Pasos que se borran en la nieve

 

José Luis Trullo.- Con el paso de los años, la figura de Ramón Andrés no ha dejado de agigantarse, pasando de ser un nombre relevante en el ensayo y la poesía a una referencia intelectual de primer orden en nuestro país; buena prueba de ello es la reciente concesión del Premio Nacional de Ensayo por su libro Filosofía y consuelo de la música. Personalmente, siempre he leído con entusiasmo sus magníficos aforismos (con títulos señeros en el género como Los extremos, Puntos de fuga y Malas raíces), en los cuales plasma toda su sapiencia sin hacer la menor concesión a la ligereza, la vanidad o la pedantería.

En Caminos de intemperie (Galaxia Gutenberg, 2022) nos encontramos, sin embargo, en un terreno nuevo, el del cuaderno literario, en el cual ya no solo comparecen magníficos aforismos tout court («La ilusión ilustrada: amaestrar para la libertad», «Conocer nuestro cuerpo es viajar a una civilización antigua», «En nuestros restos hay jirones de antiguas caídas», «A la melancolía, si crece bien, le sale corteza»… y un larguísimo pero jugoso etcétera), sino todo tipo de anotaciones de mayor o menos longitud y condición: así, junto a piezas de carácter crudamente autobiográfico, tanto acerca de su primera infancia como de la recién conquistada senectud, leemos minúsculos ensayos reconcentrados acerca de Dios, el antropoceno, la tecnología (una de sus bestias negras), la música en los campos de concentración, o nos presenta el perfil de Savonarola o el de una oscura y atractiva musa francesa, Louise Michel. De este modo, al accionar el zoom desde el teleobjetivo en modo macro al gran angular, lo que el conjunto pierde en tensión lo gana en amplitud. En cualquier caso, el hilo dorado que engarza todas las cuentas es siempre el mismo: el de una acerada -e implacable- lucidez que palpa la noche y trata de deducir algunas pistas con que interpretar su sentido o su absurdo final (si es que no son una y la misma cosa).

Ciertamente, Ramón Andrés ha corrido muchos riesgos en este libro, abriéndose las carnes hasta unos límites no siempre fáciles de soportar (ni para el autor, ni para el lector). Uno se siente, a veces, tentado a pasar de puntillas ante ciertos aspectos vitales que, en su ilusa pulsión apolínea, preferiría no conocer; a algunos, admitámoslo, nos siguen gustando los hombres de una pieza, rotundos, homéricos… seguramente porque no tenemos nada de todo ello: somos absolutamente modernos, y esa es nuestra perdición, el vivir fragmentados, cuando no rotos para siempre. Y en ese espejo que nos pone Andrés frente a los ojos, nos echamos a temblar. Pero los libros no se publican (o no deberían publicarse) para consolarnos con verdades más o penas piadosas -y todas lo son, incluso las científicas-, sino para recordarnos que estamos hechos de barro maleable, que nuestras formas son provisionales y transitorias, que nuestros proyectos apenas superan el estatuto de pasos que se borran en la nieve, y que todo viene de lo indeterminado y regresa a lo indeterminado, se le llame -como yo lo hago- Dios o la nada. En este sentido, Caminos de intemperie se revela como una estación de paso necesaria en la trayectoria de cualquier lector que se precie: en esta España nuestra tan desorientada y superficial, Ramón Andrés sigue siendo un faro imprescindible, incluso -y sobre todo- cuando parpadea.

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