Sin levantar la voz

 

Ricardo Álamo.- En una entrevista que Alfredo Valenzuela le hizo a Ricardo Pligia —quien, por cierto, en su vasta producción literaria frecuentó toda clase de géneros, desde novelas, cuentos y ensayos hasta diarios y guiones cinematográficos, pero nunca el aforismo—, el escritor argentino le confesaba, casi emulando a Kafka cuando escribió que «solo la brevedad es impecable», que la única forma que tiene la narrativa de aspirar a la perfección es la brevedad, lo cual a su vez me recuerda que en una de las conferencias que integran Seis propuestas para el próximo milenio Italo Calvino estimaba que la economía expresiva era uno de los más privilegiados recursos literarios de los escritores que aspiran a ser modernos, es decir, a confeccionar textos en los que el máximo de invención y de pensamiento esté contenido en pocas palabras. Y como ejemplo de esa economía expresiva, Calvino obviamente destacaba el género aforístico, que como todo el mundo sabe es el que más se presta a un discurrir no sistemático del pensamiento, ya que por su propia naturaleza se trata de un género en el que normalmente se procede por «centelleos puntiformes y discontinuos». Además, dentro de sus propuestas, el autor italiano dividía al conjunto de los escritores en dos equipos claramente diferenciados, según el juego literario que practicaran. De un lado estarían los llamados escritores «saturninos», sobresalientes en el despliegue táctico de un lenguaje cargado de melancolía, sedimentación, paciencia, retórica y pesadez. Mientras que en el otro lado se alinearían los escritores «mercuriales», más dados al desarrollo de sistemas narrativos leves, aéreos, hábiles y ágiles o más inclinados a la incursión rápida entre líneas que al lento y mareante tiqui taca de la prosa pleonástica. Ni que decir tiene que los escritores practicantes del aforismo pertenecerían al segundo equipo, el favorito de Calvino.

Levedad, rapidez y agilidad serían, pues, tres de las más importantes señas de identidad por las que —si hacemos caso al autor de Las cosmicómicas— tendríamos que juzgar el talento narrativo de quien se dedica a practicar la escritura aforística o «mercurial». Partiendo de esos presupuestos, pero teniendo en cuenta que los libros de aforismos por cortos que sean se caracterizan por incluir un numeroso inventario de ellos, la pregunta (im)pertinente a que nos aboca esa clase de libros es cómo debemos calificarlos cuando entre ellos los hay buenos, malos y peores, o cuando no todos son buenos y no todos son malos.

Contradicciones reunidas, de Michel F., es un ejemplo de esa escritura «mercurial» en la que su autor tiene como referentes a Cioran y Christian Bobin, dos pensadores que, sin estar en las antípodas en cuanto a tendencias reflexivas se refiere, no parecen sin embargo que se encuadren en un mismo marco de pensamiento. Con todo, Michel F. los utiliza para advertir al lector de (y hacia) dónde se encaminan sus ideas. Porque, aunque por un lado, como Cioran, los aforismos de Michel F. se alejen de los dogmatismos, las metafísicas y las doctrinas edificantes, por otro, como Bobin, se acercan con despiadada ironía a cuestionar las filosofías moralizadoras. Así, por ejemplo, no son pocas las veces en que los filósofos y sus filosofías son el centro de la diana de sus críticas: «La insistencia de las moscas y de los filósofos es jodernos la vida», «¿Filósofos? Más bien guías turísticos de la caverna», «En el interior del bosque el poeta guía al filósofo», «Desconfíen de ellos, si son filósofos en algún lugar tienen los explosivos», «De no ser por los vientos, la palabra del filósofo nunca saldría del desierto de donde se origina» o «Filósofo, poeta, bufón: algo de cada». A tenor de estos notorios y palmarios reparos hacia la filosofía, se diría que Michel F. ha bebido, y mucho, del manantial de Flaubert, quien en su famoso, cáustico y telegramático Diccionario de los lugares comunes despachaba el término «filosofía» de un plumazo, con cuatro abruptas palabras: «Burlarse siempre de ella». No sé muy bien a qué responde esta inquina de Michel F. contra la filosofía en general, pues en ningún momento la dirige hacia un movimiento, corriente o escuela de pensamiento concretos, sino que, como bien se puede ver en esos aforismos espigados de su libro, practica sin tapujos una enmienda a la totalidad de la filosofía, como aquellos hegelianos de izquierda (v. gr., Marx) que le afearon a todos los filósofos que a lo largo de la historia no hicieran otra cosa que interpretar el mundo, cuando lo que tendrían que haber intentado era transformarlo.

No obstante este descreimiento de Michel F. de la filosofía —que, por cierto, estudió varias carreras, entre ellas Filosofía y Psicología, aunque de esta última especialidad nada aparece en su libro—, una parte destacable del resto de sus aforismos se mueve entre la exteriorización de su yo personal y un cierto retintín socarrón, aunque en uno y otro caso sin levantar excesivamente la voz. Como muestra de lo primero: «De salud, regular. Mi nivel de paradojas es elevado», «Ningún error está fuera de mis posibilidades», «Cuando doy lo mejor de mí tengo la impresión de ser otro», «Caminar y escribir aforismos, no mucho más hago en la vida. Como purgatorio es aceptable», etc. Y como muestra de lo segundo: «Dejen de cortar cabezas, la estupidez es una hidra», «Entre todos hemos convertido a la estupidez en la reina de la fiesta», «La vara de medir de los moralistas siempre está dispuesta a caer sobre alguien», El ego siempre quiere las luces sobre él, como si así pudiera compensar todas sus sombras», «El ego es una rata, se alimenta de cualquier cosa», «Desde que no es nadie ha empezado a ser él», «No me digan que el amor es ciego, cuando permite ver lo nunca visto», «Normal no tener miedo, sobre todo de noche. Nada más peligroso que uno mismo». Ciertamente el recurso a la ironía crítica Michel F. lo maneja con solvencia y acierto, aunque en otros momentos su libro decaiga al adentrarse por caminos un tanto banales, como cuando, entre otras cosas, manifiesta: «Si tú el viento, yo la nube», «Ese niño que no sabe dibujar el sol», «¿La última vez que me escucharon con verdadero interés? No lo recuerdo»…

En resumidas cuentas, y como decía al principio, es difícil calificar un libro de aforismos cuando no todos son excelentes o cuando no todos son malos, pero eso va de suyo en cualquier libro de este género. Por fortuna, Contradicciones reunidas apunta más a lo primero que a lo segundo, aunque habrá que esperar a nuevas entregas para saber si Michel F. se afianza en su personal apuesta por escribir lo más cerca del punto final.

 

Michel F., Contradicciones reunidas. La Isla de Siltolá, Sevilla, 2022.

 

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