Magüi Mira es Molly Bloom en las tinieblas de la memoria, mientras pasa un tren que llora

Por Horacio Otheguy Riveira

Ulises, de James Joyce. Crónica de un día en la vida de Leopold Bloom, de su mujer Molly y del joven Stephen Dedalus en la ciudad de Dublín. Con la descripción de la odisea interior de estas vidas insignificantes, el genio de James Joyce convirtió la prosaica y vulgar epopeya de un hombre de su tiempo, primeros años 20, en una obra inmortal al margen de etiquetas, con un lenguaje a contracorriente que creó ilustres sucesores como quien fuera su secretario, Samuel Beckett, las francesas Nathalie Sarraute y Marguerite Duras, entre muchos otros.

Se publica en 1922, de inmediato prohibida por obscena y despreciada por «tonta, ridícula, exasperante». Incomprensible el tratamiento narrativo que bucea en una cotidianidad de gente gris que, sin embargo, es capaz de arrastrarse por el barro y contarse a sí misma todo lo que socialmente ha de callar. Al final, habla ella, la esposa de Leopoldo, Molly Bloom, la que perdió el apellido al casarse. Su testimonio es implacable y bochornoso para los hombres y mujeres de la época: habla sin tapujos de su insatisfacción sexual.

A merced de los caprichos de marido y amante, los portadores de un sexo que marca la diferencia, Molly se erige como estandarte de la lucha de la mujer por adquirir voz propia y enaltecer la belleza que solo tiene su cuerpo, porque a quién se le ocurre ponernos un agujero y a ellos una cosa blanda que se pone dura para entrar con entusiasmo de donde han salido…

El desolado perfil que dibuja de sí misma está cargado de valentía. La creación del monólogo interior aviva esa libertad imposible de decir entre congéneres. En 1922 fue una revolución que las mujeres más necesitadas de romper reglas se lo fueron pasando en copias manuscritas. Obra prohibida, cargada de tabúes. Tras la segunda guerra mundial se van permitiendo publicaciones hasta convertir el Ulises en una obra inclasificable, hasta hoy estudiada con esmero por apasionados defensores y detractores abundantes.

¿Y qué ha sido de Molly? Ella no tiene su propio libro, sigue dependiendo del nombre y el dinero del marido, de los hombres.

En 1979, recién estrenada la democracia española, una pelirroja muy atractiva, con adaptación y dirección de su entonces marido Sanchis Sinisterra, sube a escena con enorme éxito La noche de Molly Bloom. Una pieza que tenía mucho de comedia liberadora. En plena transición, las mujeres de un país que las manipuló bajo palio católico ya confiaban en tiempos de éxitos, de victorias perdurables e iban a por todas. Molly encabezaba la rabia y el coraje cuando todavía había mujeres en la cárcel condenadas por adúlteras.

Aquella prometedora actriz se convirtió en una gran mujer de teatro, colmada de aplausos y premios, que a partir de los 60 años afirmó a paso acelerado su talento dirigiendo/interpretando en España, Italia o Rusia piezas de repertorio y contemporáneas, coescribiendo adaptaciones, interpretando aquí y allá personajes interesantes también en películas. Todas creaciones con especial protagonismo de diversas mujeres. Hoy reaparece coescribiendo, interpretando y dirigiendo otra Molly Bloom que se permite muchas más libertades que entonces, que golpea con similar desparpajo pero mayor enjundia por los muchos fracasos que todavía palpitan en la existencia del sexo femenino.

Es esta una función que abunda en metáforas poéticas y en lances directos, nombrando a las cosas por su nombre, y por su nombre sus frustraciones sexuales que lo iluminan todo, ya absolutamente claro que toda caricia, todo beso, toda penetración va cargada de historias demasiado a menudo trágicas… porque la revolución de la mujer acaba de empezar.

Una función, también de gran generosidad para con el público, gracias a una puesta en escena que invita constantemente a la imaginación de quien escucha y ve a quien se mueve felinamente alrededor de un lecho ya inútil, de negro cubierta, pero con unas medias que enaltecen sus bellas piernas con colores brillantes. La oscuridad está cargada de luz y subtextos para quien quiera leer sobre la piel oculta de la que padece, se burla, ironiza y sueña con jóvenes esbeltos que ya no estarán a su disposición y a los que le gustaría servir unos suculentos desayunos…

Una cama que podría ser de los años veinte, oscuridad alrededor, y un potente espacio sonoro reducido al máximo: la voz de Molly viene de lejos, es más, la sorprendemos en soliloquio ya iniciado con un enjambre de voces femeninas que se apagan para que solo la escuchemos a ella, y así navegar a su lado en torno a una cama clave para las pasiones y desdichas de los sexos más o menos hambrientos que se buscan y desencuentran, aunque «ellos» crean haberlo dominado todo.

La gran cama negra y el negro vestido del personaje invitan a creer que este suceso es luctuoso, que su voz está encerrada no solo en su mente sino en una mortandad trágica, circular, que aletea con la esperanza de que se acabe por comprender lo que una mujer necesita en un mundo de hombres egoístas. Paradójicamente, tampoco se salva el luminoso escritor que le dio vida, pues fue un sumiso compañero de una esposa dominante y padre posesivo de su única hija a la que trastornó hasta acabar en un manicomio (La hija de James Joyce).

Magüi Mira es Molly Bloom en 2022 con una energía trágica cargada de esperanza. Propia de toda tragicomedia que hace del lodo nauseabundo por donde se mueve, un lago de prístina belleza, una preciosidad (palabra que se repite notablemente a lo largo del texto) capaz de llenar las salas donde se representa con predominante público femenino. Al acabar la función la actriz agradece los aplausos sobriamente, no sonríe como si no hubiera pasado nada. Mantiene la contención dramática, el profundo dolor de su personaje y los aplausos aumentan para retener lo más posible la musical cadencia de un trabajo excepcional.

 

Nunca pensé que mi apellido sería Bloom… El mío lo perdí cuando me casé con Leopold. Lo escribía en letras mayúsculas para ver qué tal quedaría en los carteles. Molly Bloom. Molly. Mi madre, me podía haber puesto un nombre más bonito…, con lo precioso que era el suyo…Lunita… Lunita… lunita. Ese tren otra vez. Ahora parece como si llorase. Me recuerda esa canción «Cuando los días pasados que no volverán»… (Foto: Gentileza Antonio Castro).

Engañar a un marido me parece bien, pero a un amante no. No. Es mejor que Leopold no venga conmigo. Así a lo mejor a Boyland se le ocurre hacerlo en el tren, dándole una propina al revisor, me encantaría con el traqueteo… Él haciéndomelo por detrás y yo mirando por la ventanilla… Y si me escapara con él y no volviera. Todo el mundo hablaría de nosotros, me haría famosa, saldría en los periódicos, y eso me lanzaría en el teatro…

Versión y dirección: Marta Torres y Magüi Mira
Diseño de iluminación: José Manuel Guerra
Diseño de vestuario: Helena Sanchis
Espacio sonoro: Jorge Muñoz
Gerencia y regiduría: Jorge Muñoz
Diseño de cartel y fotografía: Geraldine Leloutre
Productor: Jesús Cimarro
Una producción de Mirandez Producciones y Pentación Espectáculos

REPARTO

Magüi Mira

EQUIPO DE PENTACIÓN ESPECTÁCULOS
Director: Jesús Cimarro
Subdirector: Raúl Fraile
Secretaría: Arancha Sesmero
Jefa de distribución: Rosa Sainz-Pardo
Distribución: David Ricondo y Encarna Rico
Jefe de Producción: Pablo Garrido
Coordinación Teatros: Brais Fernández Jefe
Técnico: David Pérez
Jefa de administración: Ángeles Lobo
Administración: Javier Bautista, Alejandra Dubert, María de la Luz Barriga
y Juan Carlos Mesa

Comunicación: Adriana Lorena
Eventos y grupos: Irene Valentín (663 206 992)
Recepción: Diego Mayo

TEATRO QUIQUE SAN FRANCISCO. HASTA EL 13 DE FEBRERO 2022

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