Rilke sin párpados en Suiza

Foto: Consuelo De Arco

Por Antonio Costa Gómez.

Sí, yo escuché a Rilke. Y deberíamos escucharlo todos como la voz del misterio vivo frente a la racionalización de todo, como el silencio contra el estrépito, como la conexión con la vida frente a la tecnocracia deshumanizadora.

Lo escuché en Praga en el café Slavia, donde en un cuadro en la pared se comunica con su musa verdosa. Lo escuché en El Cairo delante de la Esfinge que según él en la Novena Elegía conecta a los hombres con las estrellas. Lo escuché en Karnak donde vio “la superabundancia de nuestra existencia”, y en el Valle de los Reyes, que le inspiró el País de las Quejas que sienten. Lo escuché en Capri mirando las calas misteriosas. Lo escuché en el castillo de Duino, donde un mes de enero tuvo el primer verso de las Elegías: “¿Quién si yo gritara me oiría desde los coros de los ángeles? Y en Toledo, la “ciudad del cielo y de la tierra”. Y en Ronda donde junto al abismo sintió lo cósmico y lo terrestre. Lo escuché en el Kremlin donde vivió la Pascua increíble de 1898: “Para mí fue Pascua una sola vez”.  Lo escuché en Venecia, en Santa María Formosa, con una cabeza terrible como sus miedos.

Pero sobre todo lo escuché en la aldea de Raron, en una iglesia en lo alto de una colina con vistas fantásticas, en Suiza. Donde duerme para siempre. Donde dice: “Rosa, oh contradicción pura, voluptuosidad / de no ser sueño de nadie / bajo miles de párpados”. Donde su rosa está en la intimidad de todos pero nadie alcanza a soñarla.

Sí, deberíamos escucharlo para que nos rescate de la cosificación tecnolátrica y nos haga ser vivos otra vez. Para ser otra vez humanos y apasionados, y no solo mecánicos y programados. Para recuperar el encantamiento de la vida que Max Webber nos negó.

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