‘La apuesta perdida’, de Cristina Barrial y Pepe del Amo

La apuesta perdida. Ludopatía, ciudad y resistencia

Cristina Barrial y Pepe del Amo

Bellaterra

 

Por Mario Amadas

Con La apuesta perdida. Ludopatía, ciudad y resistencia, Cristina Barrial y Pepe del Amo han escrito un libro que toma la ludopatía como punto de partida para extenderse, luego, a otros confines y entender mejor los motivos que le han dado pie; así, acaban elaborando una radiografía de responsabilidades colectivas e institucionales que fomentan ese sufrimiento, esa dependencia, y, en el fondo, esa ilusión de las posibles ganancias inmediatas que se agazapa tras el vértigo de cada apuesta. Detrás de este libro hay un gesto de solidaridad y humanismo que es el de no responsabilizar a la persona; eso es, o sería, lo fácil, algo a lo que autora y autor se niegan. Si la tarea del ensayista es hacerse las preguntas pertinentes, Barrial y Del Amo así lo han hecho y han extendido el marco de responsabilidades hasta presentar un panorama mucho más circunstanciado y explicativo de un fenómeno que no deja de ser síntoma de un capitalismo persecutorio, asediante, que condiciona para mal las vidas de la gente.

La mirada social es el estigma, en muchos casos, pero esta viene condicionada por la mirada institucional. Autora y autor hablan, en las primeras páginas del ensayo, sobre las personas que juegan pero no logran “maximizar beneficios”, es decir, ganar dinero. Así, siguen, “quien sufra los estragos de la adicción será entendido como un sujeto irracional que tendrá que asumir la culpa sobre su situación”. Se exonera toda circunstancia, aquí, toda responsabilidad colectiva e institucional, y se enfoca todo al individuo, responsabilizándolo. Se expulsa al ludópata del imaginario colectivo, y, cuando se le incluye, “se circunscribe el problema al de esa persona en particular, obviando toda dimensión social”. El libro es una ilustración ejemplar de cómo funciona y en qué consiste esa dimensión social, y así vemos hasta qué punto hay condicionantes sociales que fomentan la ludopatía e intereses económicos en que proliferen las casas de apuestas. Vemos también que hay un esmero particular en decidir (estratégicamente) en qué barrios, con qué rentas medias, se instalan los locales para hacer bingo. Es un gesto de justicia social, la escritura de este libro. Barrial y Del Amo ponen el acento donde toca y responsabilizan al poder de los males que el poder atribuye al ciudadano no normativo.

La proliferación de estas casas de apuestas está lejos de ser casual. Pero, como decía, su presencia en barrios periféricos tampoco lo es: “que el reparto desigual de las casas de apuestas en el espacio urbano sea el mismo (…) que el de recursos (…) es una muestra latente de las causas sociales que operan para que las tasas de ludopatía se disparen entre la clase trabajadora”. Los datos que aportan Barrial y Del Amo son significativos: “cuanta menos renta, más población migrante y más paro: más casas de apuestas”. El porqué de todo esto está detallado en las páginas de La apuesta perdida: pareciera que es ocio, pero es dominación.

Como los males nunca llegan solos, Barrial y Del Amo también responsabilizan a la publicidad de la adicción al juego. O, mejor dicho, han rastreado los motivos que llevan a la ludopatía y, entre los mayores incitadores, está,  mefistofélica, la publicidad. Sánchez Ferlosio decía, en ese inagotable géiser de anticapitalismo ilustrado que es Non Olet, que era obra de la publicidad “la transformación del consumo en una nueva forma de ocio”. Lo que parece evasión o divertimento no lo es, porque, como dicen autora y autor, estos anuncios no pretenden vender algo o persuadirte de que pagues a plazos no sé qué producto sensacional: lo que hacen es vender “un estilo de vida, un espejo que te devuelve lo que quieres ser”.  Una ilusión.

El juego se estudia también como consecuencia de esta concepción actual de la persona como “empresa de sí”, algo en lo que también indaga Eudald Espluga en No seas tú mismo. Todo es o debe ser ganancia. Así las cosas, la seducción de las casas de apuestas parece irresistible. A medida que avanza el libro vemos que autora y autor van desdibujando las fronteras entre ludópata y sociedad. Nos enseñan a interpretar el espacio público pero sobre todo las condiciones desiguales desde las que accedemos a ese espacio público. Y así vemos las consecuencias de un capitalismo persecutorio: el que no llega, no es nuestro. Vemos que los que no jugamos tenemos vicios sociales y dependencias económicas parecidas, que vivimos bajo una estructura-sanguijuela muy parecida a la que sufren quienes sí están normativizados como ludópatas. Gentrificación, precariedad laboral, fondos buitre… la relación entre los asiduos a las casas de apuestas y la realidad social que los empuja a ella es hablar también de urbanismo y de una intencionada marginación social. De una hostilidad colectiva.

Se reivindica en el libro la ciudad como espacio público y colectivo que fomente las relaciones sociales, el ocio y la vida vivible. Nos dicen: “La exclusión en el uso y disfrute de la calle de ciertos segmentos de población bebe de una idea de civismo y de acceso a la ciudadanía occidentalocéntrica, racista y clasista”.  Y al hablar de los locales de las casas de apuestas hablan del acceso a los espacios públicos en la ciudad, y de cómo la consecuencia acaba siendo que “las casas de apuestas son el escenario de la sociabilidad negada”. Nada esto es casualidad. Regulaciones municipales que restrinjan o limiten el uso de esos espacios (nota al pie número 35) pueden estar sospechosamente cerca del clasismo y racismo de Estado como en el aclarador ejemplo que ponen de las redadas policiales.

El ensayo es corto pero de alcance incontenible. Documentado e informativo, pero además admirable y necesario en su afán, logrado con brillantez, de dar contexto a un problema muy concreto, que, como todo en sociedad, nos concierne a todos y todas. Un repaso sociológico a la ludopatía demuestra, en el penúltimo capítulo, que las mujeres están infrarrepresentadas en estos censos. También ponen el acento en el porqué de ese vacío. Esta  obra –iluminadora– se hace las preguntas pertinentes y redirige el peso de la responsabilidad a cada uno de los factores que determinan que uno caiga en el juego. El panorama es así mucho más desolador pero también mucho más certero.

Será quizá entrometerse demasiado pero la lectura me ha encantado por lo que ha tenido de descubrimiento de un mundo para mí desconocido (el de las casas de apuestas), y por ver cómo autora y autor las han estudiado y utilizado como imagen a escala de nuestro tiempo, para vertebrar su muy consciente y documentada crítica al capitalismo. Dicho de otra manera, quizá mejor: hablando de la ludopatía hablan de nuestro tiempo, de nuestras ciudades, de nosotros y nosotras, de lo que vivimos todos los días, para que así entendamos algo más de nuestro entorno.

 

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