‘Islas a la deriva’, de Ernest Hemingway

ANDRÉS G.MUGLIA.

Islas a la deriva o Islas del golfo, como también se la titula, es una de las obras publicadas post mortem de Hemingway, tal como París era una fiesta o Al romper el alba. Después de varias internaciones y tratamientos con electroshock para curarlo de su alcoholismo, obsequios de la preclara psiquiatría de su época, Hemingway se suicidó (como su padre, como su hija) en 1961. Islas a la deriva se publicó mucho después, en 1970, con gran suceso de ventas. Motivado quizás por la expectativa que provocaba el mito de un baúl olvidado en la Finca “Vigía” de la Habana donde vivió Hemingway, repleto de papeles del escritor. El mito no era tal y buena parte de Islas a la deriva anidaba en el legendario baúl.

La novela da cuenta del destino de un artista plástico, Thomas Hudson, y se divide en tres partes. La primera, la vida del artista en la isla de Bimini, un paraíso situado en el archipiélago de las Bahamas, al norte de Cuba. Mar turquesa, cielos infinitos y todo lo que el Caribe ofrece a la imaginación de todas las épocas, brindan el escenario donde vive cómodamente el solitario Hudson, matizando su buscada soledad con una mezcla de trabajo, cantidades exuberantes de alcohol en todas sus variantes y la compañía de su buen amigo el escritor Roger Davis; un hombretón borracho y pendenciero pero de buen corazón (quizás así se viera a sí mismo Hemingway) que subsiste a base de una literatura comercial que detesta, y que no se decide a escribir algo dónde real y sinceramente vuelque todo su potencial.

Hudson recibe la visita de sus tres hijos, con quienes convive en armonía, combinando paseos, salidas para pescar a los fantásticos peces espada ya célebres desde El viejo y el mar, y pequeñas aventuras vacacionales. La vigorosa escritura de Hemingway, su capacidad para la descripción y el diálogo, y todo los elementos que lo hicieron famoso, se encuentran en plenitud en esta primera parte idílica donde Hudson comparte el verano con sus hijos, que partirán luego para sumergirlo de nuevo en su rutina de pintar-beber-conversar-pasear.

En la segunda parte tenemos otro escenario y otro Thomas Hudson. La acción transcurre años después en Cuba, durante la Segunda Guerra Mundial. Este Thomas Hudson, muy diferente al anterior, es un personaje derrotado que rueda por un plano inclinado lubricado de alcohol directo a su propia ruina. Casi toda esta segunda sección se la lleva un pasaje (tal vez demasiado extenso) en un bar, donde Hemingway hace gala de todo su oficio para sus diálogos rápidos, brillantes, sin acotaciones, que convierten estas páginas en (casi) una pequeña obra de teatro. Entreverada en este diálogo el autor nos proveerá de información valiosa para comprender la última parte del libro.

En esta tercera parte, Hudson es el comandante de un pequeño grupo de hombres que se dedica a perseguir por mar a los tripulantes de un submarino alemán que naufragó cerca de Cuba. Pocos conocen la existencia del grupo de Hudson, mezcla de soldados de varias nacionalidades (incluso vascos), que actúa en la clandestinidad con la ayuda del gobierno estadounidense.

Esta última parte de la novela, cambia de nuevo el registro de la acción para convertirse en una típica historia de aventuras; con sus cosas buenas y malas. Hay acción, violencia, peligro, sospechas internas en el variopinto grupo de Hudson, y otro poco de todo lo que constituye una novela de aventuras, con todos sus estereotipos al servicio del buen oficio siempre presente de Hemingway.

Entonces: una novela con tres partes bien definidas: el paraíso, el infierno y el purgatorio al final. Las tres las atraviesa Hudson con el estoicismo típico de los hombres duros creados por este escritor, que tanta tela dieron para cortar a la literatura posterior. Con altibajos, Islas a la deriva es una obra bien Hemingway, póstuma y desde luego imperdible.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.