‘El libro de la esperanza’, de Jane Goodall y Douglas Abrams

El libro de la esperanza

Jane Goodall y Douglas Abrams

Traducción de Antonio Francisco Rodríguez Esteban

Paidós

Barcelona, 2022

270 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

“Me sorprendió descubrir que la esperanza es muy diferente al deseo o a la fantasía. La esperanza conduce al éxito futuro de una forma que la ilusión no consigue. Aunque ambas implican pensar en el futuro con una rica imaginación, sólo la esperanza nos incita a una acción dirigida al objetivo deseado”.

Durante docenas de páginas, Douglas Abrams busca la definición de esperanza que se adapte a lo que Jan Goodall propone: algo en positivo. Esperanza es, en buena medida, un término traicionero. Basta recordar el mito de Pandora: cuando abrió la caja escaparon los males para esparcirse por la Tierra; excepto la esperanza, que es el que guardó para sí, el que conservan los hombres, el que estaba al fondo de la caja. ¿Por qué? Según algunas interpretaciones, porque se trataba del peor de todos ellos. Los griegos identificaban la esperanza con la resignación, que es un mal que conduce a la inmovilidad. Sin embargo, Goodall se empeña en hablar de una emoción que nos conduce a sacer lo mejor de nosotros mismos y ponernos manos a la obra. Todo lo contrario a la esperanza griega y más parecido, en ocasiones, a los resultados que provoca la desesperación: nadie va a sacarme las castañas del fuego si yo no lo intento.

Lo que ocurre es que los términos en los que Goodall propone actuar implican serenidad y, sobre todo, bonhomía. A lo largo de todas las horas de conversación que se reflejan en este libro, Goodall transmite calma, compasión, paciencia, capacidad de perdonar, generosidad. Tal vez esa sea la gran enseñanza, más que lo concreto, más que las reflexiones, que son bastante juveniles, bastante humildes, bastante libres y bastante cordiales. En realidad, se trata de una obra pensada para un público que necesita este tipo de empuje, para la gente que posee el fuego, para la juventud, a la que tanto admira nuestra primatóloga. Pero nosotros tenemos que pensar en ellos. Es posible que no tengamos la energía, pero sí los fundamentos.

Y son necesarios para actuar sobre los cuatro pilares de maldad que Goodall denuncia como remediables, pues está convencida de que estamos a tiempo: mitigar la pobreza para no esquilmar el planeta, limitar el estilo de vida insostenible que tienen los ricos y quienes los imitan, eliminar la corrupción y afrontar los problemas derivados de la creciente población humana y su ganado. Goodall nos va hablando de una ética sencilla, en la que será el individuo el que modifique el curso de la Tierra, que es un barco que se aproxima a un iceberg. Los cambios serán a partir del individuo, porque Goodall cree en las personas, y no tanto en los Estados.

Estos fundamentos se van retratando con un toma y daca de situaciones, anécdotas, datos y experiencias, en las que la biografía y lo vivido por Goodall se combina con las de su entrevistador, Douglas Abrams, que intenta no ser ajeno a las bondades y los mensajes que transmite la científica. En este caso, comprobaremos que ciencia y humanismo hacen música dentro del mismo enjambre. Y la observación, la inusitada capacidad de observación de Goodall, que se nos antoja una buena forma de meditar. Estamos frente un libro bueno, en el buen sentido de la palabra bueno.

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