No seas tú mismo

No seas tú mismo

Eudald Espluga

Paidós

 

Por Mario Amadas

Tan arraigada está en nosotros la fatiga de vivir y de intentar cumplir con nuestras ilusiones, que casi la damos por sentada. Es tan complejo el entramado de causas que provocan esa desilusión, esa desesperanza, que lo normal es perderse y no saber ver dónde está el origen de todo. En No seas tú mismo. Apuntes sobre una generación fatigada, Eudald Espluga ha escrito un análisis, circunstanciado y exhaustivo, sobre esta atmósfera de imposibilidad de vivir en la que trabajamos para vivir (o al revés, como veremos), y el resultado es un ensayo lúcido, una explicación pertinente y detallada de un contexto intrincado de autoexigencias fomentadas por otro contexto, aun mayor, de hiperproductividad obligada. Como los mejores ensayos, nos ayuda a entender lo que antes no entendíamos.

Cuántas veces habremos oído ese sonsonete de: ¿trabajas de lo tuyo? Aparte de que no siempre es fácil identificar ese ‘lo tuyo’ de la preguntita, se suele considerar poco menos que un milagro cuando alguien contesta que sí. Y lo es: debería ser lo más natural y consecuente, pero es tan complicado trabajar de ‘lo tuyo’ que acaba siendo excepcional. Otra cosa es en qué condiciones se trabaja de ‘lo tuyo’, y es ahí donde entra el ensayo de Eudald Espluga a indagar, página a página, en ese contexto de autoexplotación desesperada (pero en el fondo prestigiante).

En las primeras páginas de No seas tú mismo vemos un gesto de justicia, de lucidez y justicia. Ante la banalización de los problemas de la cultura o generación millennial, Espluga escribe que “basta con bajar a la calle para descubrir que la violencia inmobiliaria o la pobreza energética son fenómenos mucho más millenials que Pokémon Go o el shitposting”. Es de agradecer que se diga y que se diga así. Y el gesto se repite a lo largo del ensayo: un gesto de rabia al ver que “el agotamiento y la depresión”, fruto de “un contexto trabajocéntrico de creciente precariedad”, “son codificadas como las carencias morales (…) de toda una generación”. Espluga impugna esa interpretación interesada de la temperatura social de nuestro tiempo, uno diría que con rabia, para acercar la explicación a otra parte: a los verdaderos responsables de esta dinámica depresiva.

No somos vagos: es la red de exigencias que espera de ti que seas una máquina de producción constante la responsable de esta fatiga. Ser tú mismo, esa versión de ti que te interesa proyectar, sale caro. Es casi como si el autor quisiese, aparte de entender el porqué de un sufrimiento colectivo, desviar el sentido de la responsabilidad. Al leer tienes la sensación de que el autor nos quiere proteger de esa interpretación culpabilizadora que te responsabiliza a ti por estar mal. ¡Miras demasiado el móvil! Bueno: quizá es que tengo que estar pendiente de mil cosas inestables que, con suerte, me darán para pagar sólo parte de un alquiler abusivo.

El contexto ayuda a explicar la precariedad. No es cosa de la tecnología, que nos ha vuelto lerdos, ni de una condición etaria que ya nos predispone a la haraganería: “se trata de una transformación profunda del sistema capitalista”, que lo abarca todo, que incita o tácitamente obliga a subordinar la vida íntima (también) a los intereses del trabajo. El ensayo de Espluga es un llamado a subvertir esto. Me ha encantado, por otra parte, ver la mención a los trabajos de cuello azul (a los que la intelectualidad no suele tener en cuenta cuando critica las injusticias laborales).

Cómo nos hemos convertido en empresarios de nosotros mismos, alentados por la prisa y la hiperproductividad, y cómo nos hemos convertido así en nuestro mejor producto. Todo esto está analizado en el ensayo de Espluga, y, con ello, ha creado un doble sendero de responsabilidad. Por un lado está esa red de exigencias; pero por otro estamos nosotros, que la aceptamos. El caso es que la consecuencia de todo esto es una fatiga, un desencanto del que no salimos. Sus páginas sobre los memes tristes, y una comparación que hace con las damas victorianas, no tienen desperdicio. Sí, los memes tristes, no tan irónicos como pudieran parecer, se resignifican bajo la mirada de Espluga como síntoma grave de esta fatiga ambiental. Son la llamada de socorro, consecuencia de esta sensación de tener que llegar a todo para poder producir contenido a destajo para ser visto y compartido y que eso se traduzca en ingreso económico (insuficiente).

Como cuando se pone de ejemplo a sí mismo, trabajando a destajo en la redacción de un medio de comunicación digital (muy conocido), donde destaca “los objetivos de producción absurdos, que no respondían a criterios informativos”. Es ahí cuando se pervierte la situación y el coste emocional se eleva: tu vocación se subordina al interés económico, productivista. Ese condicionante determina tu manera de hacer (nada de esto tiene que ver con el talento ni con las ganas de trabajar bien), y, en última instancia, se traduce en esa fatiga que analiza el libro. Estamos leyendo sobre los modos de producción. ¿Dónde queda el talento y la atención por el detalle, en estas dinámicas?

El empobrecimiento, vemos con Espluga, es general: del trabajo hecho (donde se busca el titular llamativo que atraiga visitas), de los derechos laborales (que se ignoran), de las relaciones sociales (deterioradas por ese cansancio de vivir), de la ilusión (porque si esto es trabajar de lo mío, ¿cuál era la alternativa?). Cierto, pero también hay que escribir –tan bien como ha hecho Espluga– sobre los que no han podido trabajar de sus ilusiones ni cobrar un salario digno por aquello que con más naturalidad saben y quieren hacer. El autor del ensayo le dedica unas páginas a esa realidad social de los riders y las limpiadoras de habitaciones de hotel. Amplía así el radio de acción del ensayo, centrándose en otros campos de la vida laboral, e incide en una realidad escalofriante: hasta tu propia subjetividad está mensurada y determina tu productividad. Se agradece la mirada abarcadora de Espluga, en ese sentido, porque esa atmósfera trabajocéntrica no afecta sólo a los trabajos creativos.

Y no quiero ser antipático pero no sé si se acaba de tener en cuenta la posibilidad de que ese o esa rider sea alguien con talento creativo. No digo en este libro sino en general. No es lo mismo ser un periodista cultural que compagina su vocación, ese ‘lo tuyo’ del principio, con un trabajo de rider, que el que la lleva a cabo en la redacción de un medio conocido. Sí, ya vemos las condiciones: son como para huir. Pero el rider tiene que sumar la violencia estructural de su trabajo con la frustración de no poder ejercer de periodista cultural. O de tener que hacerlo en esos minutos de la basura que quedan del día. Cuando se acepta un trabajo tan desgastador y alejado de las ilusiones como estos y aun así perdura el deseo de escribir o pintar o fotografiar, ¿entonces qué? ¿Cuál es aquí la alternativa?

La autoexplotación, en un contexto de capitalismo acelerado, es prestigiante (que es lo grave). Lo que nos pide el autor de No seas tú mismo es, con el correr de las páginas y los argumentos, un acto de responsabilidad. Que, como Gimferrer, sepamos ver en la luz el tránsito de la luz. Que sepamos ver en este contexto de hiperproductividad y de fusión entre el trabajo y la vida íntima que también nosotros podemos intentar un cambio real. Ese tú mismo del título, que es lo que se espera de nosotros, que seamos nuestro mejor producto, es la versión de nosotros mismos que hay que rechazar. Hay que redefinir lo que queremos ser y lo que estamos dispuestos a dar. Requiere un cambio estructural profundo, la idea de Espluga. Está claro que muy felices no nos hace el cumplir con las expectativas de la maquinaria.

Brillante es también cuando es demoledor: el descanso o tus ganas de tranquilidad también son consecuencia de esa maquinaria capitalista: descansa para que vuelvas a trabajar con más intensidad. “La experiencia misma del mundo se confunde con la gestión corporativa del yo”, en este contexto neoliberal de hiperproductividad. Y esa explotación “del sí mismo” se exacerba en las redes sociales, donde “ser uno mismo se ha convertido en un trabajo inacabable, inabarcable”. Así, “fundir lo personal y lo profesional” acaba siendo un desgaste emocional que todo lo tiñe. Estoy de acuerdo. Pero no sólo es estar de acuerdo: es una lectura que reorienta la manera de entender los motivos de nuestro desgaste, los reubica donde toca. En ese sentido, la sensación más extendida en la lectura ha sido la del agradecimiento.

No seas tú mismo, constructivo y edificante, proclama “un compromiso práctico con la improductividad”. Un compromiso colectivo y a contracorriente de esa exigencia de la productividad acelerada, prestigiante y anuladora, que se espera de la más mercantil versión de nosotros mismos.

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