‘Adiós a las armas’, de Ernest Hemingway

ANDRÉS G.MUGLIA.

Adiós a las armas fue publicada en 1929. Basada en las experiencias del autor durante su participación en la Primera Guerra Mundial, a menudo Adiós… es tomada como una novela autobiográfica. Sin embargo, Hemingway tamizó con su imaginación buena parte de sus recuerdos.

Pero comencemos por el principio. ¿Cómo llegó un joven estadounidense de 21 años a participar en la Gran Guerra? Hemingway, demostrando que ya contaba con la inquieta personalidad que lo hizo tan célebre como su talento para la escritura, acudió a una oficina de reclutamiento de la Cruz Roja en Kansas City, y se alistó para cambiar su vida de redactor novato del periódico Kansas City Star, por la de conductor de ambulancias en medio de la sangrienta contienda.

Como apuntábamos, no se puede tomar Adiós… como una autobiografía, porque, a pesar de contar con muchos datos comprobables de lo que le ocurrió a Hemingway en Italia, donde fue destinado con el grado de teniente, mucho de lo que acontece en Adiós… pertenece al orden de la invención. Rico en vivencias, Hemigway dependió de ellas, mucho más que cualquier otro autor, para construir sus obras alrededor o debajo de un andamiaje elaborado con retazos de su vida. Los escenarios, los personajes, los amores de sus novelas y sus cuentos, son reconocibles en muchos casos de su propia vida: viajes, aventuras y costumbres.

Y este mecanismo que mezcla realidad con fantasía, vivencias personales con acontecimientos inventados, atravesará toda la obra de Hemingway; que a veces se convierte en un juego del escondite entre autor y lector, que pugna por adivinar cuál es la base cierta de sus relatos. Como sea, es complicado dilucidar una cosa y la otra, porque Hemigway tiene el suficiente oficio para construir con esos materiales esenciales la obra que lo llevó al Pulitzer y al Nobel.

Pero no es todavía Adiós… digna de esos premios. Aunque bien construida, con una primera parte centrada en describir la guerra en las montañas italianas, donde los locales pugnaban con el ejército austríaco durante meses para ganar muy poco del difícil terreno en disputa; y una segunda parte donde la aventura persiste pero el eje está apoyado en el romance, Adiós… no presenta todavía todo lo que el autor desplegó en su obra madura. Es natural, se dirá, está diferencia; no obstante la cual pueden verse en Adiós… muchos rasgos embrionarios de lo que más adelante conoceríamos como las marcas inconfundibles de las historias de Hemingway. El protagonista (Frederick Henry) cínico y duro, pero a pesar de ello capaz de experimentar y expresar lo absurdo de la guerra. Los diálogos filosos y casi sin acotaciones. El alcohol presente tanto en la realidad como en la ficción como eterno compañero de ese protagonista. El machismo expresado de forma variada y persistente. La aventura como la consecuencia no buscada de un destino que impulsa a unos personajes que nada tienen de heroico, y si lo tienen es por accidente más que por mérito personal. La descripción en tono humorístico del mecanismo burocrático a través del cual le fue otorgada la medalla de plata al valor (que Hemingway sí recibió en la vida real) basta como ejemplo de lo poco que valoraba el escritor estás distinciones; y de lo ribetes bizarros y tragicómicos que siempre esconde la guerra. En este sentido Adiós… es un relato antibélico con todas las letras.

Promediando el relato Henry es herido en medio de un ataque austríaco. Una explosión de mortero le destroza la rodilla. En Milán, dónde será destinado para su recuperación en un hospital de la Cruz Roja, se reencontrará con Catherine Barkley, una enfermera inglesa que había conocido en las montañas, de la que se enamorará y cuya relación hará que la novela cambie completamente hacía el relato romántico. La historia de ese romance, que con su biografía a la vista (la real) será uno de los pasajes más «fantaseados» del libro, da un volantazo a la acción que cambia completamente el registro de lo narrado, que literal y simbólicamente comienza a dejar atrás la guerra.

Idealizada, preñada de los prejuicios de la época hacia las parejas que no estuviesen casadas y que los protagonista intentan ignorar, explícita en algunos detalles que para su época le valieron a Hemigway el apodo de escritor “sucio”, pero también de clichés del género romántico; el relato de la relación entre Frederick y Catherine no logra conservar la intensidad del argumento de la primera parte y hace que la novela decaiga hacia el final.

Buscado o no, ese contraste entre las dos partes de la novela, recurso que Hemingway utilizará más adelante en muchos de sus relatos, dividiéndolos en secciones que dan saltos en el tiempo o en la geografía; produce una especie de choque en el lector, que tiene la sensación de estar leyendo dos novelas diferentes, a pesar de conservar a sus protagonistas y parte de sus escenarios. Guerra vs. amor, sería una buena condensación mediante palabras simples de las dos partes en juego (o en disputa). Esta espléndida oposición simbólica no es tan eficaz llevada al papel y en términos de interés del lector. Pero hay lectores y lectores, y puede quien, en válida oposición contra quien esto anota, encuentre más interés y estímulo en la segunda que en la primera parte de Adios…

Como sea, siempre hay motivos para leer la prosa de Hemingway y, en este caso, una de sus primeras novelas, donde ya comenzaba a demostrar su estilo y su forma de construir las historias; que darían cátedra a muchos escritores que vinieron después y que lo imitaron profusamente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.