Poesía en los bordes: Rodolfo Serrano

© MANUEL RICO

Cuando me acerco a cualquier ensayo o antología que trata de un determinado período de nuestra historia literaria, siempre pienso en las zonas de sombra, en las esquinas perdidas, en los bordes… Es decir, en los que no están, en los que son nombrados de paso, en los olvidados o excluidos, en los que llevan largos años escribiendo con rigor y con un alto nivel de calidad sin que ese empeño conlleve la atención de críticos o académicos. Rodolfo Serrano nació en 1947. Ha sido periodista (sigue siendo, porque ser periodista es una vocación con la que se convive hasta el final) y, de haber encontrado ubicación en la categorizaciones generacionales o grupales al uso, estaría entre los más jóvenes de los novísimos y los mayores de la generación de los ochenta, para que nos situemos.

Rodolfo Serrano, en el centro, entre Ana García D’Atri y Manuel Rico

He leído, en el último mes, El frío de los días y he confirmado las sensaciones que me invadieron cuando leí  su poemario anterior, Un cadillac de segunda mano. Que el poeta es consciente de la servidumbre arriba apuntada es un hecho. Lo refleja, con un tono cómplice y hasta cierto punto escéptico y no carente de ironía, en un fragmento del poema «Una llamada» de su último libro: «No tengo premios ni flores naturales. / Y mis poemas cualquiera puede usarlos, / si le sirven. Tampoco valen mucho. / No me admiten ni en ciertas camarillas / ni en tertulias y clubes literarios». Por tanto, Rodolfo Serrano puede ser considerado como poeta ocupante, con algunos otros autores de calidad, de esa esquina opaca en la que quedan los poetas fuera de clasificación, los que, por haber cultivado otros géneros o ser conocidos por labores no específicamente líricas, quedan fuera de los recuentos, de las familias, del canon.

Lo conocí en Vallecas, en los días en que trabajé en la Asamblea de Madrid —ominosos días de tamayazos y oscuras ententes para evitar el cambio en la orientación política del gobierno regional—, en que él ejercía de periodista parlamentario, y en aquellos días andaba enredado en la difusión de Toda España era una cárcel (2003), un libro imprescindible para nuestra salud democrática y para nuestra memoria, escrito junto a Daniel Serrano.

Hace ya tiempo, cuando trabajaba en la primera versión de mi novela, Una mirada oblicua (1995),  algunos años antes de coincidir con Serrano, hice mío, como una suerte de lema, una de las frases que formaban parte del primer borrador y que al final quedaron como parte del texto definitivo: «La memoria es la única ciudad en la que no nos sentimos forasteros». Ahí vivimos hasta la muerte y, en buena medida, nos protegemos del frío, encontramos refugio y salvación frente a las inclemencias de la realidad, sobre todo cuando es dura y hostil. No son muchos los escritores que, viniendo de las luchas democráticas contra la dictadura franquista, comprometidos de jóvenes, han perseverado en la defensa de las ideas fundacionales de ese compromiso. Rodolfo Serrano es uno de ellos. En todos sus libros de poemas se pone de relieve y, de manera muy especial, en su “cadillac” y en este El frío de los días. Practicante de una poesía directa, poco amigo del artificio lingüístico y muy atento a los dictados de la emoción y de la memoria, en sus versos se adensa toda una mirada generacional. Versos de ritmo sostenido, de pulsaciones clásicas, sobre todo de las que llegan de algunos poetas del Siglo de Oro como Quevedo o Lope, y de aliento machadiano al que se añade, cuando alude a la cotidianidad, un aprendizaje madurado en los tonos más conversacionales y autobiográficos de algunos poetas de la generación del 50: Ángel González, José Agustín Goytisolo, Gil de Biedma, quizá Pepe Hierro o el Blas de Otero de las Hojas de Madrid, maestro semi oculto. Gran parte de los poemas pueden leerse a ritmo de tango, tal y como el subtítulo del segundo de los libros nos muestra (Viejos tangos encontrados en una maleta). Tienen música. Eso es lo que hace, además, que tengan al oído una lectura sustentada en el verso blanco tradicional, sea el alejandrino, los heptasílabos o el endecasílabo.

Experiencias olvidadas que resurgen a la luz de la memoria, imágenes procedentes de una evocación de lo vivido, o asumida a través del cine, de viejas películas con zonas portuarias donde los bares abren al anochecer, con viejos estibadores meditabundos, en los que es posible encontrarse a algún marinero “hermoso y rubio como la cerveza” escapado de la copla cuarentañista que cantaba la Piquer.

Conciencia de la vejez, de los límites de la vida, de los rincones excluidos de la ciudad, de los sueños de juventud, se unen a la pulsión que nos lleva a revisitar, en el poema, los lugares que pueblan la imaginación y que han alimentado lecturas, películas, músicas —¿cuántos de nosotros no habremos experimentado la condición de acompañantes de Ingrid Bergman, suplantando a Bogart, en el aeropuerto bajo la bruma de Casablanca?— o que habitamos algún día en la realidad. Serrano, en estos dos libros, despliega un mundo de espejos en los que el lector puede mirarse. Son, no obstante, unos espejos muy peculiares: todos tienen una ilustración de fondo. Una noche electoral en la que el amor se funde con el sabor de la derrota; un paisaje de fábricas, un bar semi desierto en la periferia de la ciudad, un coro de viejos amigos añorando las noches jóvenes, el erotismo sin límite y el amor idealizado, la tristeza “de estación sin viajeros y sin trenes”.

Creo —lo he ido aprendiendo a lo largo de los años, de muchas lecturas y de unos cuantos libros publicados— que no hay poesía sin emoción. La chispa que deslumbra, el destello lingüístico, la quiebra imprevista, o muy meditada, del discurso poético, el silencio buscado, se desactivan, dejan de operar cuando se desconectan de la vida. La poesía de Rodolfo Serrano tiende a lo contrario. Es una inmersión en la existencia y en sus palpitaciones y en una parte sustancial de la propia vida: la memoria.

La publicación de libros como los que nos ocupan revela la existencia de un mundo poético mucho más complejo del que a veces nos muestra la reiterada panorámica de los suplementos de los diarios y ciertas revistas. Con la lectura de estos dos libros he reconocido en Serrano un poeta de fuste.  Con un eficaz manejo de la música del verso y con una gran capacidad para inyectar emoción, empatía y complicidad sin caer en el almibaramiento (algo nada fácil cuando se integra sentimiento y palabra poética) y de situarnos ante las viejas y siempre nuevas verdades de la existencia: el paso del tiempo,  la vida, el amor y la muerte.  O la sombra de esta última, asomando detrás de la enfermedad. Es la edad, la experiencia vital, o la luz melancólica y temida de los hospitales. Como en el poema que sigue:

Hospital

Es una noche larga larga larga.
Alguien grita una queja justo al lado.
Quiere marcharse, dice. Se oye fuera
el paso presuroso de enfermeras,
tintineo de frascos y murmullos.
La habitación está en penumbra. Dormitamos
en esa duermevela
de hospital y de enfermos asustados.

Más allá de estos muros la vida está despierta.
Hay gente que se ama o que se ignora.
Habrá bares abiertos. Y en la sierra
resuena la tormenta. Los amigos
están ahora lejanos. Y las horas
son tortugas heladas en el sueño.

Hay un cansancio de gasas y de sábanas.
Y esta angustia del cuerpo malherido.
Esta noche que no amanece nunca,
que envuelve nuestra carne en el silencio.
La vida, Dios, la vida, tan pequeña,
frágil como el cristal. Ahora quisiera
abrazarla muy fuerte. Y escaparme
por viejas autopistas y contigo
huir de este dolor hasta nosotros.


RODOLFO SERRANO. Un cadillac de segunda mano. Huerga y Fierro. Madrid, 2020 | El frío de los días. Hoy es Siempre Ediciones.  Madrid, 2021.

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