José María Eguren en Lima

Foto: Consuelo de Arco

Por Antonio Costa Gómez.

Julio Ramón Ribeyro decía más o menos en sus Prosas Apátridas que, de noche, el barrio de Miraflores le parecía muy silencioso. Pero si lo recordaba para escribir sobre él escuchaba el rumor del acantilado, los secretos de las casas, el misterio del Pacífico. Yo quería evocar a Eguren en el barrio de Barranco, donde vivió, con los artistas, el vagón abandonado que sirve de café, las casas con barandillas azules, los senderos con piedrecitas que serpentean hacia rincones místicos con parejitas mirando el mar. Mejor que en la niebla melancólica del centro, o en el restaurante con menú de las monjitas francesas, o en la soledad de El Callao. Pero ahora que releo a Ribeyro, me digo que puedo colocarlo en Miraflores. Porque allí estaba el centro de ocio como un castillo en el agua, estaba el restaurante de las brujas, estaba el océano misterioso. Pasábamos horas fantásticas en el barrio de Miraflores colgados sobre esa supuesta paz misteriosa.

José María Eguren leyó a los simbolistas franceses y los cuentos de Andersen. Se dedicó a la poesía casi de milagro, porque todo el mundo le decía que lo dejara. Escribía sobre los cuartos cerrados como ojos vidriosos, sobre el dolor secreto de la noche, sobre las damas que asisten a misas verdes. Hablaba de mujeres extrañas y pensativas. Hablaba de un peregrino que seguía una huella de sangre por los bosques y las ciudades.  A veces, como Georg Trakl, se refería a antiguas culpas dormidas de los antepasados.

Miraba al mar al que llamaron Pacífico porque la tierra estaba plagada de matanzas y en él no las había. Pensaba en ángeles tranquilos que se marchaban de madrugada. Hablaba de los nevados muertos y de los reyes rojos. Sus poemas parecen cuentos de Andersen pero también tragedias de Kleist: «Desde la aurora / combaten dos reyes rojos / con lanza de oro. / Viene la noche / y firmes combaten foscos / los reyes rojos».

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