Dionisia García y la celebración de la vida

Ricardo Álamo.- Literatura amable y serena, plagada de confidencias terapéuticas y necesarias para poder vivir dignamente. Con estas palabras prologales califica Carmen Canet El pensamiento escondido (Editorial Renacimiento), de la escritora Dionisia García (Fuente Álamo, Albacete, 1929). El libro, en realidad, no es un solo libro, sino la reunión de otros tres (Ideario de otoño, Voces detenidas y El caracol dorado), que como oportunamente aclara su subtítulo viene a ser la aforística completa de la autora albaceteña. Entre la publicación del primero en 1987 y la del último en 2011, median casi veinticinco años, tiempo suficiente para tasar la evolución o no del estilo y el pensamiento de esta escritora que ha desarrollado su carrera literaria en dos géneros tan exigentes como son la poesía y el aforismo. De este último, además, y dada la temprana fecha en que publicó su primer libro, se podría decir que es la primera mujer aforista española, cosa que en sí misma ya debería suponer un honor pero que sin embargo nunca la ha llevado a postularse en ningún foro ni a vanagloriarse públicamente de tal gesta. Más bien ha sido todo lo contrario, en parte porque —y me remito de nuevo a las palabras de Carmen Canet— es una «mujer que nunca ha querido hacer ruido» y en parte porque su labor como escritora no ha sido otra que la de dejar «discretamente sobre el papel que sus palabras fluyan vitales, emotivas, profundas e imparables». Choca, con todo, que este carácter vital y emotivo de las palabras de Dionisia García, unido al tono confidencial-terapéutico del que se hablaba al principio, tenga como referentes magistrales las máximas y sentencias de autores como La Rochefoucauld, Chamfort, Lichtenberg o Cioran, que no fueron precisamente adalides ni de lo festivo ni de lo confesional. Atendiendo a las muchas veces que Dionisia García hace acopio de recuerdos, impresiones subjetivas e introspecciones nostálgicas, yo diría que el tono que predomina en los tres libros, casi sin solución de continuidad, es el de —paradójicamente— una alegre melancolía: «Retratos de antepasados cubrían las paredes en el cuarto de mi niñez. Dichas efigies ocuparán, de por vida, un lugar en la mente», «Chineros con puertas de cristal esmerilado, donde se guardaban dulces y viandas, junto a tazas con pájaros pintados, y vasos color topacio, para beber mistela», «Interpretaba al piano Al correr del  tiempo, a continuación una milonga. Bebimos flor de lima y de frambuesas. Los invitados iban llegando, y acariciaban las teclas del armonio, las cuerdas del arpa, y los nenúfares florecidos. Luces de la ciudad nos recordaron el regreso. De madrugada, nos despedimos. Las notas de la milonga nos acompañaron en la bajada; fijos los ojos en los escalones verde-vidriado, y en el antepasado con barba que nos despedía».

No obstante este confesionalismo evocador, con evidentes muestras de un lenguaje más próximo a lo descriptivo y a la sugerencia preciosista que a la enfática sentenciosidad, no es ni mucho menos el único tono que se desparrama por todo el libro. Los más de dos mil aforismos reunidos en él adoptan toda clase de ropajes. También los hay irónicos, concisos, humorísticos, críticos, admonitorios, religiosos, controvertidos y esperanzadores, a todos los cuales habría que sumar los que son meros apuntes de lecturas y citas de un variopinto elenco de autores clásicos y modernos, entre los que destacan Epicuro, Joubert, Goethe, Fernando Pessoa, Miguel Espinosa o Wislawa Szymborska. En general, y pese a las notas melancólicas que recorren gran parte del libro, los aforismos aquí reunidos están más cerca del humor agridulce de Ramón Gómez de la Serna o del de Josep Pla que de los autores antes citados, y no es de extrañar por eso que también la ironía (y la autoironía) y el juego literario sean señas de identidad destacadas en una buena parte de ellos: «Si alguien se llama Crisóstoma, Dionisia o Telesforo, merece una condecoración», «Las Elegías de Propercio me impulsan y gratifican, concluyendo qué poco hemos properciado», «La florista no pudo remediar la tentación de dejarse caer en la muerte cuando llegó la estación de los crisantemos», «Los alcaldes tienen demasiadas eles» o «Decidió jubilarse la margarita ante tanta indecisión». Estas humoradas, sin embargo, a veces corren el riesgo de quedarse en simples banalidades o en efusiones intrascendentes, llevando al lector a poner en duda que a ciertos dichos les cuadre bien el marchamo de aforismos y no el de otra cosa de peor nombre, pues más allá de insinuar un detalle o apuntar una sugerencia no desarrollan ninguna idea ni glosan un concepto, como cuando por ejemplo leemos: «La bruja era nuestra señora del miedo», «Señora de notario, y escribir poemas…», «Un instante de ternura», «Una madre. ¡Ah, una madre!» o «¿Y qué es eso de la fama?». Por fortuna, estos apuntes no son muchos, y el libro en su conjunto brilla por un buen puñado de aforismos memorables, aunque, como dice la propia autora, sin estridencias ni tonos fuertes, y hasta con aparente ingenuidad, cosa que en los veinticinco años que separan Ideario de otoño de El caracol dorado ha sabido mantener como signo distintivo de su producción aforística.

Concisión y ausencia de verbosidad y de retórica florida, agudeza y celebración de la vida: estas son las verdaderas recompensas de quien se adentre en las páginas de El pensamiento escondido.

Dionisia García, El pensamiento escondido. Aforística completa. Editorial Renacimiento. Colección A la mínima. Sevilla, 2022.

 

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