‘Melvill’, de Rodrigo Fresán

Melvill

Rodrigo Fresán

Literatura Random House

Barcelona, 2021

296 páginas

 

Por Mario Amadas

Era fascinante la descripción que hacía Andrew Delbanco de Allan Melvill cruzando a pie el congelado río Hudson, en diciembre de 1831, en las páginas de Melville. Su mundo y su obra. Era sucinta la mención, corta y evocadora, así que no me extraña que ese parpadeo despertara las posibilidades narrativas que contiene en alguien como Rodrigo Fresán, que siempre ha mencionado a Melville como una de las cimas preferentes de entre sus revisitadas lecturas fundacionales. Fruto de esa gema enterrada en la biografía de Delbanco y de su conocimiento de Herman Melville es esta novela, Melvill, espléndidamente bien armada, estructurada en tres partes y narrada con (o desde) varias voces. La novela se lee como un fluir, como un movimiento equilibrado, casi como una transmisión o herencia; así que, entusiastas de Fresán y de Melville: tenemos cita conjunta entre estas páginas.

Hay, ya digo, una alternancia continua de voces en el libro. En la primera parte está el narrador principal, que no se sabe muy bien quién es, y está, también, el narrador relegado a las notas al pie, que no es otro que Herman Melville. Libro bifronte que es historia y biografía y relación paternofilial, esas voces son la vida de Melvill y los intentos de significación, desde su posición filial, de Herman, su necesidad de autonomía para ser. “Relación es la verdadera sustancia del ser”, como dijo Ernesto Cardenal en un poema, y ahí parece estar el centro de la novela, en la que se explora la manera en que una relación concomita entre dos polos para que veamos cómo uno influye y modifica al otro.

El libro es en sí mismo interrupción, digresión, hace de la digresión, de hecho, su gracia principal y su razón de ser, y así las notas al pie, que siempre son diálogo, relación, tienen pleno sentido en la novela. La herencia y el recuerdo de los padres en el hijo ya mayor, y cómo todo ello modifica su presente es una de las claves del libro. Esto tiene un claro correlato en la carrera del escritor, entendiendo la obra como el hijo, objetivándose así la poética literaria de Fresán en las vidas decimonónicas de sus personajes, y probablemente su propia idea y vivencia de la paternidad.

Se nota, por otra parte, el desaforado entusiasmo de Fresán por Melville: ha leído biografías y biografías y el texto está lleno de referencias a su obra (cosa que sí funciona y tiene todo el sentido), a su vida y la vida de sus parientes. En este sentido, se lee como una suerte de biografía creativa (en la que ficción, historia y análisis de las relaciones familiares cuaja en un todo coherente y atrevido, original en su conjunto, como no funcionaba, por otra parte, la en mi opinión muy presuntuosa M de Eric Schierloh). Aquí, en la obra de Fresán, se teje una red de afectos y deudas entre padres e hijos que se desprende de esa doble apuesta por biografiar a la vez a Allan Melvill y a su hijo Herman. Ente los datos del biógrafo y el historiador se inmiscuye el novelista Fresán para escribir el tejido de esa relación padre-hijo y de las más cercanas, significativas, de entre las otras relaciones de la constelación familiar.

En la segunda parte hay una cesión, por así decir, de la narración al pie, y pasamos a oír sólo la voz de Allan Melvill. Aunque hay permutas y se nos presenta a Nico C. y a Cosmo Il Magnífico narrando entre todos el Grand Tour de Allan Melvill por Europa, con, sí, sus reflexiones sobre el hielo, la nieve y su blancura, lo que domina es la alucinada y torrencial verborrea de un Allan Melvill febril, en la que se extienden sus propias vivencias, con sus recuerdos del Hudson helado, sus sueños y frustraciones. Se describe el viaje real de Allan Melvill, como digo, pero no tanto para dar testimonio de ese viaje, que también, sino para presentarlo como precursor e influencia y estímulo de la vocación vital y escrituraria de Herman Melville. Esa transmisión, ese fluir, es lo que está en el corazón de la novela. El tiempo convencional también se rompe con esas referencias de Nico C. a textos extemporáneos, posteriores a la vida de Allan. (Recuerda esto a cierto párrafo de Matadero 5 que a Fresán le gusta citar). Y Nico C., por cierto, es una referencia en la que no había caído y que no desvelaré pero que, sabida ya al final, parece de obligada mención en el firmamento fresaniano.

¿Qué es un hecho? Un precursor. Ese hecho tiene un protagonista y, más tarde, llega otro protagonista que lo interpreta, metaboliza y reinterpreta. En esa cadena de continuas sinergias interpretativas y creativas se posa la novela, es lo que estudia la novela. Melvill es entre otras cosas pero quizá por encima de todo una novela sobre la paternidad.

La evolución de las notas al pie en el tránsito de la segunda parte a la tercera, hasta convertirse en textos de página completa, son el crecimiento e individuación del hijo. Ahora sí la propia experiencia de la paternidad objetivada aquí en la relación Allan-Herman, o, si se prefiere, Melvill-Melville. Nadal Suau ha calificado, entre otras cosas, de “indagación íntima en torno  a la paternidad” esta novela, y sin duda creo que ése es el elemento principal, aunque se le puedan extraer, cómo no, otras lecturas simultáneas como el de la influencia literaria o el curioso funcionamiento de la memoria. Estos tres pilares son parte de una arquitectura interna muy bien tramada y la transición de una a otra tiene sentido y parece que no podría haberse escrito de otra manera, dado el tema principal.

La escritura corre rápida y fluvial como siempre en los libros de Fresán. La prosa está llena de estructuras bimembres, compuestas de parecidas palabras paralelas, homófonas, que cumplen su función rítmica en el vaivén de la frase. También abundan las concatenaciones, las aliteraciones, las imprevisibles asociaciones de ideas y los guiños y referencias al imaginario referencial, ajeno al tiempo (guiños al “Aullido” de Ginsberg o a títulos de Cortázar viniendo de la voz del Melville anotador al pie), que ya son parte identificable de la cosmovisión fresaniana de la escritura. Hay, también, modestas variaciones de una misma palabra en cada una de las cláusulas o celdas de la frase para crear ese ritmo y esa bipartición, a la vez repetitiva y creativa: “…los contratos violentados o los violentos certificados”, etcétera.

No sé, de todos modos, si soy el más encendido amante de este tipo de escritura. Se puede interpretar como un intento, un poco forzado, por ser original y llamativo, y eso a unos les puede gustar muchísimo, y a otros, en cambio, no tanto. “El estudio donde me estudio” es frase que no sé si funciona, y, como ésta, muchas. El polisíndeton (o, en palabras más amables, la repetición intencionada de conjunciones, como en «entro y salgo y avanzo y retrocedo”, que es uno de los ejemplos más cortos que he encontrado), es un recurso habitual en estas páginas, y ese ritmo jadeante puede ser cansino en la lectura. Fresán parece incluir sus referencias o guiños como pequeñas bromas privadas, como autodivertimentos, y en ese sentido está perfectamente bien que lo haga, claro, pero cuando son tan obvias (como la de la apertura de «Aullido») o se repiten (como ciertos versos ya citados del fantasma de la electricidad de Dylan), acaban siendo fáciles concesiones a una manera de condimentar el texto que no siempre funciona ni tiene gracia. Repito: está bien y que cada uno llene su texto de las bromas que quiera, sólo faltaría, pero si como lector o lectora ya te lo esperas y anticipas, pierde su frescura y, lo que es peor, su sentido.

Ese es el único reparo que le puedo poner a esta novela rara (en el mejor de los sentidos), sobre tantas y tantas cosas, tan bien pensada y estructurada. Una novela que, para mí, logra capturar el movimiento, que ha sabido ver en la influencia el tránsito de la influencia, y cómo eso se impresiona en nuestras vidas para modelar nuestro entendimiento de lo que nos rodea.

 

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