José Asunción Silva en Bogotá

Foto: Consuelo De Arco

Por Antonio Costa Gómez.

Pasé diez días en La Candelaria, la parte histórica de Bogotá. Un día fui al cementerio de Bogotá, a ver la tumba de Silva. El vigilante que me llevó me dijo que la tumba era un refugio de marihuaneros y macarras. Antes vi otra tumba donde se apiñaba mucha gente, pregunté quién estaba allí, y debió de haber un malentendido, porque dijeron que allí estaba Dios. Me asusté bastante, esperé que solo estuviera dormido. Como están los dioses en el santuario de Kamakura en Japón, donde los fieles baten palmas para despertarlos.

En Candelaria visité varias veces la Casa de Silva. Es una casa colonial fascinante, con un patio frondoso, con fotos de varios poetas, con libros en ediciones cuidadas. Viví allí mi devoción por Silva. Conocía el «Nocturno III», y nunca acababa de recordarlo: «Una noche, / una noche toda llena de murmullos, de perfumes y músicas de alas, / una noche / en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas».

Volví allí, era el sitio que yo más amaba en Bogotá. Recordé sus años en París, donde vivió el dandismo y el simbolismo. Admiró la religión del arte en Karl Huysmans, concibió la novela simbolista que  titula «De sobremesa». En una charla, después de cenar el protagonista José Fernández, cuenta a sus amigos que una noche en Ginebra vio fugazmente a una muchacha de quince años, la condesa Helena de Scilly. Emprendió una búsqueda de esa visión por toda Europa y mucho después la encuentra, pero solo es un nombre en una lápida. Y mientras la busca lee a Nietzsche y Schopenhauer, vive las locuras de Maupassant, sueña los sueños del prerrafaelismo.

Yo conocía sus versos: «Se acercó y marchó con ella ¡oh las sombras enlazadas¡ / ¡oh las sombras de los cuerpos que se juntan con las sombras de las almas¡ / ¡oh las sombras que se buscan en las noches de tristezas y de lágrimas».

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