El Tour como ficción 2022 (II). De lo que pasó en la primera semana, con los denuestos de cronistas y ciclistas

Así pues, Julio, como ya te dijo, se retiró a las costas murcianas y me encargó investigar la posible adquisición de un determinado modelo de bicicleta “moderna” por Ramón y Cajal en su estancia londinense en 1894, cometido francamente enojoso para unas vacaciones, pero que al menos tenía la virtud de permitirme olvidar por unos días el ciclismo de competición y me liberaba de la servidumbre de las primeras etapas del Tour de Francia, este año exóticamente desperdiciadas en Dinamarca a cambio de unas cuantas tomas aéreas de las playas locales, de todo punto inhóspitas, o del puente del Gran Cinturón, tampoco excesivamente acogedor. Con este modesto alivio me presenté en Barajas, donde la aerolínea antaño pública tuvo la gentileza de retrasar mi vuelo tres horas para que pudiese entretener mis ocios con la visión en una pantalla de la segunda etapa de la excursión nórdica. Esto hacía con bastante desgana y en completa soledad, dejado de mi cara mitad, cuando se me unió un hombre de mediana estatura, tez tostada, rasgos como achinados, cabellos oscuros y lacios y voz suave y de claro acento ultramarino que tomé, dada su afición al ciclismo, por colombiano. Enseguida trabamos conversación y no sé cómo dio él en hablar de Artemio Gonçalves, famoso escribidor encargado por el emporio telefónico de seguir a su equipo ciclista en el Tour para escribir el guion de una serie documental que había de ser, me dijo, faro y lumbre de cuantas historias y ficciones se hayan escrito ni vayan a escribir sobre este deporte o su más importante carrera.

Algo empezaba ya a cansarme su facundia, y más cuando ya estaba yo, como te contó Julio, sobre aviso de las asechanzas de este poeta panameño metido a cronista y cineasta del que espero no volver a tener noticia en los días que me queden y que Dios quiera que sean largos. A punto estaba de perder mi buen ánimo cuando, por fortuna, llamaron a mi enojoso compañero a embarcar rumbo a Lieja, donde iba, según me dijo, a estudiar y ambientarse para su propia novela sobre los orígenes del ciclismo de competición a finales del siglo XIX. “Arte diabólica es”, me dije, “que tanta y tan variada gente coincida a la vez en el disparate de querer hacer arte sobre el cada vez menos artístico deporte del velocípedo, y más aún, que todos se me tengan que cruzar en el camino”; pero celebré al menos, recordando los sobresaltos de que ya te informó Julio, que el novelista colombiano no me hubiese reconocido y por fin, unas cuantas horas después, volé hacia Londres.

Allí investigué muy por lo menudo las pistas que Julio había encontrado sobre la juventud deportiva de Ramón y Cajal, con lo que no quiero fatigarte; solo diré que, tras tres días de búsquedas, remover de papeles y legajos, idas y venidas, taxis, bibliotecas, archivos y autobuses, encontré en efecto la factura original de la John Kemp Starley & Sutton Company que atestiguaba la venta el 23 de marzo de 1894 de una “Rover bycicle” a un Reymond S. Kahal que yo imaginé ser nuestro grande aragonés. Quise, espoleado por el hallazgo, comprobar también su participación en la Surrey-Essex Bycicle Race del mismo año, organizada por la misma marca. Después de mucho inquirir y preguntar, se me indicó la existencia de un Royal Archive of Sports en el pueblo de Wimbledon, adonde me dirigí con el propósito firme de concluir rápidamente la búsqueda y aprovechar para ver un partido del torneo de tenis. Así lo hice, aunque con la precaución de degustar, antes de ponerme a la tarea, unas fresas con champán, néctar fresco y espumoso que, pese a la moda recientemente introducida, no inhalé ni me inyecté en el tobillo, sino que bebí y trasegué por dos veces, a la antigua usanza; y menester hubiera sido que me le dieran en bota, que con mayor gracia y donaire le hubiera bebido. En fin, ello me dio ánimo, aunque me aturdiera un tanto la mirada, para encontrar y anotar en mi libreta, un duodécimo puesto de Raymond S. Cahill en la tal carrera, y de añadidura su inscripción por poderes en la primera París-Roubaix de 1896. Aún no me explico cómo llego allí el papel que pensé sin duda ser falso; pero, dándome cuenta de la importancia del descubrimiento, si es que se confirmaba, como así ocurrió, resolví abandonar Londres y pasar a toda prisa a Roubaix, en el archivo de cuyo velódromo encontré, para mi alborozo, y el de Julio, a grito pelado desde el Mediterráneo, en el vigésimo noveno puesto de esa Roubaix primigenia a J.-Ph. R-C, iniciales aparentemente absurdas, pero que, cotejadas con la lista de participantes que tomaron la salida en París, solo podían ser las de Jacques-Philippe Raymond Cajal, a todas luces trasunto afrancesado de Santiago Felipe Ramón y Cajal.

Ignoro, como temo que te ocurra a ti, amigo lector, qué luz puede aportar al mundo todo este trasiego de papeles; pero haz cuenta y yo contigo, de que a Julio puede abrirle la puerta de un artículo académico en una revista indexada (logro, al parecer, tan grande e importante como cualquiera de los doce trabajos de Hércules o como la conquista del maillot de Rey de la Montaña) y de que a ti y a mí nos ha solucionado ya casi media crónica sin haber tenido que acometer el doloroso trance de hablar de la primera semana del Tour de Francia. Aunque si, pese a todo, quieres que te cuente, en efecto, qué ha ocurrido en estos días en la antaño mejor carrera del mundo, sigue atento y lee los párrafos que siguen, donde te doy cumplida cuenta de ello.

Después de mis investigaciones, me uní por fin a la caravana del Tour en la cercana Arenberg, donde había justamente terminado la etapa del miércoles, y estaba yo comunicando los hallazgos a mi cara mitad, que con infinita paciencia había soportado el escrutinio de bibliotecas y archivos y soporta ahora el agobioso silencio de redacción apresurada, en lo que, esta vez sí, me reconocieron dos parroquianos que, aunque con la cortés precaución de pedir permiso a mi comensal, que no a mí, se precipitaron sobre nuestra mesa gritando alborozados la felicidad que les producía saber que me encontraba siguiendo la carrera y que podían contar ya con la lectura de la crónica en el día de descanso, y al tiempo la profunda y sentida desazón que les causaba encontrar ausente a Julio, aunque pudiesen consolarse con la contemplación de la belleza asombrada que me acompañaba y que les miraba de hito en hito sin creer lo que veían sus ojos. Tampoco yo lo creía, sino que me imaginé ser burla, y de mal gusto, las zalamerías excesivas y rebuscadas de estos dos exaltados; pero ante la duda, les dije que podían leer ya las primeras crónicas de Julio, cosa que hicieron en voz alta, y celebrándolas con risas y carajadas con nosotros delante, para nada más terminarlas, invitarnos a un calvados y comentarlas alegremente con nosotros, lo que temo que pareciese ya algo pesado o enojoso a mi acompañante, no tan entusiasta del ciclismo como para quedarse a departir sobre él con dos desconocidos de madrugada.

El caso, que ya me andaba yo por las ramas, es que me enteré por ellos de que quien iba ya publicando sus crónicas como hojas volanderas era Artemio Gonçalves, que aún sacaba ratos libres de sus tareas de documentalista, y quisieron saber mi opinión sobre ellas.

-No las conozco, ni quiero -les dije-, si este don Artemio es uno de esos cronistas falsos y mentirosos que, como Cide Hamete, trastocan la realidad y cuentan siempre lo contrario de lo que pasó o desfiguran tanto a los héroes y sus hazañas que no los reconociera ni la madre que los parió. ¿Pues no hemos leído -proseguí ya a voz en cuello, tomado y transformado por la indignación- disparates en seis días de carrera que darían para llenar volúmenes tantos que no los acabáramos de leer en seis meses?

Y como me preguntaran, casi asustados, que a qué me refería, tomé fuerzas y les dije:

-Amigos, ¿visteis acaso en las etapas danesas, como nos dicen los historiadores cortesanos, “valientes que buscaran echar un pulso al pelotón y romper el guion preestablecido”? Quizá los hubo, pero no fueron por descontado ciclistas, de los que no más de cuatro se escaparon cada día, y no para ganar la etapa sino para esprintar en cotas de cuarta categoría, apenas más duras las más de ellas que cualquier cuesta de pueblo, para conseguir un miserable punto en la clasificación de la montaña y vestir el maillot de lunares. Y también visteis quizás cómo esos mismos ciclistas se paraban después y esperaban al pelotón en lugar de seguir pedaleando adelantados. ¡Y a estos los llaman valientes y a este espectáculo competición, dureza y desgaste! ¿Pues no visteis también al local Cort Nielsen, los dos días siguientes, coronar sin oposición ninguna no sé cuántos repechos jaleado por el vulgo espeso, ya que no municipal, y celebrar cada uno de ellos como quien marca un gol de córner? En ese caso leísteis sin duda cómo superó un récord de Bahamontes al pasar primero por los primeros veinte o treinta puertos de la carrera, que me parece tan desacordada comparación como lo sería igualar el tazón en el que me sirvo el desayuno con las cráteras con que Ganímedes servía a los dioses en el Olimpo solo porque ambos sirven para verter cualquier líquido que se quiera, ambrosía o colacao. Pues hablando de comparaciones descabalgadas -me lancé descabalgado yo también de mi cordura-, ¿qué me decís del dichoso puente del Gran Cinturón, abierto al mar, azotado por mil vientos hiperbóreos y que tenía que propiciar una batalla mayor que la del Alpe d’Huez? ¿Y no pasó por ahí todo el pelotón agrupado, ocupando el ancho, y verdaderamente lo era, de la calzada, con los líderes a cola, y comandado a la elocuente velocidad de treinta y cinco kilómetros por hora por Thibaut Pinot, el escalador cesante que no da una pedalada a derechas desde 2019? ¿Y no hubo que oír y leer todavía que fue un día de mucha “tensión” y mucho “desgaste”?

-Es fuerza darte la razón, pues la tienes -me dijeron-, pero no se puede negar que en Francia ha mejorado la cosa.

-No se puede negar, por cierto, pero sí discutir que porque el líder ataque a diez kilómetros de meta y gane en solitario con el maillot amarillo haya que hablar de día histórico, como si no hubiera antecedentes de algo tan común o, como hace algún descerebrado que sin duda debe de haber sido confundido por algún bebedizo emponzoñado, de “holocausto caníbal”, expresión horrible que falta a un tiempo a la verdad, al sentido común y a la elegancia más elemental. Y ya que hablamos de Van Aert, y aunque no podamos sino agradecerle su actitud en carrera, ¿tendremos que soportar que otros cronistas eximios hablen de su Jumbo como una “banana mecánica 3.0” presta al asalto del Tour con el empleo de no sé qué misteriosos métodos y técnicas de liderazgo empresarial que garantizan la concordia entre los objetivos dispares, cuando no incompatibles, de sus líderes, si lo que ven nuestros ojos es que, habiendo conseguido descolgar al tirano Pogacar y estando los famosos Primo y Vinagres en el grupo de cabeza, este borriquillo descocado de Van Aert acelera hasta quedarse solo dejando a estos dos a la buena ventura en esta etapa como en la del pavés rodando siempre por detrás de ellos; y eso por no hablar del episodio cómico de los noventa y tres cambios de bicicleta o los que fueran de Vingegaard en esa misma etapa? ¿O habrá que leer a cada victoria de Pogacar que ha dado una exhibición, aunque para ganar tenga que adelantar a su rival sobre la línea de meta?

En esto me interrumpió la bella desinteresada diciendo:

-Bueno, pues, ¿y cuál es el problema? ¿No se trataba de ficcionalizar el ciclismo? Enhorabuena, entonces, porque el ejemplo ha cundido y todos los periódicos siguen la trocha que abristeis Julio y tú.

Lo que me dejó atónito y suspenso, porque era verdad, aunque algo no cuadraba. Y tras mucho pensar y comedir concluí, y mis parroquianos así lo aceptaron, que no se trata de narrar otro Tour, sino de narrar el cierto y verídico explicando que debe ser sin duda ficticio, porque si no no se pueden entender tantos disparates y sobresaltos.

En esto dejé a estos dos admirables lectores y proseguí con la caravana del Tour, de lo que no te digo más porque no ha habido nada de interés, sino que todos los corredores que quedan en liza han esquivado hasta ahora la flecha insidiosa del covid; y que mis parroquianos me aseguraron que Artemio Gonçalves no es de aquellos cronistas mentirosos, lo que mucho me alegraría si fuera verdad, que aún lo dudo. Y con esto y la noticia de mis descubrimientos te dejo en manos de Julio, que el próximo lunes sabrá interpretarlos mejor y sacar de ellos la enseñanza que sin duda tienen.

 

Anteriormente en Culturamas:

El Tour como ficción 2022 (Prólogo). Mil zarandajas impertinentes y necesarias a «El Tour como ficción» sobre cronistas y ciclistas.

El Tour como ficción 2022 (I). De Cajal a Pogacar: psicología del ciclista y el quijotismo.

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