«No», de Francisco José Martínez Morán

Por Jorge de Arco.

Un año después de la aparición de Los cuadernos del frío, Francisco José Martínez Morán (1981) da a la luz No (Pre-Textos. Valencia). Es este su sexto poemario y llega avalado por la obtención del I Premio Internacional “Francisco Brines”.

En su anterior entrega, el escritor madrileño apostaba por la contención verbal, por la solidez de una palabra sintetizadora que incidiera en revelar la totalidad de su esencia. El yo lírico reflexionaba de manera introspectiva y pretendía liberar antiguas pasiones para dibujar un orden más constante entre pensamiento y realidad.

Ahora, su verbo sigue condensado con el fin de alcanzar una sustancia reveladora, una palabra capaz de escrutar todo aquello que cabe entre la sed y la memoria. Porque en este medio centenar de poemas hay un anhelo de apresar los instantes futuros, de cobijarlos entre la razón y el alma, de avivar lo vivido, de aprehender las pérdidas y las ganancias:

 

Son otros los sonidos, otro el ritmo,
otra la luz que llega a la ventana.

 

También la piel es otra,
más frágil y más densa al mismo tiempo:
se diría que en ella
habita un nuevo pulso, una lentísima
cadencia de penumbra y rendición.

 

Dividido en cuatro apartados, “Versiones desleídas”, “Teatro para sombras”, “No” y “Coronación”, el volumen se vertebra en torno a ese tríptico universal donde amor, tiempo y muerte cobran principal significancia.

Con un verso muy bien ritmado, de grata melodía, Martínez Morán no renuncia a comprender los humanos afanes, a desvelar esa interminable sucesión de interrogantes que nos cercan. Y, por eso, hace suyas las preguntas, aun a sabiendas de no hallar en su desvelo las respuestas: “¿Qué puedo yo enseñaros, salvo calma, paciencia, lucidez y decepción?”.

Claro que, su íntima contemplación, no deshabilita una mirada que alcanza más allá, que sostiene una arquitectura colectiva, mas advierte de lo vacuo en torno a una plural identidad:

 

Llamemos a las cosas por su nombre
(…)

 No hay más protagonistas que nosotros
en el televisor, de niebla en niebla.
Esto es felicidad: agua que hierve,
pegatinas y sexo, mis colmillos.

 

En estos textos de espumas y laberintos, de fiebres y plegarias, de labios y madrugadas, subyace una fidelidad ética, un fervor que relata el drama y la pureza de la existencia. La honestidad de su decir, le sirve al autor para andar y desandar lo vivido, para ovillarse en lo terrenal, sin olvidar, al cabo, cómo sería tocar el cielo con la punta de los dedos “como un ave entre el sueño y la vigilia”.

En el acontecer de este atractivo imaginario, se adivina, a su vez, un instinto comprensible para nombrar cada pensamiento, cada piedad, cada costumbre. Pues sabe Martínez Morán del carácter único de cada instante, de la afirmación -¿negación?- que anida en cada vivencia. De ahí, que en la personal belleza de su himno, nada quede al azar, pues cada territorio, cada protagonista, se hilvane muy cerca del corazón que alienta sus latidos:

 

A tu servicio, Amor, plegué mis días;
a tu palabra, fuego en pleno nieve,
rendí cada palabra de mi boca.

 

No me siento engañado, pero a veces
me pregunto qué arena
sostiene tu verdad,
en qué desierto muere tu avenida.

 

 

     Hay en este libro pleno de lirismo y seducción, una constante ofrenda, un cromático destino trazado con la discreción y la serenidad propias del artesano. Y, todo él, camina en pos de una sólida mudanza, de una epifanía liberadora, la misma que pretende convertir en duración nuestra fugacidad:

 

Abres la mano al mundo, pero el mundo
se vuelve puño inerte y amarillo
bajo la levedad de tus caricias.
Tendrías que tratarlo de otra forma,
pero no sabes cómo:
tú nunca lo has sabido, no es tan fácil
como quieren hacerte desear.

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