‘El viento y la semilla’, de Ricardo Martínez Llorca

El viento y la semilla

Ricardo Martínez Llorca

Comba

Barcelona, 2022

270 páginas

 

Por Teresa Rivas

 

Los que han seguido la trayectoria literaria de Ricardo Martínez Llorca (Salamanca, 1966) saben bien de su compromiso. Se trata de un compromiso que tiene que ver con la literatura, donde arriesga en cada libro, consciente de que la creación no es una alternativa cómoda. Pero se trata de un compromiso que tiene que ver, también, con la dignidad y la vida. Ha hablado del duelo, de la enfermedad, de la necesidad de la aventura, de la soledad, o de los sueños imprescindibles. Con esta crónica, El viento y la semilla, da un nuevo paso y coloca el compromiso social como primera motivación para iniciar un proyecto literario.

Nuestro autor emprende un viaje por una región del planeta que representa la trastienda de un sistema económico: mientras estamos enfrascados en lo que consideramos la brega por el día a día, la parte de la humanidad que no vemos, la que se encuentra en el patio de atrás, ahí donde se producen los alimentos de primera necesidad, padece las consecuencias de un sistema que les aparta a empujones. En este caso, es la semilla, objeto vivo simbólico de la vida, quien genera el impulso a un viaje. Martínez Llorca recorre parte de la piel de Argentina escrutando acerca de la implantación de un cultivo que parece estar convirtiéndose en la principal, y casi única, fuente de ingresos de un país al que se llegó a llamar el granero de América.

Las fronteras de los cultivos de soja parecen estar expandiéndose a velocidad de vértigo, acabando con ecosistemas y con modos de vida humana acordes a una postura respetuosa con la naturaleza -también la naturaleza humana-. A lo que cabe añadir las dudas que genera el hecho de tratarse de un cultivo transgénico. Para verificar estos hechos, de los que parece tener una primera información, cogida con alfileres, antes de partir, Martínez Llorca gestiona numerosos encuentros con gente de diverso pelaje: activistas de Greenpeace, abogados adscritos a movimientos campesinos, periodistas, políticos, empresarios que ganan su vida gracias a las explotaciones sojeras, gente de diversas asociaciones humanitarias y hasta un premio Nobel, además de la pequeña, pero valiosa, colaboración de un directivo de Monsanto, una empresa que tenía fama de ser poco dada a participar en el debate sobre las consecuencias de los cultivos transgénicos, para no validar así las conclusiones. Basta con ver el documental de Marie Monique Robin (2008), El mundo según Monsanto, para certificarlo.

Los encuentros más valiosos no suceden alrededor de una grabadora, sino que se trata de una experiencia de varios días de duración, de convivencia, a partir de la cual se destilará lo más importante. No existe una sola frase barata en todo el libro, no existe nada gratuito, nada sobra. Cada palabra forma parte de una información total, y se integra en un estilo que, ya nos tiene acostumbrados el autor, funciona con una densidad ligera, aunque parezca una contradicción. Densidad porque renuncia a lo pueril, a las divagaciones; y ligera porque se lee con una facilidad que a quienes hemos intentado escribir algo en formato largo, da envidia.

La toma de postura parece clara: hay que estar al lado de quienes no tienen voz. Pero en realidad, la estrategia es otra: el narrador se limita a dar testimonio de sus encuentros. ¿Qué es lo que nos obliga a tomar partido? Posiblemente, el hecho de hallarnos frente a un fenómeno casi bélico, una situación en la que o hablas con el sufriente o hablas con el que saca beneficio. Y, mientras tanto, se produce un proceso de destrucción por la acción humana que incluye ecocidio, refugiados y hasta muertos. Todo esto en un contexto en el que parece haber vencedores y vencidos. Tal vez esa intensidad sea la que obliga al autor a refugiarse, de vez en cuando, en pequeñas reflexiones acerca del sentido del viaje. No es su primera obra de este género -ahí está Cinturón de cobre o Al otro lado de la luz-, pero sí la primera que construye a modo de crónica o reportaje. Y nos gustaría, eso sí, que este compromiso no terminara aquí. Los libros de viaje suponen una experiencia compartida durante la lectura y un impulso a salir a vivir tras cerrar la obra. Martínez Llorca consigue ambos objetivos, porque sabe que la creación no es una postura cómoda, porque sabe que hay que elegir bien una razón de justicia y sabe seguir el rastro del compromiso.

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