Trágica España de años 30 en la prisión de La casa de Bernarda Alba

Por Horacio Otheguy Riveira

La última obra de García Lorca fechada en 1936, el año de su asesinato. En el texto señala: El poeta advierte que estos tres actos tienen la intención de un documental fotográfico. Un testimonial que el veterano director José Carlos Plaza trae ahora con dramaturgia personal y reducción considerable de personajes. Con ello logra una intimidad vagamente abstracta, ilustada en una escenografía muy libre con la que se logra una peculiar sensación claustrofóbica: todo limpio y claro como pide el texto, pero con elementos nuevos, decadencia en paredes agrietadas de fondo, por las que cabría una ventana que no está pero por esa ausencia las jóvenes mujeres de la casa creen ver pasar la vida, una vida placentera, con la sexualidad tan libre como se pueda, preferentemente consiguiendo marido, aunque la hija menor es la que desborda su apetencia y no le importaría ser la otra, la amante, con tal de seguir recibiendo caricias tan satisfactorias.

La obra que empieza con el funeral del hombre de la casa, padre de cinco, padrastro de una, acaba con un suicidio, y en medio se producen las idas y venidas de un círculo negro de angustia y desolación presidido por la madre de 60 años, doblemente viuda, católica ferviente, obsesionada con el qué dirán, dueña de tierras que explota con mano de hierro, prototipo de terrateniente feroz, desprecio de la pobreza y la servidumbre.

Una pieza con mucho de estructura trágica clásica, de allí que el relax de tanta tensión lo ofrezca Poncia, quien con mucho gracejo informa al público de la situación de la casa, del odio profundo que siente hacia la Bernarda, a quien sirve desde hace 30 años, cuando la liberó del destino de prostituta en que murió su propia madre. La criada maltratada y hambrienta tiene hijos que trabajan la tierra de su señora, y ha de callar mucho más de lo que quisiera, pero a nosotros, espectadores, nos cuenta cosas de fondo —como los coros de las tragedias clásicas—, y así sabemos lo que la Gran Madre no quiere oír, que hay un impulso sexual en esa casa que traerá desgracias si no se corta de raíz, casando a las más necesitadas de compañía masculina, antes de que envejezcan.

Con la guerra civil de por medio, La casa de Bernarda Alba no se estrenó hasta 1945, en Buenos Aires, protagonizada por Margarita Xirgu. Desde entonces han circulado innumerables versiones internacionales. Esta de ahora elimina todo vestigio de realismo de la época con su abundancia de oscuros muebles; ciertamente despojada de distracciones, y se consolida con un potencial esencialmente físico a través de una congregación de mujeres asustadas que espían, temen, sueñan y sobre todo desean la máxima ilusión erótico festiva en el apuesto caballero que monta a caballo y por la noche se acerca a las ventanas enrejadas de la casa para alternar con una, y hacer suya a otra: Pepe el Romano, un personaje ausente en escena y multipresente en la vida de las mujeres.

Una puesta en escena muy fría, demasiado técnica, que muy pocas emociones despierta. Percibo una línea de dirección excesiva para la composición de las mujeres afligidas y muy libre para la más joven, en un estilo interpretativo diferente. Todas están muy bien, realizan sus secuencias de manera convincente,  sacando chispas en los personajes más atractivos, con más historia. Sin embargo, la Bernarda de Consuelo Trujillo no convence, ya que parece estar fuera del personaje hasta la maravillosa escena con su hija mayor (Ana Fernández), una doliente intensidad de dos mujeres desamparadas, y también funciona en la escena final en que conmueve la tristeza que conlleva también para ella tanta desgracia, tanta enfermedad oscurantista con cinco cuerpos femeninos que habrá de apartar del camino de la vida, porque tampoco sus tierras dan de sí para que todas tengan buenas dotes. Dos momentos logrados resulta insuficiente en una función donde ella, La Bernarda, resulta esencial con su firme autoritarismo.

Un círculo trágico documental, como Federico escribió. Que hoy ha de verse como el pasado de una España que ya no existe. Aunque muchos flecos flotan en el ambiente y presionan para trabar la libertad de las mujeres, hoy no es posible aquella cerrazón de terrorífica presencia religiosa bien dispuesta para matar si fuera necesario, con tal de mantener en pie la pureza de la mujer intacta:

Bernarda: (Bajo el arco.) ¡Acabar con ella antes que lleguen los guardias! ¡Carbón ardiendo en el sitio de su pecado!
Adela: (Cogiéndose el vientre.) ¡No! ¡No!
Bernarda: ¡Matadla! ¡Matadla!.

En definitiva: una función moderadamente interesante, cuyo mayor aliciente radica en la fuerza de algunas de las interpretaciones y la energía de la obra original, tan viva y escalofriante como entonces, aquí respetados sus tres actos, lo que permite entrar en el ritmo de la época, para comprender hoy lo que sucedía entonces.

 

De: Federico García Lorca
Dramaturgia y dirección: José Carlos Plaza

Ana Fernández (Angustias), Rosario Pardo (Poncia), Ruth Gabriel (Magdalena), Motse Peidro (Amelia), Mona Martínez (María Josefa), Marina Salas (Adela), Zaira Montes (Martirio), Consuelo Trujillo (Bernarda)

Diseño de espacio escénico e iluminación Paco Leal
Diseño de espacio sonoro Arsenio Fernández
Diseño de vestuario Gabriela Salaverri
Director adjunto Jorge Torres
Una producción de Producciones Faraute

Del 6 de mayo al 5 de junio. Teatro Español. Sala Principal

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Otras creaciones de José Carlos Plaza:

Medea, texto de Molina Foix con Ana Belén

Divinas palabras, de Valle Inclán con María Adánez

Historia del Zoo, de Edward Albee con Ruiz de Alegría y Martínez Abarca

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