15 lecturas para 2022 (I)

Por Jesús Cárdenas.

Son tantos los libros leídos en los últimos meses que nos hemos visto desbordados. Y de ahí que sea imposible ofrecer un tratamiento, merecido, más amplio. Probaremos superarlo con dos escritos dedicados a sugerir la lectura de libros de poemas que sobresalen por la musicalidad, la tensión, la resistencia de la idea en equilibrio con el aprovechamiento de los recursos del lenguaje. En este primer escrito se ofrece quince títulos para releer, cuyos poemas no se los llevarán el cambio de año, quedarán perennes en el alma.

Estos libros de poemas, publicados entre 2020 y el año aún en curso, 2021, corresponden a poetas de distintas añadas. La mixtura, quizá, contribuya a reforzar el pensamiento que la poesía no entiende de edades ni tampoco de estilos; sólo de intenciones lúcidas y salvajes. Al repasar sus páginas, se siente la belleza, el disfrute, el alivio, la intensidad, el destino… Sólo una pequeña dosis, a renglón seguido, que invitan a su lectura, también en 2022.

   Antología de supervivencia I (Lastura) deslumbra tanto por la luz que revelan el ritmo y el foco místico puesto en la naturaleza como por el número de publicaciones recogidas. Tomo una mínima muestra del universo singularísimo de Juan José Alcolea (Badajoz, 1946): «Amigos, / cuando termine / mi voz como obertura de un poema, / dejadme descansar, / y, si es posible, / guardad en un canope mi recuerdo / y no miréis atrás. // Es vuestra savia / caudal en que se bebe el árbol viejo / y con vosotros / pondré trampas al tiempo con poemas».

   En clave de Jazz (Lastura) es un homenaje a la comunión de dos disciplinas tachadas de demasiado intelectuales para ser comprendidas. Olvido Andújar (Úbeda) consigue con este primer libro de poemas su convivencia y su reivindicación: «Quien ya ha comprobado / que no le encarrila en destino, / ni le detiene el origen, puede afrontar el viaje / por cualquier camino, / acompasar el ritmo, / reconocerse vagón, locomotora, / timón, travesía, alas, libertad».

   Humo de té (Diputación de Soria) sobrecoge el tratamiento evocador y plástico de finos trazos, el talento expresivo y un asombro en la transmisión de las escenas. Con él obtuvo el Premio Leonor Verónica Aranda (Madrid, 1982), cuya trayectoria conviene atender: «No he vuelto a entrar a los establos / donde te vislumbraba. / Hay un desplazamiento / en hilandera y mito. / Algo se ramifica / en cerezo y placenta. // […] Miro a las barqueras / remar / hacia el abismo imaginario».

   Desde lejos (Eolas) roza el amarre del sentido, derrama emoción en cada poema, presenta el vacío y luego calma. Arturo Borra (Argentina, 1972) despierta el asombro en lugares comunes para trazar puentes: “Caminar hacia ningún lugar / y cerrar los ojos / escuchar el mar tras las dunas / su murmullo en la orilla / para cuando ya no quede claridad // No importa que la penumbra sea: / así se confunden los pasos / que llegan desde lejos / como un ritual de despedida”.

   Regulación del sueño (Diputación Provincial de Cáceres), XXIII Premio de Poesía “Flor de Jara”, contiene poemas profundos, con un poso cultural espacioso para la reflexión de lo transitorio, entre descripciones oníricas de la naturaleza. Espigo estrofas de Santos Domínguez (Cáceres, 1955), magistrales en su composición: Desde un lugar opaco / canta una voz sin tiempo / una canción oscura / con la garganta blanca del olvido; Que este gesto fugaz de vértigo o relámpago / permanezca parado sin tiempo, en lo profundo / del paisaje sin luz del corazón. // Y ahora pide más luz, vibra en silencio, calla.

   La fragilidad (Visor), Premio Loewe 2020, tiene como motivo principal a la memoria y a la construcción del ser tras el derrumbe de la pérdida. Construye versos lapidarios Diego Doncel (Malpartida, Cáceres, 1964), además de poemas soberbios: «La calma que nunca tuve se tiende ahora / sobre la superficie de las toallas, la pasión vuelve a volar / […] Viví tan lleno de miedo que no tenía refugio, / temí y destruí lo que debía amar. La muerte ensucia / lo que más se quiere, como los perros y los insomnios. // Pero solo quien conoce el agua y la tierra / sabe que guardan el secreto de la germinación».

   El perro en la puerta de casa (Liliputienses) explora la identidad del ser y su lugar en el mundo. Sorprende Pablo Fidalgo (Vigo, 1984) con interrogantes y asociaciones extraordinarias tan cercanas a lo visual en la última composición: «Ese eres tú intentando definirte. / Navegando entre dos islas / que son dos identidades, que son dos perros, / que son dos formas muy diferentes / de llamar al timbre de tu casa. // […] Ese eres tú preguntándote / […] / por qué no hubo nunca un hombre sencillo / o una mujer o un niño de quien fiarse».

   Prado negro (Hiperión), formado por un grupo heterogéneo de poemas, atados por el virtuosismo métrico y un desaliento vital por refugiarse en la naturaleza. Amplía la trayectoria de Manuel García (Huéscar, Granada, 1966) con un distanciamiento de abalorios banales: “A veces escribir es un acto de barbarie y el escritor asesina lo que verdaderamente ama. Y escribir un verso es como firmar una sentencia de muerte o decir adiós para siempre a alguien. En realidad uno escribe para sí mismo. Porque todo hombre asesina lo que ama, ya lo dijo el poeta: el valiente lo hace con un cuchillo y el cobarde solo utiliza las palabras”.

   El tacto estremecido (Eolas) acrecienta el estremecerse, gracias a composiciones despojadas del miedo que nos pulsan y nos envuelven lejos del hastío vital. Pablo Malmierca (Zamora, 1972) es firme en sus versos aunque apuntale escombros: “Debes saber: / la palabra se desvanece. / Mientras esperas / un oscuro cobijo / en el que acurrucarte. // […] Debes saber: / el encuentro es el reflejo estéril de una sombra. / Mientras / absurdas imágenes / poblaban tu cielo”.

   Ritual del laberinto (Bartleby) rinde homenaje a la historia personal del autor, ecos de una época pretérita necesarios para entender esta otra. Julio Mas Alcaraz (Madrid, 1970) mantiene en vilo al lector mediante un discurso existencial que cuenta y evoca: «Pienso en vosotras y en vuestro dolor. // Pienso en cuando los árboles dejaron de crecer. // Todo recuerdo puede / volverse una revelación, / como el salmón que retorna a su río natal / y lo siente a la vez familiar y asombroso».

   El paso de la luz (Isla Negra / Crátera) modela una mirada perpleja de abrazar a la realidad con poemas concebidos hace más de una década. La introspección íntima de Blas Muñoz Pizarro (Valencia, 1943) dialoga con las ilustraciones visuales de Pablo Santin, así, mientras en la página impar unos ojos fulguran en un rostro diluido, escribe: No quiero hablar de mí, sino –contigo– / del mundo alrededor, del aire dulce / […] Solo eso: al pasar, permanecer, / mientras pronuncio a solas esos nombres / que en el aire, de pronto sorprendidos, / como rosas de invierno se deshojan”.

   Arde (InLimbo) consigna una expresión poética singular en un libro heterogéneo que dignifica la memoria. Es la voz de Sara Prida Vega (Asturias, 1990) sorprendentemente cautivadora y combativa: “Y nos miramos uno al otro / tras los párpados, arrobados, / la distancia magenta, / inexacta, leal y leve, / que nos separa aún / a nosotros / de la muerte”.

   El dilema del aire (Reino de Cordelia), XXIII Premio de Poesía Ciudad de Salamanca, conforma un cántico en una sucesión de breves poemas que poseen el don de la comunicación desde una dimensión íntima. Transmiten calidez y transparencia los versos de Luis Ramos De la Torre (Zamora, 1956): «Lo perdido o velado ardiente de silencio, / los truébanos del alma, / lo sencillo, / sugieren cautos que los recordemos hoy, / entregados, dispuestos, / eficientes siempre / al amor de su lumbre. (ascuas)».

   Sextante (Polibea) es la cartografía poética inédita desde 1982 a 1998, donde se transige gran variedad de motivos, tonos y estilos al compás que se oyen distintos ecos. Dialoga serenamente Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963) sobre el amor: «Tengo la casa entera para mí, / ya soy el único dueño de tu ausencia. / Teniendo libertad, sólo soy el siervo / de alguien que, no estando, permanece. // Escucho música y leo, traduzco: / me siento a dialogar con otras voces / por olvidar la falta de la tuya».

   Flores de la inocencia (Olé Libros) proyecta curiosidad, asombro ante la vida y transmite energía, hospitalidad e ímpetu. Estos poemas de José Luis Vidal Carreras (Vitoria, 1954) dicen más de lo que callan: «Todo se queda, todo se libra / en este puño trémulo. Su canto / es siempre la primavera vez; / su voz, la del azul al sol anclado. / No habrá vacío. / ¡Cuánto / podría amar lo que no fui!».

Y hasta aquí la primera tanda de recomendaciones. No quisiera terminar sin agradecer la generosidad de autores y editoriales. Su esfuerzo y su trabajo bien valen mi tiempo. Sin horarios, nada mejor que resguardarse al calor de estas quince hogueras (y otras tantas más) que impelen la memoria del ser.

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