‘Las pelirrojas nunca se marchitan’, de Julián Ibáñez

JOSÉ LUIS MUÑOZ.

Anda en plena forma Julián Ibáñez (Santander, 1940), el maestro indiscutible del pulp español, a sus 82 años y nos regala una nueva aventura de uno de sus personajes emblemáticos, el buscavidas Bellón, en esa nueva entrega que es Las pelirrojas nunca se marchitan que se suma a Las pelirrojas no se arrojan al vacío y Violentamente pelirroja. ¡Qué fijación del autor por ese color de pelo en las mujeres! Al escritor cántabro afincado en La Mancha podría comparársele con Sidney Lumet, el cineasta de Doce hombres sin piedad, entre otras joyas, que a los 87 años parió una de sus mejores y más jóvenes películas: Antes que el diablo sepa que has muerto. Los años no pasan para Julián Ibáñez.

Bellón se pone al servicio de un gitano rico, Lucas, que no ve con muy buenos ojos que su hija pequeña —No llevaba pendientes de gitana, sino normales, una piedrecita. El vestido era negro ceñido en la cintura, con un estampado de tres grandes rosas blancas en la parte delantera. Esto último quizás sí era del gitana, y puede que el pelo también, una melena que le caía por los dos lados, ni lisa ni tampoco con rizos, sino algo alborotada…— vaya a casarse con un tal Róber, un presumido que no hace otra cosa que mirarse en los espejos. El buscavidas emblemático de Julián Ibáñez será la sombra de ese payo hasta que desaparezca sorpresivamente. Al final el gallo no es tanto como parece y la pelirroja del título puede ser muy peligrosa: Adivinaba que había sido una belleza. Todavía lo era cuando la penumbra borraba sus arrugas. De unos cincuenta tacos muy bien llevados. Estatura media y sin un gramo de más. Llevaba en la pelota una boina de color malva, como una guerrillera, o como una de esas típicas francesas con voz de aguardiente.

Tiene tanta maestría el autor en describir ambientes con someras descripciones —Localizar el bar, y en el mismo Fuenlabrada. Es un bar corriente, con un reloj Fanta, una barra de piedra artificial, sin apoyabrazos, con media docena de derrotados y tipos de mono grasiento de los que entran, beben con un codo en la barra, echan una meada y vuelven al tajo a poner de nuevo en marcha el planeta —como hacernos un retrato físico de sus personajes: Con un perfil para dibujarlo a contraluz, con una sonrisa de amigo, aunque cuando no hablaba su expresión era de idiota simpático. Un rostro armonioso, con patillas de alfanje y con un pelo bonito. En conclusión, uno de esos tipos que buscan que les peguen un tiro. Utiliza el autor su laconismo habitual, el menos es más, hasta en los encuentros sexuales de Bellón: Luego Graciela bajó y tiramos un par de córners sobre los sacos, una cama como otra cualquiera, pero nos turnamos, arriba y abajo: Graciela y Bellón, Bellón y Graciela.

No pierde su esencia Bellón en ninguna de sus entregas. Personaje oscuro, mercenario, libre que no se casa con nadie, duro como el pedernal, camorrista cuando hay que serlo y con un sentido de la moral muy laxo que le permite ser proxeneta sin más, y ahí esta la entrega Yo fui mercader de mujeres: Me consolé diciéndome que eso era bueno, que a los tíos les gustan las ingenuas, mantendríamos el rollo de que era un ama de casa sacándose unas perras, podríamos añadir que tenía un hijo enfermo y que necesitaba dinero para las medicinas. Los tíos pensarían que de paso estaban haciendo una obra de caridad.

Con un fraseado seco y cortante, una hábil utilización de los diálogos que dibujan a sus personajes tanto como las someras descripciones, Julián Ibáñez construye una novela ágil y adictiva que se disfruta leyendo y no traiciona los principios básicos de autor y personaje. La novela negra es eso: narración de hechos sin florituras ni afeites, bocados de realidad en donde reinan personajes límite que no tienen más códigos morales que los que les favorecen en esa jungla humana en donde les toca vivir: macarras, prostitutas, yonquis, camellos… Una fauna marginal de extrarradio que vive en esas ciudades periféricas en donde duermen sin dignidad los que levantan el país y de la que nadie se ocupa.

En solo 150 páginas, en capítulos cortos que discurren en escenarios sórdidos, sin abusar en exceso del argot, Julián Ibáñez construye otra novela impecable, rápida, con giros imprevistos, que consigue que deseemos pronto el alumbramiento de una próxima. Una gozada su lectura, como siempre, de este gran y veterano escritor de novela negra española.

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