Silvia Plath en un templo abandonado

Foto: Consuelo de Arco

Por Antonio Costa Gómez.

En Londres, detrás del British Museum, entré en el callejón Cosmo Place, que lleva a la Plaza del Jardín de la Reina. En el callejón está el templo de San Jorge, donde Silvia Plath se casó con Ted Hughes el 16 de junio de 1956. Abandonaron el templo y ahora es una cafetería. Me senté en un banco y pensé en ellos. Después entré enfrente en un pub que se llama algo así como Tonelería de la Reina. Y con una cerveza enorme junto a la ventana íntima seguí pensando en ellos.

Ted Hughes en “El halcón en la lluvia” decía en sus poemas que era un halcón. Y que su vida era un aquelarre, al cual invitó a Silvia Plath. Ella en “Ariel” dice que es una “leona de Dios”. Y era un ángel que bailaba de noche en el cuarto. Y era lady Godiva, que recorrió desnuda a caballo las calles de su pueblo: “Blanca Godiva me despojo / de manos muertas y muertos aprietos. / Y ahora / me hago espuma de trigo, centelleo de mares”.

Los dos estaban llenos de vitalidad. Hughes nos dio una naturaleza turbulenta y borrascosa. Plath nos dio un angelismo inquietante y atormentado. Ella tenía tendencias suicidas desde que era niña. No tiene sentido acusar a su marido de su suicidio. Escribía: “Yo soy la flecha, / el rocío que vuela / suicida”. Rebosaba de vida, pero a veces se rompía. Y por momentos se unía a Ted como los talones se unen a las rodillas.

Los dos estaban llenos de vida y de aliento. Él era un halcón y ella una angelisa atormentada. Qué dirían de este mundo tecnologizado, donde todo se ve a través de la técnica. Donde ya solo faltan bosques de plástico, no el bosque lácteo de Dylan Thomas, o personas de plástico. Donde solo faltan ángeles fabricados para el consumo.

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