“Soy como el trueno”, de Anna Dodas i Noguer

Por Marina Tapia.
RECONOCER LO QUE PALPITA.
Leyendo Soy como el trueno, compilación de la poeta catalana Anna Dodas i Noguer, publicada por Sabina Editorial, he sentido ese juego de espejos, ese reconocer a una hermana en la palabra, a una maestra de lo sutil y verdadero. Vi en sus versos esa postura tan parecida a la que he tenido al escribir dos de mis últimos libros, Islario y Bosque y silencio, ese “soy en el paisaje, me defino”, ese reencontrarse con la voz llameante de un puñado de escritoras que hacen suyos los lugares transitados y establecen con ellos una relación sagrada, casi pasional.
Qué balsámico, qué sanador es ser arropada por la mirada cálida de otra autora que, desde una ciudad o una época distinta, nos hace sentir menos solas, menos incomprendidas. Peregrinar hacia la naturaleza, volverse médium, reconocer lo que palpita, la vida interior imperceptible de los enclaves, son las huellas que va dejando Anna Dodas.
Encaje de luces y sombras sutiles que se proyectan sobre la piel de los seres humanos receptivos. Almas que van al encuentro de la maravilla en alpargatas, de la trascendencia con ropa de andar por casa. Almas que se adentran en rincones cercanos (y que no aspiran a viajes lunares que sólo pueden pagarse las grandes fortunas), almas amantes de los prodigios que están a nuestro alcance, inadvertidos.
Visibilizar el misterio de los pedregales, de un altiplano de hielo, del cobre de las montañas, de los plenilunios, de los soles hipnóticos, de las cavernas de altos senos… es lo que plasma nuestra poeta: una realidad escondida pero viva, envolviéndola en un aura de misterio, tan presente en la tierra.
Anna Dodas i Noguer nombra el mundo, extrae sus jugos esenciales con una dicción potente, única, muy propia, sin titubeos, y una pasión medida pero efectiva. Es fácil acompañarla por los caminos blancos de nieve, sumarnos a esa soledad clamorosa que recoge con su voz.
Y volvemos a recordar el poder del lenguaje, el poder de evocación, de transportarnos, de conmovernos con tan solo una grafía sobre una hoja en blanco. Pura magia.
Y nos dejamos guiar por el misticismo palpitante de las escritoras que registran los movimientos sutiles de la naturaleza, como Emily Dickinson, Gabriela Mistral, Elizabeth Bishop o Annie Dillard.
Y regresamos a la casa primigenia, a esa especie de salvación, al edén que nos regalan las palabras (a salvo de de la tecnología tentacular y adormecedora), que nos brinda nuestra Lilith para la rehabilitación de los sentidos.
La voz clara de la poeta, prístina, aérea y a la vez de greda roja, nos llevará hasta esos paisajes maternales y telúricos que en esta rapidez del existir permanecen ocultos y alejados.
En el impresionante “huye huye de mí caballo”, sus versos hacen ese juego de espejos del que hablaba, y me parece escuchar a la vez el poema “Ternera acosada por tábanos” de Blanca Varela.
Anna se debe a lo que observa, se hace una con los elementos simples y puros: “soy de vidrio / una burbuja de vidrio con brazos / y corazón / vidrio quebradizo / y dentro nada”. Su obra está llena de imágenes tan sugerentes como “Tú fuiste silencio y ahora eres espina”, “rechinan con un sonido agudo / las complicadas maquinarias celestes / mil estrellas que giran / dolorosamente”.
Colmada de plástica, colores y sensaciones que vibran (”y con los miembros yertos / de plata / los ojos de plata, la piel / de plata, / de plata el doloroso respiro…”), de destellos de formidable intensidad, como en el potente texto que da título a este volumen, “soy como el trueno/ gimiente que brama en el valle/ loco de terror/ yo soy el valle / como el rastrillo / ciego entre piedras/ que topa con el terrón / soy la oquedad / vertiginosa que escupe / agua en su salto magnífico…”.
Recomiendo encarecidamente leer y disfrutar esta antología bilingüe con prólogo de Carmen Oliart Delgado de Torres, traducida al castellano por Caterina Riba y Max Hidalgo Nácher, y editada con el exquisito gusto de Sabina Editorial.

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