Maestros del Periodismo (III) David Carr

La noche de la pistola

David Carr

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

Libros del K.O.

Madrid 2017   504 páginas

 

DAVID CARR O LA MEMORIA DEL KAOS

 

Por Íñigo Linaje

 

Tal vez sea cuestión de idealismo. Tal vez la tendencia de algunas personas a llevar una vida disoluta tenga que ver con la imposibilidad de adaptarse a los pliegues de una existencia rutinaria, a los círculos de una realidad anodina que convierte los días en una experiencia insatisfactoria. Sin embargo, ¿quién no ha deseado vivir en su juventud noches eternas de alcohol, sexo y lujuria? ¿Quién no ha querido perpetuar a lo largo de las horas un instante de locura? Todos tenemos nuestra personalidad particular y nuestros particulares mecanismos de defensa que, según convenga, nos llevan a recordar u olvidar vivencias concretas. Aunque, es cierto, que es el subconsciente el que rescata o reprime luego los polos más extremos de la intimidad: los momentos de euforia desatada y los infiernos más terribles.

El escritor que aborda en conjunto los hechos más sobresalientes de su vida se acerca al género memorialístico. El periodista que ausculta los pasos perdidos de sus días -como si fueran los de otro- hace un ejercicio de introspección, un trabajo de documentación personal, una autoscopia. En ambos casos quedan episodios ocultos, zonas de sombra, pasajes en blanco en páginas alucinadas que escribirá el olvido. De la misma manera, todos guardamos en nuestra retina siluetas difusas y luces de neón que no nos atrevemos a revisitar.

“Un relato individual no consiste sencillamente en abrir una vena y dejar que fluya la sangre hacia cualquiera dispuesto a mirar. El yo histórico se crea para mantener a raya las disonancias y hacer que la historia sea aceptada en el presente”. Este es uno de los fragmentos iniciales de La noche de la pistola, las memorias del escritor norteamericano David Carr. Un libro trepidante organizado a partir de una serie de entrevistas que el autor realizó a personas de su entorno una década antes de morir. Unas memorias que tratan de explicar su vida en un momento en el que este parecía haber estado ausente de ella.

David Carr fue un periodista nacido en Mineápolis en 1956 que falleció en 2015 en la redacción del New York Times, el rotativo para el que trabajaba. En el momento de su muerte ya le habían diagnosticado un cáncer incurable, quién sabe si provocado por su vida disipada. Él mismo escribió en sus memorias que “ser normal tiene considerables ventajas prácticas”. Él nunca lo fue, o, si lo fue, lo fue a su manera. David Carr fue un drogadicto impenitente en su adolescencia, rehabilitado después y enfangado más tarde en los abismos de la bebida. Un adicto al alcohol, las drogas y al desencanto; en suma, un inadaptado.

Un adicto, en efecto, tiene taras en la memoria, tramos de su experiencia que ha olvidado por completo. Entre 2006 y 2007, que es cuando comenzó a escribir La noche de la pistola, David Carr -aparte de entrevistar a amigos y exparejas- encontró entre sus archivos personales materiales valiosos: informes médicos y policiales, cartas a familiares y fotografías, conversaciones grabadas al azar de sus pesquisas. Con todos esos documentos reconstruye los tramos de una vida temeraria que le llevará a ser arrestado en múltiples ocasiones, a conocer la cárcel y abundantes clínicas de desintoxicación. Antes de eso, había contraído matrimonio -a los 23 años- con una joven no menos desquiciada que él, con la que tuvo dos gemelas.

Cuando a los 35 se casa con su segunda mujer, con la que tendrá una tercera hija, su vida se estabilizará, a pesar de que años más tarde recaerá en el alcoholismo. Sin embargo, esta sería su etapa más fructífera a nivel personal y profesional: recupera su trabajo como periodista, escribe crónicas y reportajes y funda en Washington un rotativo independiente. Más tarde regresa a Nueva York para trabajar en The New York Times, uno de los sueños de su vida. Antes de esa época dichosa había superado un primer cáncer y criado a sus hijas, había bebido en abundancia y vivido de la beneficencia. Había tomado mil drogas y trabajado de camello. Tuvo amantes y se relacionó con prostitutas. “Son las ventajas de una vida ajetreada”, le respondió a un amigo cuando le preguntó si tenía miedo de perder su trabajo en el Times.

George Orwell dice que de una biografía solo podemos fiarnos cuando revela algo vergonzoso, ya que alguien que da buena imagen de sí mismo seguramente está mintiendo, porque una vida -vista desde dentro- no es más que una larga sucesión de derrotas. Las memorias de David Carr son un auténtico striptease emocional, un libro de prosa expeditiva y vigorosa y un testimonio extremadamente audaz: un análisis demoledor de la decadencia de un alma. No en vano, el propio autor se retrata en ellas como un “perdedor narcisista y maltratador”.

La popularidad del periodista se hizo notoria al final de su vida, en concreto en 2011, gracias al documental dirigido por Andrew Rossi Page One, que especulaba con las dificultades de la prensa escrita en una época en la que comenzaba a imponerse(nos) lo digital. Carr aparece en esa cinta como un tipo divertido y afable, pero también polémico y crítico con determinados sectores del oficio. La secuencia que lo encuadra tecleando furiosamente un ordenador en el porche de su casa al tiempo que ojea el periódico y apura un cigarrillo, es la estampa más hermosa de un hombre rehabilitado y enganchado ferozmente a la literatura.

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