«Trilogía Coughlin»: Dennis Lehane y la violencia en EEUU de 1918 a los años 40

Por Horacio Otheguy Riveira

La etiqueta principal es la de género negro para tres novelas que oscilan entre varios géneros, pues no ocultan su interés (ciertamente omnipresente) por el realismo social con rigurosa documentación, así como por vertientes psicológicas de la narrativa clásica norteamericana. Dennis Lehane es un gran creador de personajes que compone como un pintor detallista en tres obras por las que los gánsteres circulan por el dorado cielo de la fabulosa riqueza y el tortuoso infierno que les termina tocando en suerte.

A lo largo de su inquietante experiencia no falta de nada: alrededor de diversos grados de miseria económica y moral, amores intensos con difícil recorrido en un panorama con una exagerada riqueza a base de asesinatos o crímenes morales, y la forja de una nación que se eleva como baluarte democrático, confabulada con el clasismo económico, racial o étnico, entre medias de dos guerras mundiales. Tres novelas que pueden leerse por separado, pero que su continuidad ofrece un apasionante panorama de novela histórica norteamericana: Cualquier otro día, Vivir de noche, Ese mundo desaparecido.

 

El eco de la primera guerra mundial se convierte en algo cotidiano para la gente de a pie, cualquiera sea su origen: italiano, irlandés, africano… Las fábricas de armamento dan mucho trabajo, el racismo impera o desciende según se necesite a la despreciada raza negra como si aún se viviera bajo el feroz colonialismo de otros tiempos.

La primera y más larga novela de la trilogía (732 pp) no tiene una sola página dedicada a ningún foco de la guerra, pero esta campea por Boston como símbolo de cuanto corroe la pujante democracia, minándola de corrupción y violencia cotidianas. Una excusa histórica, la guerra, para dar paso a los numerosos estragos del devenir económico, a partir de una familia de policías, con el protagonismo de un veinteañero Danny Coughlin, un ingenuo que pertenecía a la realeza de la policía de Boston, hijo del capitán Thomas Coughlin, de la comisaría del Distrito Doce, al sur de Boston, y ahijado de Eddie McKenna, de las Brigadas Especiales. Dos que le quieren bien, relativamente, pues perderá su apoyo en cuanto se interese en la creación del sindicato de policías, algo considerado muy peligroso, producto de los terroristas del anarcosindicalismo italiano y los temibles ecos de la Revolución Bolchevique de 1917 en Rusia.

También es un protagonista importante, paralelo a Danny, el negro Luther con una historia de severos conflictos por su raza: «Luther solo tenía que oír unos cuantos compases para saber que era blanca. Chopin, Beethoven, Brahms. Luther podía imaginárselo sentados ante sus pianos, siguiendo el ritmo con el pie en una sala grande de suelo pulido y ventanas altas, mientras los criados se desplazaban de puntillas por el resto de la casa. Era música hecha por y para hombres que daban latigazos a sus mozos de cuadra y se follaban a las criadas, y salían de caza los fines de semana para perseguir animales pequeños que no pensaban comerse. Hombres que adoraban el aullido de sus lebreles y el vuelo repentino de las presas. Volvían a casa agotados de no trabajar y componían música como aquélla, o la escuchaban, y perdían la mirada en los retratos de sus antepasados, tan inútiles y vacíos como ellos, y sermoneaban a sus hijos acerca del bien y del mal». […]

[…] «Casi todos huían de situaciones judiciales, policías, deudas y esposas. Algunos huían en busca de lo mismo. Otros querían cambiar. Todos necesitaban un trabajo. los periódicos auguraban una nueva recesión. Las industrias de guerra estaban cerrando y siete millones de hombres iban a quedarse en la calle. Otros cuatro millones regresaban de ultramar. Once millones de hombres a punto de entrar en un mercado de trabajo que estaba agotado…».

Cualquier otro día captura de forma admirable el frenesí de una época, al abordar muchos temas en torno al eje de la novela criminal. Temas que nos siguen abrumando en la actualidad: el racismo, la inmigración, el terrorismo, la corrupción, la inestabilidad económica y el creciente aumento de la distancia entre ricos y pobres.

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Boston, 1926. Joe Coughlin, hijo menor, el guapo de la familia adquiere un notable protagonismo corriendo toda clase de aventuras: un amor muy peligroso con la amante de un poderoso gánster, enfrentamiento y concordia con su padre feroz, años de cárcel y un renacer con toda clase de situaciones sorprendentes, sobre todo para él que se lía con una ardiente cubana y organiza un robo de armas espectacular al servicio de una revolución en Cuba, frente al presidente Machado.

Desde la quiebra de 1929 se habían hundido 10 mil bancos y habían perdido el trabajo 13 millones de personas. Hoover, que se enfrentaba a un combate por la reelección no paraba de hablar de la luz al final del túnel, pero casi todo el mundo pensaba que esa luz era la del tren que se acercaba para arrollarles.

Una radiografía implacable de destilerías y garitos, voluptuosidad, triunfos y fracasos con el racismo y la miseria imperante de fondo…

«El KKK había ganado mucho poder en Tampa últimamente, siempre habían sido unos fanáticos de la Ley Seca, pero no porque ellos no bebieran —lo hacían constantemente—, sino porque creían que el alcohol provocaba delirios de poder entre los negros, conducía a la fornicación interracial y formaba parte de un plan papista para debilitar a quienes practicaban la religión verdadera, en vistas al dominio del mundo por parte de los católicos.

El Klan había dejado Ybor en paz hasta el estallido de la crisis. Cuando la economía se fue al garete, su mensaje del poder blanco empezó a calar entre los creyentes desesperados, de la misma manera que los predicadores más majaretas y apocalípticos habían hecho su agosto. La gente estaba perdida y asustada, y como no podían linchar a los banqueros o a los corredores de bolsa, buscaban objetivos más a mano».

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Padre de un niño de diez años al que adora, el antaño todopoderoso Joe Coughlin casi ha logrado romper definitivamente con su turbulento pasado, aunque no del todo, pues ejerce de consejero de un importante clan mafioso. Aun así, lleva una vida más o menos tranquila hasta que dos hechos inquietantes vienen a perturbarla: la aparición del fantasma de un chico y el soplo de alguien que ha puesto precio a su cabeza y planea matarlo durante el Miércoles de Ceniza…

«[…] La fiesta tenía el grado de respetabilidad suficiente para poder asistir a ella sin remordimientos, y la peligrosidad suficiente para merecer comentarios durante el resto de la temporada. Joe Coughlin tenía un talento especial para poner en contacto a los próceres de la ciudad con sus demonios y lograr que pareciese una pura juerga. A ello contribuía el hecho de que el propio Coughlin, de quien se rumoreaba que en otro tiempo había sido temible gánster, y bien poderoso, hubiera evolucionado luego para salir de la calle. Era uno de los mayores contribuyentes de las obras de beneficencia en toda la zona central del oeste de Florida, amigo de numerosos hospitales, bibliotecas y refugios. Y si eran ciertos los otros rumores —según los cuales no había abandonado del todo su pasado criminal—, bueno, no se puede culpar a nadie por mantener cierta lealtad con quienes lo han acompañado a la cumbre. Desde luego, si algunos de los magnates, dueños de fábricas o constructores allí presentes necesitaban serenar la agitación entre sus trabajadores o desatascar las rutas de aprovisionamiento, sabían a quién llamar. En aquella ciudad, Joe Coughlin era el puente entre lo que se proclamaba en público y el modo de conseguirlo en privado. Si te invitaba a una fiesta, acudías aunque sólo fuera para ver quién se presentaba.

Ni siquiera el propio Joe daba a esas fiestas un significado mayor. Cuando alguien celebraba una en la que lo más granado de la ciudad se mezclaba con los rufianes, y los jueces charlaban con los capos como si nunca se hubieran visto —ni en el juzgado, ni en algún reservado—, cuando el pastor del Sagrado Corazón aparecía y bendecía la sala antes de zambullirse en ella con tanto afán como los demás, cuando Vanessa Belgrave, la esposa del alcalde, bella pero gélida, alzaba el vaso hacia Joe en señal de gratitud y un negro imponente era capaz de entretener a un grupo de carcamales blancos con el relato de sus proezas en la Gran Depresión sin que nadie presenciara una mala palabra, ni un solo tambaleo de borracho, bueno, esa fiesta era algo más que un éxito, posiblemente era el mayor éxito de la temporada…».

… entre su tarea de mediador de clanes mafiosos y sus pesquisas para descubrir quién quiere acabar con él, Joe se verá retrotraído a los viejos tiempos, aquellos años de traiciones y venganzas, bañados en sangre, donde cada día podía ser el último…

 

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