida. Sabían que detrás de esas montañas que se veían a lo lejos había unas aldeas armenias donde tal vez podrían conseguir comida, pero Gaspar dudaba, era posible que los turcos las hubieran atacado y entonces habrían gastado sus fuerzas para nada. De cualquier manera, debían llegar hasta las tropas rusas, que se encontraban a varios días de camino.

―¡Gaspar!  ―gritó Sirán―.

Yacían amontonados multitud de cuerpos de mujeres desnudas y cortadas. Era evidente que los turcos las habían separado para ahorrar unos cartuchos. Gaspar se estremeció. Solo había mujeres. Debían llevar allí algo más de una semana porque sus vientres brillantes ya se habían hinchado por el sol. Corrieron hacia lo alto, serpenteando entre rocas escarpadas.

    ―Agua, agua ―comenzó a llorar uno de los pequeños, seguido por un segundo―.

Gaspar adivinó, en una franja más densa de vegetación, la presencia de un arroyo de montaña. Escondió a los niños tras unas piedras y corrió agachándose hacia la maleza. Efectivamente, había agua. Empapó en el arroyo su túnica y corrió de vuelta hasta la roca. La exprimió sobre el rostro del niño más pequeño y así, sucesivamente, fue dando un viaje tras otro, siempre agachado por el miedo de ser visto, hasta que le dio de beber a todos los pequeños.

No podían quedarse allí, hubiera sido un suicidio: no había ningún árbol, ni siquiera un arbusto, todo era visible y estaban demasiado expuestos. Tenían que alejarse del peligro. Con sus últimas fuerzas, siguieron hacia arriba, arrastrándose por senderos de cabras. Al momento, llegaron dos jinetes con los rifles al hombro y se pararon abrevando a sus caballos. Ellos los miraban desde lo alto. Sólo con que uno de ellos levantara la mirada, significaría su muerte.

Estaban ya muy lejos cuando Sirán, con voz ronca, exhaló:

    ―¡Gaspar! ¡Mátame!

Gaspar se paralizó, eso era lo que más temía escuchar. Conocía a su mujer, su fuerza de voluntad, y sabía que ese débil gemino significaba que de verdad había llegado al límite de sus fuerzas.

    ―¿Qué dices? 

    ―Sí ―fue su única respuesta―.

Hubo un silencio.

    ―¿Qué hacemos? ―dijo Gaspar, mirando al vacío―.

    ―¡Tú eres el cabeza de familia! ¡Tú decides! 

Un silencio angustioso.

―¡Escucha, entonces! Nuestros hermanos ya no tendrán más hijos, pero tú sí me parirás. Dejaremos aquí a los nuestros, no nos queda más remedio, y salvaremos a los de nuestros hermanos, mientras sigamos vivos.

  Sirán reconoció en la mirada de Gaspar una furia masculina que ya había visto otras veces, como en aquella tarde de septiembre.

   

Era tanta la pobreza en aquellas aldeas de alta montaña que cuando Sirán fue dada en matrimonio ni siquiera hicieron boda. Por lo común, la dote consistía en una docena de ovejas; así que Sirán las fue arreando simplemente hasta casa de Gaspar, al otro lado del pueblo. Los padres de Sirán se la dieron a Gaspar porque sus padres, un día, fueron a hablar con ellos y les dijeron:

    ―¡Nuestro hijo no puede vivir sin su hija!

Eso fue suficiente y más que suficiente. El duro trabajo físico, las saludables verduras de las cumbres, el aire de las montañas y el agua cristalina de los manantiales, el queso fresco de oveja y el poco pan que tenían convertían muy pronto a las niñas en nueras. No las casaban en función de su edad, sino de la madurez del cuerpo. Y así fue cómo, con catorce años, Sirán entró a vivir en la casa de Gaspar. En aquellas comunidades armenias, era la madre del novio quien se encargaba de salvaguardar la virginidad de la novia, al menos durante un año. Así que, como era la costumbre, Sirán dormía con ella, con la madre de Gaspar. De esta manera, las novias se iban acostumbrando a su nueva casa, les cogía cariño a sus nuevos familiares, se iban adaptando a las costumbres de sus nuevos hermanos y a ver a sus nuevos padres como si fueran los propios. Y así, poco a poco, se terminaba su infancia.

    Pero Gaspar no era muy obediente. Una tarde, cuando regresaban con sus ovejas de los pastos y el cielo se estremecía, se detuvo delante de Sirán. Ella supo que iba a pasar algo. Y, aunque ya le tenía cariño, y admiraba su carácter voluntarioso, lo que pasó entonces la pilló totalmente por sorpresa. Gaspar intentó abrazarla y ella se puso a temblar como el tallo de una flor agitada por el viento. Se resistió y entonces fue cuando vio esa mirada, esa mirada oscura. De imediato, e inesperadamente, se acostó sobre la hierba.

   

  Más adelante, cuando sus ojos se encontraban, volvía a ver ese brillo, y entonces se lanzaba en sus brazos, embriagada por el frescor vespertino de las nubes y por su felicidad. Sirán había aprendido a quererle como mujer, como amiga y también… de otra manera que ella misma no era capaz de explicar. Ahora lo entendía. Tenía miedo por Gaspar, miedo de lo que pudiera pasarle, lo amaba demasiado, casi como una madre. Y Gaspar ya no era ese adolescente que se había enamorado de ella, sino un hombre lleno de responsabilidad por su trabajo y un orgulloso padre de familia. Eso la deleitaba. La voz seca de Gaspar la sacó de su ensoñación.

   

―Debéis esperarme aquí mientras consigo agua y comida.

Desapareció camino abajo. Los demás se quedaron esperando, con miedo y ansiedad. Gaspar no regresó hasta varias horas después, cuando el cielo se cubría de un espeso carmesí. Tenía manchas de sangre en la cara y en las manos y traía algunas bolsas, también manchadas de sangre, llenas de panes y quesos.

―¿Qué ha pasado?

   ―Hubo un problema ―dijo Gaspar―.

    ―¿Eran muchos?

    ―No realmente ―respondió secamente―.

―¿Y qué es eso?

―¡Una máuser! ¡Dispara como un rifle!

De nuevo, distinguió en su marido esa mirada traviesa y encendida. La mirada de alguien a quien amaba con calma y facilidad. Su mirada sencilla y juvenil parecía el reflejo directo de su alma. Con paciencia, suspiró:

    ―¿No estás herido?

    ―No.

Y después:

  

―No tenías derecho a arriesgarte.

   ―No quedaba más remedio.

Sirán sentó a su hija de ocho años y a sus dos hijos pequeños en el suelo de un pajar. Les dio un pedazo de pan a cada uno. Los niños no lloraron. Cuando el resto del grupo se alejaba, la pequeña estrechó contra su pecho a sus dos hermanos pequeños. Con los ojos encendidos observaba a sus padres alejándose. Sirán miró hacia atrás, hacia los ojos grandes de su hija, y ya no dejaría de verlos el resto de su vida. Ellos seguían andando y sus hijos no dejaban de mirarlos.

    Las figuras del pajar fueron empequeñeciéndose. Pasaron muchos años y Sirán salvó y crió a los hijos de los hermanos de Gaspar, sin perder uno solo, de no ser por la guerra. Incluso yo, que era su vecino, no sabía que esos niños no eran realmente sus hijos. Pero Sirán nunca tuvo más hijos. Nunca volvió a quedarse embarzada. Había algo del cielo en ello.

    

Sirán murió el mismo año que el hombre llegó a la Luna. Esa noche brillaba de manera especial. La enterraron con una cinta en las manos, una cinta bordada que guardaba un puñado de tierra de su patria, abandonada lejos, pero nunca olvidada. Un sacerdote ruso, invitado en secreto, celebró una misa de cuerpo presente   por esta mártir de Dios.

Observaciones:

1. Kartash – palabra armenia, significa albañil. La etimología de la palabra consiste en el concepto de “kar” – una piedra y “tash-tas” – tashel (labrar), cercano al armenismo en ruso “tes” – tesat (labrar).

2. Avara – Es un apodo coloquial en el ámbito armenio. Se refiere al concepto general de ario en Oriente. Aquí el sonido “a” niega la subsiguiente “vara”. La frase se refiere a los conceptos más antiguos, de 7 a 8 mil años, que luego se conservaron en sánscrito. “Vara” significa “circulo solar”.

3. Chajarak – diseño ligero y simple de la rueca armenia, cuyo borde se pone en movimiento a mano. Adecuado para trabajo sentado bajo.

4. “Shpan” es una forma antigua del nombre del monte Sipán en el área del lago Van. Su altura es de más de tres kilómetros. Dado que la altura es significativamente inferior al monte Ararat (incluido el significado sagrado), en sentido figurado, la palabra se usa para transmitir el significado de “pequeño, no importante”. “Shpana” – armenismo en ruso, se usa tanto en singular como en plural para transmitir el significado de “joven”.

El autor:

Rubén Barents, superviviente de refugiados armenios en las montañas del Cáucaso Norte, médico y politólogo, ha publicado varios libros sobre política internacional. Su colección de cuentos, El Sol de los Armenios, documenta material autobiográfico y casos de personajes reales que Barents conoció a lo largo de su vida.

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