Lemire reconstruye a El Pacificador en un breve trabajo de gran calidad

Portada de El Pacificador.

EL cómic de superhéroes suele ser considerado como un sector un tanto superficial y centrado en la mera acción. Habitualmente es así, pero hay numerosos ejemplos que están cambiando este mundo convirtiéndolo en un sector con una vertiente más superficial y otra más profunda. En este segundo punto se encuentra la obra que hoy vamos a comentar. Un trabajo breve, profundo y directo que merece mucho la pena.

El Pacificador, recientemente publicado por ECC por motivo, también, de la emisión de la serie de HBO homónima, es un trabajo con 64 páginas y divido en tres partes claramente diferenciadas. En primer lugar, veremos la obra escrita y dibujada por el propio Lemire, con color de José Villarubia. Posteriormente, nos topamos con otra obra guionizada por Jeff Lemire, bajo argumento de Keith Giffen y dibujada por Scott Kolins. En la tercera parte veremos unas páginas escritas donde se narra también otros elementos de interés sobre el personaje.

De esta obra destaca, sobremanera, la primera parte. En ella nos topamos con Lemire desatado y liberado para hacer lo que mejor sabe hacer: emocionar y sorprender. Este creador nos muestra un héroe frágil, muy humano… Entre sus páginas, la afección psíquica que presenta es mostrada de un modo complejo y profundo. Se aleja, entonces, de perspectivas más simplonas y anodinas, como muchas de las que podemos topar en otros trabajos. Al fin y al cabo, las afecciones mentales, cuando son conscientes, no generan alegría desmedida, desinhibición o caos. Las enfermedades mentales generan, en muchas ocasiones, soledad, incomprensión, sensación de desazón en las personas (que saben que algo no va bien), etc.

Lemire opta, entonces, por esta estrategia para hablar de un héroe paradójico. Un personaje que está dividido entre dos mundos, que necesita sentirse acompañado, que siente incomprensión en los demás y canaliza su frustración a través de la violencia. Todo esto cobra mucha más fuerza, gracias a la costumbre, de este creador, de configurar obras desnudas y bien diseñadas. En este sentido resulta llamativo ver como la obra comienza estructurada de un modo realistas y medido. Las viñetas tienen un carácter convencional e, incluso, clásico. A medida que transitamos por sus páginas, nos vamos dando cuenta que la obra profundiza y, además, pierde esa estructura racional. Paulatinamente se va descomponiendo y encontramos un dibujo de dos páginas, viñetas más pequeñas y algunas superpuestas, etc.

La obra, además, nos recuerda a la dualidad aristotélica entre cuerpo y alma. De tal manera que el alma se encuentra contenida en un cuerpo y entre ambos se produce un diálogo constante. Una idea que, por cierto, ya trabajó con ella Moore. En este sentido, la enfermedad mental podría recordar o manifestar estos elementos que han estado presentes en la historia del pensamiento universal.

 

Por Juan R. Coca

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