«Resurrección», de Julia Otxoa

Por Nélida Cañas.

 

El cobijo del canto

“Bajo la tierra, reposado duermes, /

en la verdad de tu calvario revelada”

Julia Otxoa

Resurrección, el poemario de la escritora Julia Otxoa, es la crónica de un dolor atravesando generaciones. Es la crónica de unos huesos insepultos. De la memoria sostenida en el perfume de las manzanillas y de los hijos de aquella Antígona rediviva, que avanzan para dar la dignidad de una sepultura a los huesos amados. Es una elegía. Un canto trémulo, que derrota el horror y la venganza. Un canto que celebra la vida, como el trino de un pájaro que abre la mañana.

Como si se trataran de escenas de un teatro de sombras los personajes cobran existencia, recuperan identidad: Está la imagen del abuelo, “tú, árbol de huesos/ sosteniendo el alba”. “Calavera horadada por las balas” Y  la memoria  infatigable de la narradora, “en las entrañas de un lenguaje que se niega”. “La que camina a la intemperie/ vestida tan sólo por la ausencia”. La que no ignora “que las alas del más pequeño de los pájaros, / sostendrán una y otra vez la posibilidad del día” (p.4).

Está “la hija herida del alba”. “La que acudía todos los años hasta el lugar de tu muerte/ y te cantaba las canciones de cuna con la que le habías mecido. / Tu sueño fue velado por ella” (p.8).

¿Quién sostiene la vida sobre la desgarradura? se pregunta la que narra. Tal vez lo hace “la niña loca”. Loca hay que estar para no estar ciega y “recorrer los bordes del espanto”. Loca, con los ojos abiertos, para mirar desde el delirio la vida toda “como un sudario de ausencia” (p.11)

Está la lavandera, “la que hacía crecer la alegría en el jardín”, la madre de la poeta, que “sacude la memoria como sábana blanca y libera  las pájaros en palabras” Palabras que renacerán luego, cuando “los días ya no son fauces de tigre hambriento”, de la boca de su hija.

El abuelo es convocado por la escritora cuando dice: “Tú, que durante setenta y siete años, / has permanecido en la oscuridad de la sima, / despojado de todo, junto a un pequeño lápiz. //Ven, contémonos la noche y nazcamos juntos, / en el cobijo del canto que nos salva”. (p.12)

El canto, el poema, salva. Restaura, sostiene la memoria de los muertos, que la historia ignora. Porque entonces “El silencio fue el altar de la victoria/ al primero que mataron fue al narrador”. Sin embargo la memoria los trae para acunarlos en ese despojamiento al que fueron sometidos. “Y uno es también lo nombrado lo que amordaza el miedo”.

¿Sus huesos, allá en la sima, habrán oído el rumor lejano del mar? ¿La hierba creciendo, que preservó entre los cardos y el perfume de la manzanilla “el nombre de las cosas”?

“El cobijo de la palabra siempre está en otra parte” (.26) Sin poder describir la herida ¿Cómo describir el horror? ¿Cómo nombrarlo con palabras de este mundo sin el tormento de ser zarandeado por el viento?

Zarandeada por el viento, Julia Otxoa alcanza, en su descarnadura, a nombrar la crueldad. Veamos el poema Capilla de la tristeza: Tras el crimen, / fuisteis arrojados a la sima/ junto a tres perros vivos/ a los que alimentó vuestra carne/ en la capilla de la tristeza. (p.22) Y logra hacerlo porque “Leímos en el callado llanto de aquellos que nos precedieron, / la imposibilidad del olvido (p.34)

Aquellos que los precedieron, les enseñaron  a amar. Y es el amor el impulso vital que empuja la busca de ese abuelo una y otra vez invocado: Tú, el ausente. Tú, herbolario de la pobreza, / curando las heridas de las mariposas”.

Devenida Antígona de este tiempo, la que escribe avanza entre alas y temblores para reunirse con “el esqueleto número seis” al que besa la calavera horadada por las balas. Rescatado por fin, setenta y seis años después, por la tarea minuciosa y delicada de los arqueólogos.

La que narra el horror ha rodado una y otra vez “hasta el valle de las sombras”. Ahora está” la alegría de la misericordia/ la memoria exenta de venganza”. Y ese pequeñoo lápiz, “tan sólo unos centímetros/ de algo que una vez fue azul” y que ahora seguirá en manos de la que narra el dolor, la ausencia, la crueldad y finalmente la oración, el canto de los pájaros, el perfume de la madreselva.

Sí, el pequeño lápiz, dice la que narra: “late en mi mano/ como pájaro recién nacido, / como regreso a la palabra/ que narrará la oscuridad, / y amanezco por fin/ en el lenguaje, / sosegada. (p.53)

El magnífico poemario, pleno de imágenes delicadas en clave de acuarela, consta de dos partes la primera, Resurrección y la segunda: La semilla y el vuelo.

El ausente, ahora recuperado, es convocado “en la semilla y el vuelo, / en lo profundo del latido de un paisaje, / que cambia, permanece y nos sostiene/ en nuestra fragilidad, como nido perfecto” (p.62)

Ella, la que narra “junto a la sima donde yaces, / hizo migas de su tristeza y se la dio a los pájaros, / luego, ellos con sus trinos despertaron el alba” (p.64)

Julia Otxoa es una poeta que renace en la luz de la palabra. Puro vuelo y semilla su voz sosegada. Una luciérnaga que ilumina la noche más oscura. Una escritura poblada de imágenes como lágrimas de rocío cuando ilumina el alba. No fue en vano subir a la montaña, querida Julia, tu espíritu liberado, es liviandad de pájaro.

 

Nélida Cañas es escritora.

Córdoba, Argentina,18 de agosto de 2022

 

https://www.facebook.com/nelida.canas.5

Ha publicado 10 libros de poemas y 10 de microficción y otras formas breves de narrativa. Su libro más reciente: Sinfonía de agosto EOS VILLA, Versión digital, 2022.

Autora de Letras entretejidas (Macedonia Ediciones, BS.As, 2022) un libro de cartas con Ana Martinengo. Ha escrito numerosas reseñas «por el placer de poner entre yo y yo un tú.»

 

Julia Otxoa

 

 

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