Kreutzwald en Tallin

Foto: Consuelo de Arco

Por Antonio Costa Gómez.
Pasamos unos días en Tallin. Alquilamos un apartamento solitario y mágico en el Patio de los Artesanos. Tomábamos unos desayunos proustianos en el café Pierre. La última mañana saboreé aquel café con una lengua infinita, miré el patio con ojos infinitos. Fuimos a ver una casa donde vivió Dostoievski con su hermano médico. Vimos monjas de metal subidas en marquesinas. Encontramos espectros en los huecos de las torres góticas al revelar fotografías. Tomamos cervezas en el Lobo Amable. Paseamos por callejones que nos convertían en lo más íntimo en la magia del tiempo. Llegábamos en barco desde Helsinki y nos recibían exaltadas las torres oníricas.

  Y me acordé de Kreutzwald, el autor del “Kalevipoeg”, el poema de Estonia. Cuenta las aventuras de Kalevi, el hijo del gigante Kalev. Su madre, Linda, nació de un huevo de perdiz. La cortejaron el rey de la Luna, el rey del Sol, pero ella, contra todos los consejos, eligió al gigante Kalev. Siguió el consejo de la pasión, o sea, el sentimiento profundo y visionario (la gente confunde la pasión con las pasiones).

    Kalevi dormía y soñaba la mitad del tiempo. En uno de esos sueños los lobos le comieron su caballo. Un mago hijoputa se llevó a su madre hacia el Norte y él partió a rescatarla. Se  enamoró de una chica en una isla pero la chica se asustó y cayó al fondo del mar. Salvó a otras tres chicas de un castillo en el Infierno. Tenía una campana mágica con la que vencía todos los obstáculos. Fue en un barco hacia el lejano Norte donde se unían la tierra y el cielo. Defendió a Estonia contra los Caballeros Teutónicos. Su madre le transmitió su pasión: “Linda, dulce esposa, / flor creada en Laane,/ hija resucitada de un huevo de perdiz”. De joven yo decía a los amigos que procedía de las emanaciones de un pantano. Pero Linda nació de un huevo de perdiz y albergaba toda la pasión de la naturaleza.

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