Angustia racial en las inquietantes novelas de Nella Larsen: Arenas movedizas y Claroscuro

Por Horacio Otheguy Riveira

Nella Larsen (Chicago, 1891-Brooklyn, 1964) solo escribió dos novelas en las que se empeñó en ahondar en el tema que más le angustió toda su vida. Un trauma de infancia, cuando con 6 años, su madre danesa decidió volver a casarse, esta vez con un hombre blanco. El desprecio por la mestiza Nella fue implacable: no volvió a verla, la dejó internada en un colegio lejano, y luego —protegida por un tío blanco— logró entrar en una institución de enseñanza de negros para negros, de donde salió con excelentes calificaciones convertida en maestra. Un proceso aparentemente positivo que nunca logró resolver el dolor del desprecio materno.

Arenas movedizas, 1928, y Claroscuro, 1929: dos obras con una narración envolvente. Si en la primera la autoficción se explaya vigorosamente hasta un imaginario tramo final, en Claroscuro hay una voluntad de profundizar en la tragedia de ser apartado por el color de la piel. Racismo de blancos hacia negros y también entre estos con un clasismo que va desde el delirio repulsivo hasta el  vergonzante camino de perderse bajo la feroz mirada de unos y otros.

Racismo como versión de un enfrentamiento clasista, de presunta superioridad versus inferioridad peligrosa. El espíritu narrativo de la escritora es tan vibrante que hoy, casi cien años después, se recibe como si fuera una de nosotros, hablando nuestro idioma. Ambas obras resultan un modelo de literatura en el que los conflictos sociales de las mujeres se exponen con gran riqueza de matices, haciendo de las contradicciones y los sinsabores elementos vitales indispensables. Historias que avanzan en un torbellino de experiencias contadas de manera ágil, con gran poder de síntesis, e impúdica exposición de una explosiva pareja: la unión del coraje y el miedo en la travesía existencial.

Coraje y miedo, dolor y ambición de superarlo, constantes en unas novelas que en su momento obtuvieron cierto éxito, pero que no fue suficiente para que Nella (entonces con 37 años) siguiera adelante, más allá de algunos excelentes cuentos.

Tras ganar la beca Guggenheim, Nella Larsen (primera mujer afroamericana en conseguirla) recorrió parte de Europa, se divorció del que sería su único marido, y volvió a concentrarse en la profesión de enfermera que había estudiado en 1912 en el Hospital y Hogar Lincoln en el Bronx, una base de pacientes hospitalarios casi completamente blanca, un hogar de ancianos completamente negro, un equipo de médicos completamente blancos (y hombres), y una escuela de enfermería totalmente negra (y femenina).

Una y otra vez la ironía racial la atrapaba. Cuando murió en 1964, ya los derechos civiles empezaban a lograr cambios sustanciales en Estados Unidos —con dos asesinatos en el camino: Kennedy en 1963 y cuatro años después Luther King—. Aún hoy no se han eliminado muchos de los aspectos que a Nella le afligieron. Murió sola en su apartamento, probablemente de un síncope cardiaco. Su cuerpo fue encontrado por la policía tres días después, alertada por los vecinos.

Nella Larsen recibiendo el Premio Harmon por su primera novela Arenas Movedizas el mismo año de su publicación.

 

 

Una rebeldía pertinaz

En el ajetreado mundo afro de Harlem, turbulencia ante el ser o no ser “de color”, y mucho más allá buena acogida en Copenhague, la maravillosa ciudad de cuento de hadas donde se la recibe como una diosa. Pero en ninguna parte Helga Crane se encuentra plena, a gusto consigo misma y en el ambiente que la rodea. Sobre arenas movedizas vive Helga Crane —alter ego de Nella Larsen— no es capaz de disfrutar ni siquiera en el paraíso de Copenhague donde su belleza de piel oscura es admirada, deseada, aplaudida, allá por donde va. Es muy joven, solo 25 años, y el despertar de la sexualidad acaba imponiéndole conductas saturadas de frustraciones.

Una vida sobre suelo inestable expuesta a través de breves capítulos. Escrita con pasión muy controlada, su intriga se bifurca y explaya como una trepidante novela de aventuras: ¿algo más inquietante que la aventura de buscarse a sí misma, amando y odiando cuanto le rodea?

«[…] Ante sus ojos surgían las imágenes del cuidado de su madre para evitar las broncas odiosas y temibles, que incluso después de tanto tiempo le producían un escalofrío incontrolable; su infancia retraída; la brutal crueldad de sus hermanastros y hermanastras; y los celos y la mala voluntad del marido de su madre. Veranos, inviernos, años enteros de un largo y constante de dolorosa infelicidad. La muerte de su madre, cuando Helga tenía quince años. Su rescate por el tío Peter, que la envió a un colegio, un colegio para negros, donde por primera vez respiró con libertad, donde descubrió que tener la piel oscura no significaba ser repulsiva por necesidad y que, por tanto, no tenía motivos para darse asco a sí misma.

Seis años. Había sido feliz allí, todo lo feliz que se atreve a ser una niña no habituada a la felicidad. Hubo siempre una sensación de extrañeza, de no pertenencia, de tener que aguantar la respiración por miedo a que la felicidad no durara. Y no duró. […]».

En todo el trayecto, Helga Crane vive intensamente cuanto le toca vivir, escalando zonas harto peligrosas, y se encamina hacia la nada bajo un clima invernal tremendo para toparse por azar con una vuelta de tuerca escalofriante. Una novela con creciente intensidad hasta la última línea.

La opción de pasar por blanca

Irene Redfield es una protagonista a años luz de Helga Crane: está casada con un médico, plenamente integrados ambos en el mundo cultural de la burguesía afroamericana de Harlem. Tienen dos hijos. A él le alarman los linchamientos a negros sin juicio justo, ella procura ocultar todos los desmanes a sus hijos, sobre todo al mayor donde en el colegio ya le han lanzado un “negrata de mierda”. Hace todo lo posible por afirmar la estabilidad de su matrimonio, su familia. Pero se reencuentra por casualidad con una amiga de infancia: Clare Kendry, ambas son mestizas, así que pueden simular ser blancas, más aún Clare que se tiñe de rubio y se casa con un guapo hombre de negocios rabiosamente racista.

La novela se distribuye en tres actos, a manera de una pieza teatral: Encuentro, Reencuentro, Final. La narración está en primera persona, es Irene quien la lleva y nos transmite su desazón constante, porque desde el primer encuentro y fascinación por su amiga, la asalta un temor tremendo. Una intuición de trágico desenlace en torno a esa persona divertida, encantadora, pero tan audaz en su comportamiento y su deseo de acercarse al mundo de Harlem en ausencia de su marido que odia a los negros… Irene teme que cuanto haga podrá volverse en contra de sus aspiraciones de estabilidad.

«[…] Echó otra ojeada a hurtadillas. Todavía miraba. ¡Qué extraña languidez la de aquellos ojos!

Y poco a poco fue creciendo en su interior una inquietud odiosa y detestable por conocida. Soltó una risa breve, pero le brillaban los ojos.

¿Sabría aquella mujer por algún medio que allí mismo, delante de sus propios ojos, en la azotea del Drayton se sentaba una negra?

¡Absurdo! ¡Imposible! Los blancos eran muy tontos para esas cosas, por más que casi siempre presumieran de averiguarlo, y, para colmo, a través de los detalles más absurdos: las uñas, las palmas de las manos, la forma de las orejas, los dientes y otras simplezas parecidas. A ella la tomaban por italiana, española, mexicana o gitana. Nunca, estando sola, habían sospechado ni por lo más remoto que fuera negra. No, la mujer que se sentaba allí sin dejar de mirarla no podía saberlo.

Aun así, Irene experimentó por turnos sendas oleadas de desprecio, rabia y miedo. No se avergonzaba de ser negra ni de que se supiera en público; lo que la desquiciaba era la posibilidad de que la echaran, aunque fuera con el tacto y la educación que sin duda empleaban para esas cosas en el Drayton. […]».

Arenas movedizas y Claroscuro se encuentran en librerías españolas publicadas por Contraseña editorial. Traducción de Pepa Linares y Prólogo de Maribel Cruzado Soria: un trabajo minucioso, creativo, para las dos obras. Con  muy documentadas introducciones y muy valiosas notas al pie, Linares y Cruzado Soria consolidan el esfuerzo de sus responsabilidades en una editorial que lo reconoce y edita de manera muy eficaz.

Versión cinematográfica de Rebecca Hall

Tessa Thompson, como Irene, esposa de un médico en Harlem, y Ruth Negga como Clara, su amiga de infancia. Una negra que una tarde se hace pasar por blanca, y la otra que llega a casarse con un blanco racista convencido de que es una blanca hermosa ligeramente morena. La película interpreta la novela con mucho menos realismo, imprimiendo un tono melancólico y poético muy personal. Claroscuro (Passing), película en blanco y negro dirigida por Rebecca Hall en 2021, exhibida en Netflix.

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